Columnistas

Misterios de la Revolución de Mayo

Por Ernesto Martinchuk (*)

Aquel día glorioso de 1810, en que el pueblo de Buenos Aires expresó su voluntad de gobernarse por sí mismo y mostró con sus actos el rostro inconfundible de una patria, la mirada de ese pueblo se tendió más allá de la llanura campesina en que se prolongaban sus calles: extendiéndose hacia América, porque en la conciencia colectiva de los argentinos, la naturaleza y el destino de todo un continente estaban estrechamente unidos no sólo a la suerte inmediata de su causa, sino también a las proyecciones trascendentales de su misión. La Revolución de Mayo tuvo origen y sentido americanos.

La Revolución de mayo, que ya logrados sus objetivos políticos en el plano de la emancipación de las naciones del nuevo mundo se proyectó en el tiempo como un anhelo permanente de justicia, fue una corriente americanista.

La Revolución de Mayo, -el pueblo argentino en su inicial manifestación de democracia- fundó, junto con las bases de la independencia nacional y de la libertad de las Provincias Unidas dentro del orden, una política internacional que, respetuosa ya de las otras soberanías –Belgrano en el Paraguay o la conducta de San Martín en Chile y en el Perú lo prueban- reclamó para sí, desde la primera hora, el cumplimiento de deberes.

Nada de lo americano le resultó indiferente. Desde el norte de México hasta el extremo austral Arauco, todo cuanto se agitaba con ideales semejante a los suyos la encontró dispuesta a la cooperación fraternal. Sus primeros movimientos fueron cordiales visitas de hermanos. Acudió luego en apoyo de los que luchaban denodadamente.

Presente en el Alto Perú, lo estuvo asimismo en Chacabuco Maipo. Y fue la Revolución de Mayo la que renunció con el Libertador en Guayaquil para hacer posible la continuación de una empresa, pero sin sustraerse al compromiso: el morrión del granadero fue signo de victoria en Ayacucho y, caído en el campo de la hazaña, contribución de sangre al triunfo.

La Revolución de Mayo se prolongó en la auténtica vocación americanista de nuestro pueblo.

Misterio de un origen

Testigos presenciales de la Revolución de Mayo, como el coronel José María Albariños e historiadores como Bartolomé Mitre, que recogió de labios de su suegro, el general  Nicolás de Vedia, -actor de los sucesos memorables- la narración de los acontecimientos, coinciden en afirmar que fue en una tienda de la recova donde French y Beruti adquirieron las cintas celestes y blancas de la escarapela que distinguió en seguida a los que, en la plaza de la Victoria –hoy plaza de Mayo– exigían la renuncia del virrey, consagrando con ello la soberanía popular en el Río de la Plata.

Nadie pudo, en cambio, recordar con precisión el nombre del tendero, que por esa casualidad habría pasado a la historia, ni si fue el propietario de la casa, seguramente español, o su esposa, de muy probable origen hispano, o un joven dependiente criollo. Quién atendió a los que debían haber entrado en el salón -si es que no se trataba de un mero portal- expresando de viva voz la inquietud que agitaba sus espíritus, la esperanza que hacía latir aceleradamente sus corazones. Nadie recordó tampoco en qué sitio de la recova estaba instalada la tienda, en la que los hombres que vivieron aquel día no pudieron ver a un auténtico monumento nacional.

¿Cuál fue el destino de ese comercio? ¿Tuvo conciencia su dueño de la trascendencia de lo que había ocurrido bajo su techo? ¿Atendió a los imprevistos clientes con aire zalamero? ¿Los  atendió de mala gana? ¿Sabía acaso que esos metros de cinta que cortó. de acuerdo con la medida señalada en el mostrador, iban a influir, convertidas en improvisadas escarapelas, en la voluntad de los que, congregados en la plaza, reconocerían en sus colores el símbolo de las aspiraciones de un pueblo?

No faltaron a lo largo de poco más de dos siglos, los que sostuvieron que se debió a un simple azar el que French y Beruti -o tal vez alguno de los que entraron con ellos en la tienda- optasen por el celeste y/o blanco para su distintivo.

Al respecto, el Prof. Rubén Gavaldá y Castropresidente de la Academia Belgraniana de la República Argentina, -Centro de investigación científica y de divulgación del mensaje del Gral. Manuel Belgrano en el más alto nivel- se refiere en este video, a la Escarapela, sus colores, distintos “errores históricos” y la falta, aún, por parte del Congreso Nacional, de una Ley integral de símbolos

A todo esto, recordemos que el celeste y el blanco, juntos, ya eran populares en la naciente comunidad argentina. Usados por los Patricios durante las invasiones inglesas, el comportamiento heroico de ese Regimiento les asignó un inolvidable prestigio. Espontáneamente, el partido de los americanos los vio en el pecho de sus gentes durante los días anteriores al 25. Aparecía no como una insignia decretada, sino como el resultado de coincidentes afanes individuales. De ahí que le cupiese a Beruti y a French la gloria de serlos que, con esa intuición genial que surge en los varones llamados a cumplir, en determinada hora, un alto destino, los adoptaran resueltamente.

Con los manojos de cintas entre sus manos, volvieron a la plaza, donde las entregaron a grupos de seguidores con la orden de que improvisaran escarapelas y las diesen a los partidarios del establecimiento de un gobierno propio.

Fue Beruti, según algunos testimonios, el primero en dar el ejemplo. Los colores de la patria nueva en los hechos y anterior a ese día en el alma colectiva, lucieron en lo alto de su sombrero como una decisión, como un desafío… No eran los colores del estandarte real, ni tampoco los de una fracción política. Eran los de una Nación que se levantaba a la faz de la tierra.

Tan arraigados estaban en lo argentino el celeste y blanco, que cuando Belgrano quiso dar una bandera a su Ejército, proclamándola no divisa para una sola campaña sino enseña de una nacionalidad, siguió la línea trazada en 1810.

Entonces, como en mayo, no quisieron los que tenían la responsabilidad del gobierno formalizar la decisiva ruptura con el sistema colonial. El juramento de fidelidad a Fernando VII y la atención a Belgrano constituyeron exigencias formales de sus horas, pero de ningún modo desautorizaciones plenas de las aspiraciones del pueblo y de quienes, como los ardorosos caudillos y el fundador de la pureza que no se puede marchitar.

Cuando hablaban de la patria, la afirmaban en los hechos, aludiendo a la tierra en que habían nacido y a la libertad por la cual estaban dispuestos a verter su sangre generosa. Celeste y blanca como el manto de la Virgen, sí nuestra bandera encierra algún misterio en su origen, ese misterio… corresponde al espíritu…

 

(*) Periodista (publica en el portal Tribuna de Periodistas), escritor, documentalista

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