Columnistas

Periodismo en crisis

Por Ernesto Martinchuk (*)

El peronismo en general, y el kirchnerismo en particular, han mantenido siempre la habilidad para construir discursos, destreza para movilizar a partir de ficciones, crear territorios simbólicos, emblemas y palabras para sus seguidores, en una estructura piramidal con la cual no se discute. El poder es habilidad para comunicar, por eso los medios de comunicación son el centro del conflicto, porque la guerra gira en torno a las interpretaciones y la capacidad para construir realidades. Y como todos sabemos, en toda guerra, la primera víctima es la verdad.

En 1946, Perón ganó las elecciones que lo llevarían a la Presidencia pese al disenso de los principales medios de prensa. Dejándose llevar por la embriaguez del poder, Perón expropió La Prensa tejió una vasta red de medios oficialistas atraídos por el auxilio financiero del Estado. Sin embargo, Perón cayó en 1955 en medio del clima adverso que su deslizamiento hacia el despotismo durante los años 50 había provocado en vastos sectores de la opinión pública. De esta doble experiencia, el último Perón extrajo en los 70 una paradójica conclusión: «Contra los medios gané; con los medios, perdí«. Situación que se ha repetido con la actual administración, durante las últimas dos décadas, si se tiene en  cuenta primero, la cantidad de medios en poder del Estado y segundo los gastos en pauta oficial destinada no sólo a propaganda, sino a “comprar voluntades” a favor del proyecto…

 

Por otra parte, en las últimas décadas se ha generado un individuo que se considera “periodista” o “comunicador” y han considerado llamarlo, un “bárbaro-civilizado”, alguien capaz de acumular muchas redes de información, pero carente de formación en el sentido de la cultura del razonamiento. Podríamos decir que se trata de un individuo que se atrinchera en una supuesta seguridad, despojada de identidad y responsabilidad que se desliza bajo las turbias aguas de las redes, a través de portales digitales, para difundir “información” suministrada por servicios de inteligencia, como se ha podido comprobar hace pocas semanas.

El periodismo entró en crisis

Estos fenómenos están, en muchos casos, incidiendo cada vez más, en la creación periodística, llevando la calidad informativa a lo meramente trivial. En muchos casos se da información no chequeada ni confirmada con otras fuentes, sólo por querer “ser los primeros”, o difundir “una primicia”. Podríamos afirmar que el periodismo, desde la década de los ´90, entró en una crisis de transformación permanente, continua y diaria.

Muchas redacciones han dejado de ser el lugar donde los Periodistas situaban las noticias jerarquizadas de acuerdo con sus criterios profesionales para convertirse en el contenedor de las historias que los lectores o audiencias prefieren o exigen para pagar por los contenidos. El lenguaje y la visión del periodismo han cambiado. Ahora, los lectores son usuarios o consumidores. Ahora, las informaciones, entrevistas y reportajes son narrativas. En las redacciones se habla más de números, de algoritmos y de porcentajes de visitas o comentarios, que del trabajo periodístico.

Ya no se trata tanto de buscar y escribir las noticias según el criterio profesional de los periodistas, sino de ser capaz de adornar y exhibir los contenidos de forma que llamen la atención del consumidor.

En muchos casos, sino en todos, el periodista o comunicador no vale por el contenido de sus noticias, sino por los clics que genera, los comentarios o los puntos de rating. Cuántos más clics, comentarios o puntos tenga la nota, más valioso es. Por lo tanto, sí la historia que cuenta está bien o mal redactada, tiene relevancia política, social, cultural o mundial, o no tiene relevancia.

Todos conocemos casos de periodistas que opinan, exactamente, lo que sus seguidores exigen que opinen. Y que dirigen sus crónicas hacia lo que sus lectores, oyentes o televidentes más fanáticos les exigen, convirtiéndose en adictos a los clics de sus informaciones o comentarios. Las audiencias de las webs de los medios “embriagaron” a productores, directores, editores, redactores, y, por qué no decirlo, a anunciantes comerciales también. Cualquier personaje en las últimas décadas se pudo convertir en “periodista”, “comentarista” o “panelista”, sólo con la condición de no negarse a los que le solicitara su jefe.

 Vicios profesionales

Pero esta cuestión es, si bien dañosa, casi anecdótica, comparada con otros vicios profesionales arraigados con fuerza desde el retorno de la democracia. La connivencia de funcionarios de prensa, en general ex periodistas, fue mutando del rigor militante inicial, a una suerte de connivencia comercial que instala reinas y próceres en las nuevas redacciones, luminosas y tecnificadas.

No está bien aceptar la invitación a almorzar o cenar todas las semanas de algún pope político, de cámaras industriales, financieras o empresariales para reproducir la supuesta “confidencialidad” o “primicia” en la nota firmada del domingo.

Tampoco hacerlo con burócratas de vuelo bajo, que transfieren alguna intimidad de palacio a cambio de favores. Mucho menos, redactar informes confidenciales para uso político u económico y cobrar por ello. Incluso simplemente apelando a alguna notoriedad pasajera, transformarse en voceros sectoriales sin respetar los cánones profesionales.

Volver a las fuentes

Me comentó alguna vez Julio Nudler (1941-2005), que en 2004 denunció censura por parte de las autoridades de Página/12 luego de una nota que no le publicaron, donde destacaba actos de corrupción en tiempos del gobierno menemista que involucraban a funcionarios del gobierno de Néstor Kirchner, y grandes empresarios. Recordemos, también, que fue desacreditado por Horacio Verbitsky. Me decía NudlerLos informantesdeben ser examinados con la precisión de un entomólogoNo podes dar crédito abierto a algún abogado dudoso, que se parece más a Pepe Curdeles (abogado, jurisconsulto y manyapapeles), el personaje de Pepe BiondiIncluso si el tipo es coherente y lo que dice puede interesarte, busca siempre una segunda fuente para corroborar«, me repetía Julio entre café y café.

El criterio, la vista, el olfato y el tacto para elegir bien un tema forman el don precioso que acredita a los linces y sabuesos del periodismo. No es prudente en cada periodista la presunción de saberlo todo y entenderlo todo. Menos aún lo es, en quien haya de dirigir el trabajo periodístico, encargarlo todo a todos. Cada cual sirve más y aprovecha mejor en un género o en una materia determinada y el talento de quien dirija ha de estar cabalmente en esa elección. La ley de la división del trabajo y por consiguiente de su selección es una de las más aplicables en las tareas del periodismo.

Reflexión serena, conciencia de la responsabilidad que pesa sobre la propia pluma, honestidad, para huir del insano afán de hablar de lo que no se sabe, y más honestidad todavía para medir el alcance de las ideas y de las palabras, todas estas reflexiones, según la natural variación de las circunstancias de cada momento, deben aplicarse lo mismo a los asuntos y géneros de mayor categoría que a los temas y secciones que parecen de menor responsabilidad. El buen periodista cuida con idéntico esmero y unge igual con el óleo sapiente de la prudencia el artículo doctrinal y la simple noticia que salen de sus manos. Hay que documentarse bien y recomendar cautela: no cesar un momento de pensar con toda diligencia en huir de aparentar que sabe más de lo que en realidad conoce. Mantenga la modestia, que esa virtud es la gran aureola de cuantos avanzan derecho hacia el triunfo.

Adivinamos el reparo que opondrán a esta demora en la documentación periodística algunos de los que cantan la lozanía de los trabajos hechos de corrido, a la primera impresión, redactados sin releer casi lo que en una primera ebullición salió de la mente. Efectivamente, hoy apenas si hay tiempo para esa documentación y es cierto que ella está en razón inversa, muchas veces, del frescor de un trabajo. Pero no todos ni a cada instante pueden permitirse el lujo de hallarse dispuestos en cualquier sazón para escribir o hablar sobre cualquier tema. Ése debe ser el ideal y por eso la necesidad de una sólida cultura, cuanto más amplia mejor, para el lúcido desempeño de la función periodística.

Tampoco debe tolerarse escribir o hablar contra el diccionario. O lo que es igual, usando las palabras con notoria impropiedad y empleando giros proscritos por la sana sintaxis y por los cultores del buen estilo. Al periodismo actual y sobre todo al periodismo cotidiano le alcanza mucha culpa en la deformación del idioma y en el uso de frases y formas chabacanas e inadmisibles. Cuando la selección exagerada y el   achicamiento excesivo invaden un idioma, lo confinan, aíslan y llegan a convertirlo en lengua muerta.

El estilo periodístico ha de ser llano, fácil y accesible a todo público. Un medio muy simple para lograr esa llaneza es evitar, cuanto sea posible, la extensión desmesurada de las frases. Es aquí donde se pierde la atención del lector… y también de quien escribe. El signo ortográfico del punto es una de las instituciones gramaticales más admirables.

«Divide y vencerás«, falló el antiguo oráculo en una célebre consulta sobre la estrategia para la victoria con las armas. La brevedad debe ser la musa predilecta de los periodistas. La atención del lector no está hoy educada para trabajos muy intensos ni intrincados, ni para párrafos muy extensos. Voltaire, a quien algunos llaman el primer gran periodista, amaba la concisión en los libros y en los escritos. Es preferible la claridad de lo sencillo a la confusión o imperfección de lo rebuscado y recargado.

El periodismo hoy

Estamos atravesando los restos deplorables de una modalidad periodística que no da para más. Que, en muchos casos, descalifica a la profesión. La envilece por su falta de calidad. No hay tal realidad separada de quien habla y, por tanto, no hay verdades únicas. Sólo hay verdades situadas, siempre en tensión. Lo que es verdadero para uno, no lo es para otro. Por el bien común es preciso considerar las consecuencias de la desmesura y dejar atrás el simulacro, la batalla dual, la descalificación novelada de la peor calaña, la falta de dignidad periodística.

El gran reportero polaco Ryszard Kapuscinski sostenía que una mala persona nunca podrá ser un buen periodista (Los cínicos no sirven para este oficio). Más allá de esa dimensión del asunto al cual se debería atender de alguna forma, los periodistas también vamos a tener que aprender a convivir con esta cuestión de las verdades con raíces, las verdades en un territorio en particular. El periodista es esencial para ayudar a los ciudadanos a navegar en medio de una inmensa amalgama de contenidos en la que, a menudo, se funden sin distinción informaciones reales, invenciones pueriles y manipulaciones de todo tipo.

La esencia del periodista es la misma, trabaje en el formato que trabaje: ser curioso, preguntarse el porqué de las cosas, tener agenda, contrastar los datos, manejarlos con precisión, ser respetuoso de las fuentes y con el lector u oyente, trabajar con rigor y dotarse de una buena dosis de humildad, hagan lo que hagan y lleguen donde lleguen. El periodista tiene un papel de conciencia y de creación de opinión.

En el periodismo, es necesario dar un salto evolutivo para abrir rutinas profesionales a la complejidad del fenómeno comunicacional actual. Los periodistas se están reconvirtiendo. No es que los medios tradicionales vayan a desaparecer, pero es una verdad evidente que las nuevas generaciones apuestan por el uso y lectura a través de otros soportes con el acceso directo a información y a las fuentes, que está generando un cambio tanto en los profesionales como en los consumidores.

¿Cómo contar la pobreza, el hambre, la falta de educación? No se puede escribir sobre algo o alguien con quien no se ha compartido, al menos un tramo de la vida. Éste es un trabajo que ocupa toda nuestra vida, no existe otra forma de ejercitarlo. Nuestro trabajo consiste en investigar y describir el mundo contemporáneo, que está en un cambio profundo y revolucionario.

Hace cuarenta años un periodista, que recién se iniciaba, podía plantearle a su jefe, que generalmente era mayor que él, como escribir o cómo encarar un reportaje porque éste le hablaba de su propia experiencia.

Hoy muchos “gerentes de noticias” ni siquiera han ejercido el periodismo y no podrán dar un consejo, porque no tienen la más mínima idea de cómo se realiza este trabajo. Su misión no es cómo mejorar nuestra profesión, sino como ganar dinero, o mantener el rating. Existen buenos directores, pero no son buenos periodistas.

Hay dos vertientes reduccionistas de la profesión que es urgente enfrentar, considerando los impactos de su accionar sobre las vidas cotidianas de nuestras sociedades: por un lado, los amarillistas que siempre envilecen la profesión como pura mercancía; por el otro, los que pretenden hablar de la realidad con imparcialidad.

Los periodistas trabajan con personas a las cuales intentan explorar e investigar desde la experiencia personal. Son los otros, los entrevistados, los que dan sus opiniones, los que interpretan para nosotros este mundo que intentamos explorar y comprender para poder describir.

La corrupción periodística

Aún con las limitaciones que la empresa impone, se debe aspirar a un ejercicio honesto de la profesión; a que el periodista refleje la verdad, que actúe con equilibrio en los reportajes y en los espacios de opinión, en lugar de plegarse a los intereses del medio periodístico para el que trabaja.

Existen varios “periodistas” que han obtenido permisos para operar emisoras de radio, señales de cable o grandes pautas publicitarias oficiales en medios digitales, como recompensa por su parcialidad en los reportajes. Obviamente, estas recompensas tienden a reproducir las adhesiones políticas y las restricciones a la información.

Existen asimismo, otras formas menores de corrupción periodística, como la venta de tapas de revistas y suplementos para mejorar la imagen de una actriz, un político, un empresario o un sindicalista. En este proceso intervienen inevitablemente los periodistas. Los citados son subproductos periodísticos, que datan de la década del ´90, donde la calidad de “periodista” se une a la de productor publicitario, con un claro predominio de esta última condición, de modo que la nota que se publica es la que aporta publicidad.

También se cotiza la venta de impunidad: en posesión de una noticia, se negocia su no publicación a cambio de fuertes sumas de dinero. Claro que en estos casos la corrupción del “empresario periodístico” no tiñe necesariamente al periodista que obtuvo la información.

La vinculación entre propaganda y periodismo se advierte en cualquier medio, detrás de reportajes a empresarios en espacios que no se definen como “de negocios” o “de empresa”, sino que parecen formar parte de los programas periodísticos.

La corrupción en la profesión periodística -fenómeno con el que convivimos habitualmente -no sólo en nuestro país- es el producto de democracias débiles. Son las propias empresas quienes alientan la corrupción profesional y ésta se transforma, muy a menudo, en condición para el ingreso y el progreso laboral.

La corrupción de los periodistas es un fenómeno que no podrá erradicarse sin el establecimiento legal del fuero periodístico y la consagración del habeas data. Es justamente la ausencia del fuero periodístico -unida a una inexistente presión moral de los gremios y la sociedad– quien permite que, impunemente, la corrupción se instale en la profesión.

Mientras la función de la prensa en la sociedad no sea estatuida legalmente y el rol de empresarios y periodistas no esté definido, la elevación del profesionalismo no será posible; menos aún la defensa de los periodistas que son perseguidos por cumplir con su deber.

Las mentiras no son ni buenas ni malas, son como el fuego; pueden mantenerte caliente o pueden quemarte vivo. Dependerá de cómo las uses”, aseguraba Max Brooks.

No caer en la tentación

Contrario a lo que muchos piensan, el buen periodismo no depende sólo de los periodistas. Por supuesto que nos corresponde hacer bien la tarea, no caer en la tentación de perseguir la popularidad y mantenernos en la búsqueda de la verdad, con responsabilidad e independencia. Debemos hacer periodismo de calidad, defender la libertad y hacerlo en nombre de la sociedad, porque nuestra labor es un servicio público. Si no lo hacemos bien, es justo que nos lo reclamen. Sin embargo, el buen periodismo se logra de la mano de todos y por eso es bueno preguntarse también por el papel de las audiencias, los dueños de medios, y los anunciantes.

Gracias a las redes sociales, cada persona tiene hoy en su mano la posibilidad de hacer más o menos visible un contenido, sin importar si es bueno o malo, si es verdadero, falso o si es un delito atroz. Al compartir un contenido digital, al leer un artículo, al escuchar una emisora o sintonizar un canal, cada ciudadano toma una decisión importante. Cientos de miles de ciudadanos ayudan a construir o destruir el buen periodismo.

Cuando el anunciante decide incluir su pauta en un medio con base sólo en las visitas que genera, sin preguntarse cómo se obtuvo esa información, ni lo que puede implicar, está tomando una decisión que nos afecta a todos. Cuando los dueños o directivos de medios presionan por el rating y la rentabilidad a cualquier precio, no piensan en lo que eso le va a hacer a la sociedad, a la democracia y a su propio negocio en el largo plazo. La ganancia inmediata, llámese clics, rating, ventas, a veces no permite ver la película completa, sólo nos muestra un cuadro.

El buen periodismo no es el que dice lo que nos gusta, ni el que confirma lo que pensamos, ni el que reafirma nuestros prejuicios. Las democracias en el mundo viven un momento de crisis y muchos líderes de distintas tendencias, que atentan contra ella, han entendido muy bien el poder de las emociones, y pueden convertir mentiras en “verdades” en segundos.

El buen periodismo no es el que más “gusta”, es el que incomoda, el que busca verdades que se quieren ocultar, el que ronda a todos los poderes y les pide rendir cuentas. Ante la epidemia de desinformación, se requiere con urgencia buen periodismo para decantar, entender y tomar decisiones.

Lo importante es ser los más profundos dentro de este contexto histórico y político, lo más pedagógico, originando un periodismo que incite al debate, la discusión y también a la reflexión. Así las nuevas tecnologías se convertirán en un aliado y en un instrumento a nuestro servicio. Leer y releer lo que se escribe antes de publicar. No ser soberbio, y hacer un culto de nuestro rico idioma. Saber decir no. Ser una buena persona. Decir la verdad, ser respetuoso, tener Honor y sentir orgullo de ser Periodista.

Oficinas de prensa

Desde el desembarco de las oficinas de prensa, el intercambio informativo comenzó a reducirse al mero envío de gacetillas. Muchas redacciones comenzaron a vaciarse de activos periodistas que, desde la mañana y hasta altas horas de noche buscaban por su cuenta y riesgo, la materia prima del oficio, hechos, novedades, incidentes, para albergar personajes que sólo esperan la llegada de mails o gacetillas de dichas oficinas, que las proveen en abundancia, y con la excusa de facilitar el trabajo, evitan que se profundice en los temas en cuestión.

A esta inversión decadente -la oficina de prensa- acompañada, generalmente, por abundantes infusiones, debe reconocerse que el nivel gramatical de las gacetillas enviadas, se ha empobrecido hasta niveles alarmantes. En muchos casos, es posible recibir una comunicación plagada de horrores ortográficos, sintácticos e incluso con concepciones confusas.

La mayoría de ellas son desechadas, o se toma como referencia remota de alguna temática. Pero para otros, son palabra santa, y se reproducen tal cual llegan. Así se publican cuestiones excéntricas o simplemente inconcebibles, desgastando el mayor capital que debe tener un periodista, y un medio de comunicación: su credibilidad.

 

(*) Periodista (publica en el portal Tribuna de Periodistas), escritor, documentalista

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