Columnistas

Operación gaviota

Por Ricardo Ragendorfer (*)

En febrero de 1977, una célula del ERP compuesta por tres hombres intentó asesinar al genocida Jorge Rafael Videla.

Esa mañana –la del 21 de diciembre de 1976–, en la Hemeroteca de la calle México al 500, hubo un solo lector. El tipo permanecía con los ojos clavados en un ejemplar del diario Clarín correspondiente al 21 de diciembre de 1973. Una casualidad temporal que este parecía pasar por alto, puesto que toda su atención se concentraba en el título de tapa, impreso con tipografía catástrofe; a saber: “Mataron al primer ministro español”.

Se refería al almirante Luis Carrero Blanco, nada menos que el segundo en jerarquía del régimen franquista.

En las páginas cuatro y cinco estaba la crónica del asunto, bautizado por sus hacedores con el criterioso nombre de “Operación Ogro”.

En resumen, la célula de la ETA (“Patria Vasca y Libertad”, en español) que efectuó el ajusticiamiento había detectado que el marino pasaba cada día en automóvil con sus guardaespaldas por un tramo de la calle Claudio Coello, en Madrid, cuando se dirigía hacia su despacho. Los etarras, entonces, rentaron un departamento en la planta baja de un edificio situado precisamente sobre dicha calle, desde donde cavaron un túnel para colocar, debajo el empedrado, una carga de 50 kilos de dinamita. No se quedaron cortos: la explosión hizo que el vehículo despegara hacia el cielo como una nave espacial para después caer en una terraza, situada sobre el sexto piso del edificio de enfrente.

Fue el ataque más eficaz a la dictadura del “Generalísimo” desde el fin de la guerra civil, en 1939.

El lector de la Hemeroteca –un muchacho muy delgado, con un blazer acaso demasiado grueso para aquella época del año– memorizó ciertos detalles técnicos que consignaba el artículo, antes de devolver el diario.

Se trataba de un miembro del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) cuyo apodo era “el Fino”.

La cuestión es que esa “orga” había conseguido los planos de la red de tuberías que atraviesa el arroyo Maldonado, desde el oeste al este del subsuelo porteño, y que incluye la pista del aeroparque Jorge Newbery. Un sitio ideal para colocar una carga explosiva.

Pues bien: la “Operación Ogro” acababa así de inspirar la denominada “Operación Gaviota”. Su blanco: el teniente general Jorge Rafael Videla.

El Fino tenía a su cargo la ejecución del plan.

Trofeo de caza mayor 

Por entonces, el ERP estaba prácticamente diezmado. Ya durante el gobierno de María Estela Martínez, el Ejército había anulado su foco rural en Tucumán. Y en diciembre del año anterior, el fallido asalto al Batallón 601 de Arsenales “Domingo Viejobueno”, en la localidad bonaerense de Monte Chingolo, selló su destino, faltando apenas tres meses para el golpe de Estado. A semejantes desgracias se les sumó, el 19 de julio de 1976, la muerte de sus tres máximos jefes –Mario Roberto Santucho, Domingo Menna y Benito Urteaga– durante un enfrentamiento con una patota militar en la localidad de Villa Martelli.

Aún así, de su estructura habían quedado en pie un puñado de células operativas, dispuestas a continuar la resistencia a la dictadura.

Una de estas era la que integraba el Fino.

Claro que Videla era consciente de que en cualquier momento su cabeza podía convertirse en un trofeo de caza mayor.

De hecho, el 15 de marzo de 1976 (nueve días antes de convertirse en presidente de facto), Montoneros puso un “caño” en el Edificio Libertador que debía estallar a su llegada, pero explotó unos minutos antes, hiriendo a cuatro suboficiales. Y en octubre de ese año, una carga de trotyl pulverizó en Campo de Mayo, también antes de tiempo, una tarima en la cual debía encabezar una celebración castrense. La suerte estaba de su lado.

Por tal razón, el Fino planeó este atentado con suma meticulosidad.

Su nombre era Eduardo Miguel Streger, tenía 27 años y pertenecía a una familia de clase media afincada en la localidad de Banfield, donde asistió a un colegio privado de enseñanza bilingüe. Tras un breve paso por las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) se sumó al ERP. Y cayó preso en 1972, beneficiándose al año siguiente con la amnistía camporista. El Fino –llamado así por su delgadez– era considerado un cuadro militar. Tanto es así que, en la planificación del magnicidio, no dejó ningún detalle librado al azar.

El magnicidio que no fue

Ya con el mapa de las tuberías subterráneas, el siguiente paso consistió en acceder a la agenda de viajes presidenciales. Así fue fijado el “Día D” para el 18 de febrero de 1977. El Fino y sus dos colaboradores tendrían por delante casi dos meses de intenso trabajo. En ese lapso, todo salió según lo planeado.

El trío disponía de una furgoneta con un agujero en el piso para bajar a la boca de tormenta y regresar al vehículo sin siquiera abrir las puertas. De tal modo tuvieron acceso irrestricto al sitio donde se colocaría la carga explosiva, no sin antes haber efectuado el correspondiente cálculo topográfico, además de llevar allí todos los materiales y herramientas necesarias para concretar el objetivo. Ello, asimismo, implicó enfrentar complicaciones imprevistas, como el aumento del caudal de agua a raíz de las lluvias. Un problema que pudieron subsanar sumando a la logística un bote inflable. Así llegaron sin problemas a la
desembocadura del Maldonado, bajo cuyo techo –justo a la altura de la pista del aeropuerto– colocaron dos cargas de 130 kilogramos de trotyl combinada con gelamón, las que serían detonadas a control remoto. Nada podía fallar.

Tal como estaba previsto, Videla, junto con sus ministros José Alfredo Martínez de Hoz y Albano Harguindeguy, abordó aquel viernes el Fokker F-28 sin un solo segundo de demora. El trío participaría de un acto protocolar en la ciudad de Bahía Blanca.

A través de un walkie-talkie, el Fino dio a sus compañeros la orden de activar los detonadores.

Entonces, todo se sacudió.

En medio de un estruendo infernal, el estallido abrió un cráter humeante en ese tramo de la pista.

Pero, tras un leve zarandeo en el aire, la nave prosiguió su ascenso hacia las nubes, como si nada hubiera sucedido.

¿Acaso el mal tenía un dios aparte?

Algo de aquello habría. Porque, como la nave llevaba poco combustible, tenía menos peso, elevándose así en un ángulo mayor al previsto. Y la onda expansiva del bombazo apenas acarició al avión.

Aquella fue la última batalla del ERP. Eduardo Miguel Streger fue secuestrado por el Ejército en mayo de 1977 y aún sigue desaparecido.

El 17 de mayo de 2013, a la edad de 87 años, Videla murió sentado en un inodoro del penal de Marcos Paz.

 

(*) Periodista de investigación y escritor, especializado en temas policiales

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