Columnistas

No siempre la venganza es un plato frío

Por Ricardo Ragendorfer (*)

El tipo avanzó resueltamente hacia un sector de celdas situado en el ala este de la Penitenciaría Nacional. Fue curioso que nadie reparara en él, puesto que su uniforme –mucho más pulcro que el de los otros guardias– le quedaba algo holgado. La visera del birrete grisáceo ocultaba sus facciones. Y su tranco era marcial, al igual que el modo con el que sostenía el fusil Mauser. Poco antes, durante el cambio de turno nocturno, había ingresado por el enorme portón de la avenida Las Heras, mezclado entre unos 20 de carceleros a punto de iniciar su franja de servicio. Y, ahora, tras internarse en un angosto pasillo, se detuvo ante las rejas de un calabozo; su único ocupante dormía sobre un camastro de cemento. Al rato, retumbó entre los muros el inequívoco sonido de un disparo. Era ya la madrugada del 15 de junio de 1923.

La siguiente escena transcurrió durante la mañana de aquel mismo viernes, en el despacho de un jefe policial apellidado Conti.

–He sido subalterno y pariente del comandante Varela. Acabo de vengar su muerte –declamó el hombre sentado frente a él.

Sobre la pechera del uniforme lucía una salpicadura de sangre ajena.

El comisario no tardó en asociar ese apellido con los sucesos ocurridos dos años antes en la provincia de Santa Cruz. El teniente coronel Héctor Benigno Varela había sido el fusilador de unos 1.500 obreros rurales que reclamaban mejores condiciones de trabajo. La masacre, por cierto, había potenciado su carrera, ya que a modo de retribución fue designado director de la Escuela de Caballería de Campo de Mayo. Ejerció dicho cargo hasta el 27 de enero de 1923. Aquel día fue ejecutado en la puerta de su casa, ubicada sobre la calle Fizt Roy 2461, de Palermo, por el anarquista alemán Kurt Gustav Wilckens. Éste fue expeditivo: le arrojó una bomba, antes de prodigarle cuatro tiros.

– Acabo de vengar su muerte –repitió el hombre de la casaca ensangrentada, ahora con un dejo de furia.

El comisario Conti lo observaba con una expresión comprensiva.

Aquella tarde, el diario Crítica saldría con el siguiente titular: “Wilckens fue cobardemente asesinado en la Prisión Nacional”.

Su tirada fue de 500 mil ejemplares.

La cobertura del hecho incluía –en exclusiva– la identidad del asesino: Jorge Ernesto Pérez Millán Temperley, de 26 años.

Se trataba de un muchacho de abolengo, muy católico y nacionalista. Ello lo llevó a enrolarse en la Liga Patriótica, el grupo de choque de ultraderecha que encabezaba Manuel Carlés. Desde sus filas, Pérez Millán participó con ahínco en la represión desatada durante la Semana Trágica de 1919. Luego se enroló en la policía para solicitar –en 1921– su traslado en comisión a la provincia de Santa Cruz. Y sería allí en donde actuó bajo las órdenes de Varela. Aunque no con demasiada fortuna: durante un enfrentamiento con los huelguistas resultó herido en una nalga. Tal percance le proporcionaría una módica celebridad, ya que en marzo de aquel año el diario La Nación publicó una entrevista suya, donde relataba su martirio. Después pidió la baja en la fuerza policial. Y tras regresar a Buenos Aires se incorporó otra vez en la Liga Patriótica.

Crítica, ya en su edición del 15 de junio, deslizó que la muerte de Wilckens, lejos de ser una iniciativa individual de su asesino, había sido una operación gestada en las entrañas de la milicia encabezada por Carlés.

Un ejemplar ya amarillento de ese diario llegó dos años después a la cárcel de Ushuaia, escondido entre las ropas del anarquista irlandés Lian Balsrik.

Su celda estaba junto a la de otro ácrata, cuyo estado físico era penoso: pese a tener 57 años, parecía un anciano y, debido a los castigos recibidos luego de su arresto, apenas podía caminar. Su nombre: Germán Boris Wladimirovich.

Éste no ocultó su consternación ante el sangriento final de Wilckens, a quien había conocido años atrás. Tanto es así que solía leer una y otra vez la noticia de su asesinato publicado en el viejo tabloide traído por Balsrik, quien además, le relató la continuidad de la historia: las influencias de Pérez Millán, junto con una dudosa pericia psiquiátrica, le evitaron ser imputado; en vez de ello, logró que lo alojaran en el Hospicio de las Mercedes. Allí llevaba una vida tranquila. Y a salvo de un posible atentado contra su vida.

Al enterarse de ello, Wladimirovich blasfemó por lo bajo.

Lo cierto es que, a partir de entonces, su conducta cambió por completo: al principio, sólo fue un desequilibrio nervioso. Pero ello después derivaría en la locura más absoluta. Semejante cuadro impresionó a presos y carceleros por igual. Nadie llegó a imaginar que era el primer paso de una venganza.

Alguien voló sobre el nido del cuco

Wladimirovich –al igual que Pérez Millán– era un muchacho de abolengo. Había nacido en 1876 en el seno de una aristocrática familia rusa. Al cumplir los 20 años rompió con ella al formar pareja con una obrera revolucionaria. Y completaría sus estudios de médico y biólogo. Pero, con la excepción de una cátedra dictada en Suiza, jamás ejerció su profesión. En cambio, se volcaría a la acción política, primero en las filas de la socialdemocracia. En 1904 fue uno de los delegados rusos en el Congreso Socialista de Ginebra. Allí llegó a polemizar con Lenin y Trosky. Ello, junto con el fracaso de la revolución de 1905, lo llevaría hacia el anarquismo. Por entonces ya era autor de tres libros de sociología, además de ser un agudo propagandista. Hablaba alemán, inglés, francés y español con suma fluidez. Años después, la muerte de su mujer lo sumió en una aguda depresión que solía mitigar con litros de vodka. Y luego de donar su casa de Ginebra a una organización anarquista local, llegó al país en 1909. Primero vivió en Santa Fe, antes de trasladarse al Chaco, en donde se dedicó exclusivamente a efectuar exploraciones geográficas del territorio. En 1919 arribó a Buenos Aires.

Los anarquistas del Río de la Plata –en virtud de la prestigiosa trayectoria de Wladimirovich en los círculos revolucionarios europeos– lo recibieron como a un héroe. Y él volvió a lanzarse de lleno a la actividad política. Los disturbios que derivaron en la Semana Trágica lo sorprendieron mientras organizaba un comité de base en el barrio de Chacarita. Y se puso al frente de la resistencia contra la represión. Pero el precario sentido de la disciplina que evidenciaban los cuadros que él mismo había formado, le causó un enorme desaliento.

Eso lo llevó a saltar de la política de masas al bandolerismo expropiador. Y por cierto, sería un precursor en la materia.

En el anochecer del 19 de mayo de 1919, Wladimirovich y dos compañeros –el ruso Andrés Babby y Luis Chelli –asaltaron a un tal Pedro Perazzo, quien regenteaba una agencia bursátil, cuando descendía con su esposa de un tranvía en una esquina de Belgrano. El repliegue de los atracadores fue desaforado y funesto; su saldo: un vecino herido y un vigilante muerto.

Babby y Chelli fueron atrapados poco después en una pensión de la avenida Corrientes. Boris, en cambio, cayó en la ciudad misionera de San Ignacio. En esa ocasión, el dirigente ácrata se convirtió en una atracción pública, al punto de que el propio gobernador provincial, junto con sus ministros y el jefe de la policía local acudieron a su celda en Posadas para fotografiarse con él.

Meses después fue condenado a perpetua y trasladado a Ushuaia.

Ahora, hecho un guiñapo, había encontrado su última razón para vivir.

La revancha

La presunta locura del recluso alarmó cada vez más a las autoridades de la cárcel. Y luego de que los forenses certificaran el carácter irrecuperable de su dolencia psíquica, se dispuso su regreso a Buenos Aires para internarlo en él único manicomio que contaba con un pabellón penitenciario: el Hospicio de las Mercedes, más conocido como “El Vieytes”, debido al nombre de su calle.

La primera parte del plan de Boris había concluido con éxito.

Sin embargo, su nuevo lugar de residencia lo impresionaba sobremanera; en especial, una placa de bronce adosada en su pabellón: “Al Dr. Lucio López Lecube, fallecido el 7 de febrero de 1921 en el cumplimiento del deber”. Era un psiquiatra que murió degollado con el mango de una cuchara afilada por un paciente. El facultativo –según dicen– era muy severo con ellos.

Boris se fue integrando a ese medio con… normalidad.

Después logró que alguien desde afuera le trajera un revolver.

Y no tardó en localizar el sector en el que permanecía alojado el asesino de Wilckens. Pero grande fue su desazón al saber que Pérez Millán se encontraba aislado del resto de los internos, en un coqueto departamento del primer piso.

Aún así hallaría el modo de llegar a él: la llave sería un tal Esteban Lucich, un loquito pequeño y jorobado que, por gozar de la estima del personal, tenía libre acceso a todos los sectores del hospicio.

Boris, haciendo gala de sus dotes persuasivas, lo ganó para su causa. De esta manera, Lucich se convirtió en su brazo ejecutor.

El 9 de octubre de 1925, Millán leía una carta enviada por su amigo Carlés. En ese preciso instante, arma en mano, irrumpió su matador.

Sus únicas palabras fueron:

– ¡Esto te lo manda Wilckens!

Entonces retumbó entre los muros el inequívoco sonido de un disparo.

Pérez Millán murió tras una breve agonía.

Wladimirovich pasó a mejor vida unos años después.

Había ganado su última batalla.

 

(*) Periodista de investigación y escritor, especializado en temas policiales

 

 

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