Columnistas

Mala fe y megalomanía

Por Carlos Berro Madero (*)

La izquierda burguesa es a la vez intolerante y contradictoria. Intolerante por rechazar que exista algo fuera de ella. Contradictoria, porque sus repetidos fracasos no la inducen a reconsiderar jamás el mantenimiento de sus principios.

Su reacción frente a los contratiempos que les inflige la realidad, quita valor a cualquier esfuerzo que le permita explicar los estragos de dogmas sentenciosos que la terminan convirtiendo finalmente en puro charlatanismo.

Habría que preguntarles a sus promotores si no sería juicioso renegar de una buena vez de argumentos ya refutados por hechos históricos ocurridos que deberían avergonzarlos.

Marx y Engels en su obra “La ideología alemana”, incorporaron la palabra al vocabulario socialista por primera vez, y desde entonces casi todas las corrientes de pensamiento de origen marxista dan por sentado que representan la quintaesencia de las doctrinas filosóficas universales, atacando sistemáticamente a la civilización democrática occidental.

Su intención es clara: destruirla a como dé lugar, manteniéndose impermeable a cualquier tipo de información precisa que señale su conflicto con la realidad, con el fin de proteger un sistema “interpretativo” que le permita conservar el poder y la influencia de camarillas pseudo intelectuales de dudoso prestigio.

A pesar de ello, no pueden impedir su incapacidad para afrontar con éxito los argumentos contrarios a sus ideas, porque los resultados catastróficos de las mismas resuelven cualquier debate al respecto, produciendo un agotamiento en la mente del hombre del común que busca obtener su bienestar para la vida de todos los días y se siente sumergido en un énfasis oratorio que solo se convierte en éxito de librerías, sin resolver ninguno de sus problemas.

Utilizando los mismos desvíos conceptuales, el kirchnerismo y un pequeño sector del radicalismo “culturoso”, capitaneados por Kiciloff, Loustau y algunos otros empecinados, insisten no obstante en convertir sus “puntos de vista” (sic) en una suerte de fe de erratas.

Por ahora, la gente que votó a Javier Milei, demostrando su hartazgo respecto del “más de lo mismo”, sigue manteniendo la esperanza de que el actual gobierno logre neutralizar las embestidas de ideas políticas que solo han creado una visible falta de prosperidad en centenares de países dominados por una elite jactanciosa, lenguaraz y opresiva.

Sospechamos que a pesar de lo antedicho, la catalogada como “burguesía champagne” continuará apostando contra las evidencias de la realidad, a pesar del mentís que ésta le da a sus propuestas. Está en su ADN.

Los debates al respecto de la Ley de Bases en un Congreso atiborrado de habladores megalómanos compulsivos, están recreando, como siempre, un escenario que huele a naftalina, acicateados -justo es reconocerlo-, por declaraciones explosivas del Presidente Milei que no contribuyeron a establecer un clima de cordialidad alguna con ellos.

Del proyecto original, van quedando pues a modo de jirones de los objetivos de cambio de centenares de políticas vetustas, convirtiéndose poco a poco en un maquillaje “pour la gallerie”, mientras parecen resonar nuevamente en el recinto los versos de la milonga del inolvidable Alberto Castillo: “que siga, siga el baile, al compás del tamboril”.

A buen entendedor, pocas palabras.

 

(*) Escribano, escritor, publica en Tribuna de Periodistas

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