Columnistas

Más sobre la división argentina

Por Carlos Mira (*)

El delincuente terrorista Fernando Vaca Narvaja, asesino montonero de los años ’70, condenado por la Justicia e indultado por Menem en aras de un supuesto proceso de “reconciliación nacional”, dijo, el día en que Victoria Villarruel rindió homenaje a muchos de los que él asesinó, “nuestro pueblo está construyendo la línea de trinchera por la cual no van a pasar. Nosotros venimos a repudiar a la casta económica, a los verdaderos responsables de lo que nos está pasando al país (sic), los grupos económicos concentrados, diversificados (sic) aliados de la oligarquía aliadas al imperio. Eso que se llama ‘círculo rojo’, que se llama el ‘mercado’, son los verdaderos responsables del genocidio del terrorismo (sic) en la Argentina”.

Me esforcé en transcribir textualmente (sin cambiar una sola coma ni siquiera editar un solo error de sintaxis) porque creo que esta es una declaración riquísima respecto de lo que estuvimos analizando aquí en los dos últimos comentarios y que van al centro mismo de porqué la Argentina es una nación “invertebrada” -como diría Ortega y Gasset- y porqué lo fue desde su mismísimo nacimiento.

Insisto con esta temática porque es la que abarca con una sola explicación todas las respuestas que los argentinos buscan a lo que muchos entienden como un misterio inexplicable: el fracaso de la Argentina.

Lo que sostengo es que ese fracaso empieza a tornarse no tan inexplicable si indagamos en ese profundo “desamalgamiento” que la sociedad presenta desde que alumbró al mundo por primera vez.

Volvamos entonces a las palabras de Vaca Narvaja (no sin antes aclarar que el mismísimo hecho de que Vaca Narvaja esté libre hoy y siga haciendo estas declaraciones, también encuentra explicación en una especie de “permisividad” que la Argentina tiene para los que sostienen ideas como las que él sostiene, permisividad que existe solo porque una determinada corriente logró imponer como mainstream de la sociedad el hecho de que el pobrismo nacionalista es bueno por definición y que, por ese mismo motivo, está incluso eximido de rendir cuentas por los crímenes que cometen los que enarbolan sus “banderas”).

Vaca Narvaja usó 68 palabras en su declaración. De las 68 palabras, 18 (“pueblo”, “trinchera”, “repudiar”, “casta económica”, “grupos económicos concentrados”, “diversificados”, “aliadas”, “oligarquía”, “imperio”, “aliados”, “círculo rojo”, “mercado”, “genocidio”, “terrorismo”) pretenden describir a un determinado colectivo como la peste de la sociedad (la oligarquía extranjerizante) y a otro como el que se para de manos y se prepara para resistir (el pueblo)

Recordemos que el máximo inspirador internacional del triunfo cultural de las servidumbres de izquierda -Antonio Gramsci- sostenía que aquel que lograra dominar las palabras, se adueñaría de la realidad, porque esta, inevitablemente, se transmite por palabras.

Es más, es tanto el fanatismo por amontonar palabras que tengan una fuerte carga emotiva y que transmitan la escena que se quiere transmitir que, muchas veces, ni siquiera se presta atención a la mínima coherencia que ellas (aunque su objetivo final sea el instalar una mentira) debería tener. Así, por ejemplo, Vaca Narvaja dice, refiriéndose a los “grupos económicos” que estos son “concentrados” y “diversificados”, lo cual es una contradicción en los términos. Pero no importa: las contradicciones no son importantes; lo importante es el impacto pasional que las palabras produzcan en quienes las escuchan.

Es notorio también el denominador común que une a todo ese léxico en el sentido de trasmitir la idea de que sus señalados son una minoría rica (“oligarquía”), extranjerizante (“aliadas al imperio”) y a la que no le importa asesinar al pueblo (“genocidio”) con tal de imponer sus posturas.

Es lógico que se me diga, “pero Vaca Narvaja es un marginal sin apoyo mayoritario… nadie le presta atención a lo que dice”. No importa eso. Claramente, “montoneros” (las minúsculas son a propósito) también era una minoría que se creía iluminada en los ’70 y que, a primera vista, horrorizaba a la sociedad que miraba atónita sus crímenes. ¿Pero cómo terminó la historia? Con la Argentina gobernada por filo-montoneros.

De modo que el descarte de los disparates que dice un alienado (simplemente por el argumento de creer que se trata de un loco suelto al que nadie le da bola) no es una buena idea si se quieren evitar destinos de esclavitud para la Argentina. Ya lo hicimos una vez y el resultado fue la esclavitud y la miseria de la mayoría y la libertad y el enriquecimiento de la verdadera “oligarquía” ideológica que se apoderó del Estado para volverse millonaria. Así que no subestimemos lo que hay enfrente.

Como ya dijimos en estos comentarios pasados, esta corriente (y usando estos métodos semánticos que comentamos aquí) logró triunfar en la guerra cultural. Pudo haber perdido la guerra de guerrillas que ellos mismos propusieron, pero la guerra cultural la ganaron: hoy el discurso mayoritario de la sociedad, impuesto por un copamiento inescrupuloso de la curricula escolar y universitaria y por una infiltración sistemática del sistema judicial, coincide con los mantras de esta corriente nacionalista-populista.

Son muy útiles, claras y contundentes las recientes declaraciones de Ofelia Fernández (la ignorante y púber millonaria diputada de Unión por la Patria) que dijo con total sinceridad “crecimos aprendiendo eso en la escuela”.

Es tanto el resentimiento transmitido en el sentido de que la historia de la Argentina es una historia de “ricos contra pobres”, de “pueblo contra oligarquía”, de “nacionales contra cipayos”, de “gauchos contra señoritos”, que, con el correr de los años, las ideas (que en principio deberían ser juzgadas por su veracidad o mendacidad o, de última, por su eficiencia o inutilidad para mejorar las condiciones de vida de la sociedad) dejaron de ser medidas por esos patrones para pasar a estar sometidas a un escrutinio “clasista”, según el cual son “buenas” o “malas” según quien sea el tipo social que las sostiene.

Así, el mérito, la libertad económica, el rigor educativo, la integración mundial, el comercio libre, la inflexibilidad contra la delincuencia -por citar tan solo unos ejemplos- no cayeron en desgracia por ser “malas ideas” (de hecho son las que hacen florecer a los grandes países de la Tierra) sino porque en la Argentina son sostenidas por la “clase” que el pobrismo nacionalista logró señalar como los demonios del país. Se está dando algo así como “yo pienso “negro” porque vos pensas “blanco…” Si vos no existieras, es muy probable que yo pensara “blanco”, pero como vos exixtis y pensas “blanco” yo tengo que pensar “negro”. Se crea o no, este es el nivel de antagonismo al que llegó la sociedad.

Con el paso de los años y con el triunfo cultural del pobrismo nacionalista, se ha producido también un trasvasamiento unidireccional en el sentido de que muchos argentinos que, según la división estereotipada entre “gauchos” y “señoritos”, deberían sostener las “ideas” que “normalmente” sostienen los “señoritos”, han pasado a sostener las “ideas” de los “gauchos”. Es más, los montoneros de los ’70 -en su enorme mayoría- no eran pobres marginales con conciencia de clase que enfrentaban a ricos minoritarios que se habían adueñado ilegítimamente del poder y de los recursos. No: los montoneros eran “señoritos” cooptados por el discurso gramsciano del nacionalismo pobrista que, montados en un odio abrevado en el resentimiento marxista, salieron a matar gente para que la sangre redimiera la injusticia que se estaba cometiendo contra “el pueblo”.

El tiempo también ajustó un detalle importante: el dinero. Nadie es idiota, después de todo y la mayoría de los “señoritos” cooptados por el nacionalismo pobrista, advirtieron que enrolarse allí no solo los ubicaba en el sector “popular” sino que les daba una enorme oportunidad para llenarse de oro. Desde los mismísimos montoneros -que secuestraban, robaban y mataban por plata- hasta los descendientes de la “generación diezmada”, se han convertido en una nomenklatura millonaria, desigual, privilegiada y poderosa que impera sobre el destino y la vida de todos. Ese componente monetario no es nada despreciable hoy y está claro que lo que algunos llaman “ladri-progresismo” es más “ladri” que “progresista”.

Esta hendidura (como decíamos recién, sazonada hoy, incluso, por el nada despreciable ingrediente del dinero) no ha logrado ser superada en más de dos siglos. Nacida quizás genuinamente, se fue transformando en un muñeco, en una caricatura, de las que se empezaron a colgar muchos vivos que vieron en ella una oportunidad de riqueza personal, lograda, paradójicamente, con el verso de la pobreza y de los pobres.

El tiempo pasa y se sigue con la misma cantinela. Con una salvedad alentadora: las cantinelas cansan.

Habrá que ver si el cansancio supera al resentimiento y si, de una buena vez, una mayoría decisiva diga: “¿Sabés qué? Durante mucho tiempo pensé “negro” por el simple hecho de que vos pensabas “blanco”. Admito que por pensar “negro” -solo por el hecho de contradecirte (porque me enseñaron a odiarte)- terminé en la miseria. Voy a dejar de pensar “negro” solo porque “negro” era lo contrario de lo que pensabas vos. Voy a pensar lo que sea mejor, aun cuando eso coincida con lo que pensas vos”.

 

(*) Periodista de actualidad, economía y política. Editorialista. Abogado, profesor de Derecho Constitucional. Escritor

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