Columnistas

Los problemas que genera la Babel monetaria

Por Enrique Blasco Garma (*)

La utilidad del dinero como activo significa que no se necesita gastarlo enseguida y que puede mantenerse en el bolsillo o la caja de seguridad por un tiempo prolongado. El rol de unidad de cuenta, o numerario, expresa que todas las cosas se miden en dinero. Cuando nos dan un precio nos están diciendo que quieren tantas unidades de dinero por la cosa.

El rol de numerario sirve también para todo el sistema informativo. Para poder actuar de la manera más provechosa se necesita conocer los precios de los bienes y las consecuencias de distintas alternativas. Estas funciones serán tanto mejor cumplidas cuanto más estable sea su poder de compra.

Existen unos 190 países que emiten su moneda, cada una es administrada por un banco central independiente de las demás entidades emisoras y sujeto a las pretensiones y limitaciones de su sociedad. Si el propósito de mantener el poder de compra del dinero fuera prioritario para todos los responsables de la política monetaria, y entendido de esa manera, no se observarían las diferencias entre la evolución monetaria de los países ni las depreciaciones de su valor, como ocurre, con distinta intensidad.

Si el objetivo de facilitar las transacciones fuera participado, habría pocas monedas independientes. Los beneficios de una moneda disminuyen con su diversidad. Un solo signo monetario para todo el mundo daría máximos beneficios, porque la vigencia de 190 unidades autónomas eleva los costos y los riesgos de su empleo para toda la población y las empresas de mundo.

Fluctuación de las monedas

Una medida del riesgo de las monedas es que la volatilidad entre las tres monedas principales del mundo (Dólar, Euro, Yen) osciló entre 1973 y 1998 en un 3% mensual. Para el tamaño del mercado de divisas, con transacciones diarias superiores al trillón de dólares, y su incidencia como unidad de cuenta en la determinación de valores, una oscilación promedio de esa magnitud mensual agrega una dimensión enorme a los riesgos.

Cuando se viaja de un país a otro, el presente esquema de monedas nacionales aumenta los inconvenientes. Apenas se cruza una frontera hay que encontrar un lugar para cambiar los billetes propios por la extranjera, con el consecuente costo.

La volatilidad entre las tres monedas principales del mundo (Dólar, Euro, Yen) osciló entre 1973 y 1998 en un 3% mensual (Reuters)

Las empresas que operan en distintas naciones están obligadas a mantener monedas diferentes y contabilidades separadas. Más aún, muchas veces la filial que opera en un país muestra un buen desempeño de acuerdo con la contabilidad en esa moneda, pero un pésimo resultado cuando se valoriza en la unidad de cuenta de la casa central. Esto no es un caso aislado.

Durante 1999 y 2000, la fuerte desvalorización del euro frente al dólar resultó en que empresas que actuaron en Europa mostraran rentabilidades valorizadas en euros, y pérdidas cuando la evolución patrimonial se convertían a dólares.

Este fenómeno no es nuevo. Las fuertes alteraciones en la relación dólar/yen, con variaciones del 70% en un lapso de tres años (entre 1995 y 1998), originaron dificultades similares y cambios de suma importancia en las actividades. ¿Cuántas empresas pueden resistir modificaciones semejantes de la paridad, cuando los precios internos están estables?

De esta manera, los numerarios distintos para cada jurisdicción fraccionan el control de las actividades y envían señales erróneas a los dirigentes y responsables de las empresas. La unidad de cuenta del sistema económico no puede ser autónoma para cada nación soberana.

Si los sistemas de medidas de pesas y medidas, como el gramo, el metro y el litro, fueran independientes para cada país y su relación variara entre sí, ¿Qué se podría decir de la cosecha de maíz o de la producción de acero mundial? Esto es, si la tonelada canadiense variara con respecto a la tonelada argentina, la tonelada ucraniana y el bushel norteamericano, ¿Cómo se sabría qué pasó con la producción global de trigo?

Si los sistemas de medidas de pesas y medidas, como el gramo, el metro y el litro, fueran independientes para cada país y su relación variara entre sí, ¿Qué se podría decir de la cosecha de maíz o de la producción de acero mundial? (Reuters)

Si estas evaluaciones resultan complicadas con las unidades físicas de un bien homogéneo, se vuelven imposibles cuando se pretende analizar todas las transacciones económicas efectuadas con varias monedas diferentes, de paridades cambiantes, que comprenden cosas muy disímiles y momentos desfasados. De esta manera, la rentabilidad de las empresas e individuos está en relación no sólo con sus propias habilidades y aciertos sino con el desempeño de la moneda que emplean como numerario.

Todos los esquemas y estudios económicos parten del supuesto liminar de que todos los actores tienen la misma información, idénticos estímulos y comportamientos. Ahora bien, cuando el numerario de referencia y los precios varían para los distintos actores en modo desigual, esos supuestos dejan de tener vigencia.

Si la empresa que prosperó con el euro, evaluada con ese numerario, retrocedió en dólares, toda la realidad pasa a tener un tinte que depende del color de la moneda con que se mida.

La paridad cambiaria

El tipo de cambio ocupa el centro de las atenciones en los países de la periferia. La política monetaria y cambiaria de las naciones en desarrollo establece el valor de la principal unidad de cuenta de la sociedad, el tipo de cambio. Este valor ejerce una influencia decisiva en la marcha de la economía y en el ambiente social. Es que la determinación cambiaria constituye un compromiso gubernamental del máximo interés de la población y es verificable cada día.

Por esa razón, los funcionarios a cargo de los bancos centrales sufren solicitudes continuas de corrección del rumbo de la política monetaria y cambiaria. La falta de crédito o las altas tasas de interés, así como el eventual “retraso cambiario”, son esgrimidos por sectores influyentes, interesados en modificar las condiciones de los negocios.

Resulta curioso que siempre los agentes económicos detectan “retraso cambiario”. Nunca se escucha preocupación por el “adelanto cambiario”.

Como se verá, la tasa de cambio de una moneda con el dólar tiende a establecer el nivel de precios y sus variaciones influyen, sustancialmente, en las sociedades emergentes, denominadas aquí también riesgosas, alterando ingresos y patrimonios de cada persona que emplea esas divisas.

Éste es un aspecto de la mayor relevancia, la característica del problema cambiario, con peso especial en el mundo subdesarrollado.

En efecto, la falta de confianza en sus instituciones es una faceta singular de los países aún no desarrollados. Esas sociedades emplean, por exigencia legal, una moneda local, de la que desconfían, junto con la naturalmente preferida como el dólar, el euro otro signo conducido por un Estado central. En todas ellas existe un compromiso gubernamental de una determinada evolución de la relación entre esas unidades, denominada paridad.

Y este compromiso, implícito o explicito, es un argumento principal para mejorar la aceptación de los activos denominados en la unidad impuesta por ley, incluyendo los billetes locales. Las modificaciones de la paridad impactan con severidad sobre los ingresos y patrimonios en esos países riesgosos o en vías de desarrollo.

Un expediente para superar la desconfianza en las instituciones es precisamente sustituirlas por otras. El otro es asegurarse contra los efectos aleatorios que provoca la volatilidad. En diversos casos, el posible sustituto provendrá del exterior.

Así como cuando la obtenible localmente no es satisfactorio, se puede importar, incorporar institutos foráneos. La aceleración del progreso, propia de la era de la globalización, conducirá a esta solución en varias instancias.

Es comprobable que continuamente se incorporan avances de todo tipo, provenientes de otras sociedades, que sustituyen a prácticas y formas de actuación existentes (Reuters)

Es comprobable que continuamente se incorporan avances de todo tipo, provenientes de otras sociedades, que sustituyen a prácticas y formas de actuación existentes. De hecho, la falta de confianza en los tribunales ha llevado a la práctica de reservar la jurisdicción de los juzgados del exterior en convenios de financiación, y de comercio exterior. La forma de asegurarse contra la volatilidad ha sido tradicionalmente, en las naciones en desarrollo, mantener activos y seguros en el exterior, restando recursos a las sociedades locales.

La única razón por la cual los países riesgosos emplean una divisa local, no obstante, la escasa credibilidad de sus responsables es por mandato de las leyes nacionales y normas reglamentarias. La desconfianza en sus autoridades resulta en que las monedas de los países subdesarrollados carezcan absolutamente de aceptación allende sus fronteras.

Esta característica de los países subdesarrollados de emplear dos unidades de cuenta es la reacción natural de las sociedades a la imposición de instituciones insatisfactorias y normas que no comparten. Como los responsables de la emisión monetaria han defraudado, en demasiadas oportunidades, la confianza de sus clientes, éstos la han reemplazado por otra unidad de cuenta.

Así es que los habitantes y empresas del conjunto de las sociedades volátiles sufren la mayor incertidumbre por acción de los organismos monetarios estatales sobre sus ingresos y patrimonios.

Nos dicen las Escrituras que la soberbia de los hombres los llevó a intentar erigir una torre que llegara hasta el cielo. Dios los fulminó haciéndoles hablar, de improviso, idiomas distintos. Con lo cual cesó toda cooperación y acción conjunta entre ellos. La confusión de los idiomas, Babel, fue la consecuencia de la soberbia. Así también, la soberbia, la desconfianza y las ansias de poder de los dirigentes nos llevan a la confusión de las monedas.

(*) Economista y consultor. Consejero Académico en Libertad y Progreso

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