Columnistas

No llores por mi, mamá

Por Ricardo Ragendorfer (*)

El entonces oficial Julio Alsogaray fue uno de los partícipes del intento de golpe militar para derrocar a Perón y eliminar la Constitución de 1949. Tiempo después, la vida lo puso ante la paradoja de revolverse ante el cadáver de su hijo montonero.

Sancionada el 11 de marzo, la Constitución de 1949 supo institucionalizar las transformaciones de una Argentina industrial con los derechos inclusivos del campo popular. De manera que, para los sectores políticos y económicos más retrógrados, esa Carta Magna fue un nuevo hecho maldito del país burgués, y debía desaparecer (¡qué palabra!) cuanto antes.

Pero el asunto se fue desarrollando con una silenciosa lentitud. Recién al clarear el 28 se septiembre de 1951 estalló un intento golpista en Campo de Mayo. Su objetivo: el derrocamiento del “tirano” y la anulación inmediata de su ley fundamental.

Lo cierto es que esa revuelta tuvo un corto aliento, ya que fue sofocada en cuestión de horas. Y sus líderes terminaron tras las rejas; a saber: el general de división (retirado desde 1942) Luciano Menéndez, y un grupo de oficiales jóvenes del Ejército; entre ellos, Tomás Sánchez de Bustamante, Juan Enrique Guglialmelli, Alejandro Agustín Lanusse y Julio Alsogaray.

Pues bien, vamos a poner en foco a este último, dado que su trayectoria pública y privada traza una dramática paradoja en la historia nacional.

La interna familiar

La aventura golpista le causó al mayor Alsogaray, de 33 años por entonces, la pérdida de su grado militar y una condena a un lustro de prisión en una cárcel para convictos comunes –el viejo penal de Caseros–, dado que, técnicamente, ya era un civil. Allí solía recibir en los días de visita a su esposa, doña Zulema Margarita Legorburu, acompañada por sus hijos, Julio y Juan Carlos, de siete y cinco años, respectivamente.

La autopercibida Revolución Libertadora, ocurrida el 16 de septiembre de 1955, se anticipó unos meses al final de su condena, siendo excarcelado por las nuevas autoridades, quienes le restauraron su estado castrense con el grado de teniente coronel.

El tipo se sumó al ala más dura de la oficialidad. Y no le fue mal.

Pero si bien la vida cuartelera le sentaba de maravilla, su temporada de cárcel incidió en que le costara adaptarse a la rutina del hogar. A sus hijos, ya de once y nueve años, los trataba como si fueran soldados. Hasta que Zulema lo disuadió a que aflojara en tal aspecto. Aun así, para esos niños, su padre era como un extraño.

En cambio, la carrera militar de aquel hombre iba viento en popa.

Bendecido por ser uno de “los héroes del 1951”, el destino lo puso ante una sucesión continua de ascensos y cargos: director de la Escuela Militar de Equitación, en 1956 –ya con el grado de coronel–, y subdirector de la Escuela de Caballería, en 1957. Luego pasó a ser su director, en 1958. Seguidamente, fue enviado como agregado militar a la Embajada Argentina en México. Y de regreso al país, en 1961 –ya con el grado de general de brigada–, fue puesto al frente de la II División de Caballería. A continuación, fue director del Colegio Militar, antes de que fuera suya –ya con el grado de general de división– nada menos que la Subsecretaría de Guerra. En 1963, le fue concedido el mando de la Gendarmería Nacional.

Meses antes, Juan Carlos había tratado de ingresar al Liceo Militar, pero lo rechazaron por miope. Entonces, comenzó a cursar la carrera de Sociología en la Universidad Católica Argentina. El general guardó un vidrioso mutismo ante aquella elección académica. Hasta que el mismísimo rector de esa casa de altos estudios, un cura llamado Octavio Derisi, lo llamó por teléfono. Eso derivó en una cita entre ellos.

Derisi fue directamente al grano:
–¡Tiene ideas comunistas! Haga algo por el bien de todos –le imploró al jefe militar, con las manos en posición de rezo.

En otras palabras, le pedía al padre que lo sacara de la universidad.

El general cumplió, aunque de una manera benévola: Juan Carlos fue enviado a París, donde continuó sus estudios en la Sorbona.

Claro que Julio (h.) también estaba infectado de una utopía similar. Con esas preocupaciones, el padre se hizo cargo de la Gendarmería.

París era una fiesta

En 1964, a esa fuerza de seguridad le tocó aplastar el foco insurgente que el Ejército Guerrillero del Pueblo (EGP), al mando del periodista Jorge Masetti, había desarrollado en los montes salteños.

Uno de los prisioneros, Héctor Jouvé, fue llevado ante el general. Fue el preludio de una escena casi surrealista y crucial en esta trama.

Porque la intención del captor no era interrogarlo. Por el contrario, tras ofrecerle un cigarrillo y un trago de cognac, le soltó a boca de jarro:

–Sé todo sobre usted. Y su perfil me recuerda mucho a uno de mis hijos.
–No sé cómo es su hijo.
Alsogaray se lo resumió, antes de decir:
–Vea, yo quiero saber por qué usted se metió en esto.

Jouvé, entonces, le esgrimió sus razones. Y Alsogaray le preguntó:

–¿Qué puedo hacer para que mi hijo no haga lo mismo que usted?

La respuesta fue:

–No lo mande a la escuela, porque ahí enseñan Educación Cívica y por ahí se entera de lo que es un gobierno constitucional.

Ya era demasiado tarde.

En París, Juan Carlos tocaba el cielo con las manos, el mismo cielo que él fantaseaba con tomar por asalto. Un sueño que compartía con su pareja; ella era Cecilia Taiana, hija del médico de Perón. En aquellos años, él consolidó su posición ideológica, participando, incluso, del “Mayo Francés”.

Regresaría a Buenos Aires en 1971 con el título de sociólogo, luciendo barba y pelo largo. Por ese motivo, sus compañeros lo llamaban el “Hippie”. Y su siguiente paso fue integrarse a la organización Montoneros.

En ese mismo lapso, su papá desalojó en persona de la Casa Rosada al presidente Arturo Illia, para instalar allí al general Juan Carlos Onganía y, ya ascendido a teniente general, se convirtió nada menos que en comandante en jefe del Ejército, siendo luego reemplazado por Lanusse.

En tanto, su hijo –y sobrino del capitán-ingeniero Álvaro Alsogaray– ya era un avezado cuadro guerrillero y conducía la Columna Sur de la “orga”.

Por entonces, el viejo militar sufrió un intento de secuestro por parte del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). Y Juan Carlos sintió alivio frente al fracaso de tal operativo. Fue una situación muy difícil para él; al fin y al cabo, el amor hacia su padre seguía intacto.

A comienzos de 1976, Montoneros evaluaba la posibilidad de volcarse a la guerrilla rural. El Hippie fue enviado como “observador” a la Compañía de Monte del ERP, en Tucumán.

El 21 de febrero, luego de una emboscada, fue asesinado a culatazos por la soldadesca del general Antonio Bussi.

El Hippie murió luciendo el uniforme azul de la milicia montonera.

La noticia cayó sobre el teniente general Julio Alsogaray con el mismo peso que una gigantesca roca en el océano.

Al fin y al cabo, el amor hacia su hijo seguía intacto.

Al día siguiente, tras llegar con doña Zulema a Tucumán, Bussi tuvo la “deferencia” de exhibirles el cadáver de Juan Carlos.

Su madre, entonces, rompió en llanto.

–Señora, no voy a permitir que llore en mi presencia. Si usted perdió un hijo, a mí todos los días me matan uno en el monte tucumano –le gritó Bussi.

El matrimonio se retiró en silencio.

Desde entonces, sin poder recuperarse de tamaño golpe, el viejo militar no volvió a ser el mismo. Y retirado por completo de la vida pública, falleció el 10 de mayo de 1994.

 

(*) Periodista de investigación y escritor, especializado en temas policiales

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