Columnistas

Volver a empezar? No, otra vez

Por Edgardo Zablotsky (*)

En agosto de 2010, hace ya más de una década, publiqué en este mismo espacio una nota titulada Volver a empezar. Hoy, frente al proceso electoral que estamos transitando, sus argumentos continúan resultando tan pertinentes como en ese entonces. Cometer errores es humano, repetirlos sistemáticamente es imperdonable.

Veamos los hechos. En 1962, luego de la caída de Arturo Frondizi, el rabino americano Marshall Meyer, quien durante 25 años vivió en nuestro país, salvó incontables vidas durante el proceso militar y fue el único extranjero invitado por Raúl Alfonsín a formar parte de la CONADEP, expresaba que en la Argentina uno aprendía la lección de la responsabilidad individual justamente por su carencia; en la Argentina el otro era siempre el deshonesto, no sabía trabajar, no pagaba impuestos, era materialista. Nos convertimos en una población de otros.

Al fin y al cabo, ¿en qué momentos relacionamos en nuestra vida cotidiana el resultado de nuestras acciones con nuestra propia responsabilidad, en lugar de culpar a los demás? ¿Cuándo reconocemos que somos responsables de nuestras elecciones y, por ende, si bien tenemos pleno derecho a disfrutar de nuestros aciertos, debemos asumir las consecuencias de nuestros errores? ¿Cuándo, por ejemplo, aceptamos que nuestros hijos son aplazados porque no estudiaron y no por culpa de la injusta maestra que desafortunadamente les ha tocado en suerte?

¿Quiénes son los otros en términos políticos? Los anteriores gobiernos, sin la menor duda. Todo lo que se ha hecho está mal y la principal tarea de una nueva gestión será corregirlo, retrotraerlo a cero y reconstruir la Nación, de una vez y para siempre. Volver a empezar, para esta vez sí salir adelante.

¿No hemos escuchado frases como esta una y otra vez? ¿Alguien puede asegurar que no volveremos a escucharla? Cómo no asociarlo a aquel relato de la mitología griega en el cual Sísifo era condenado a subir con una enorme roca a lo alto de una colina y, cuando finalmente lo lograba, la roca volvía a rodar hasta la base, con lo que su destino era repetirlo una y otra vez durante toda la eternidad.

¿Podemos tener tan mala fortuna que nunca nadie haya hecho algo bien? A modo de ilustración, frente a la crisis económica que estamos viviendo una vez más, podemos criticar, y con justa razón, a los responsables de la misma. Sin embargo, no es razonable además preguntarnos: ¿por qué nos ocurre lo mismo una y otra vez?

En los últimos 50 años han ocupado el Ministerio de Economía o el banco central numerosos profesionales, de las más diversas ideologías y muy calificados. Veamos tan sólo algunos nombres, en orden alfabético: Roberto AlemannMario BlejerDomingo CavalloAdolfo DizRoque FernándezAldo FerrerJavier González FragaMartín GuzmánRoberto LavagnaRicardo López MurphyJosé Luis MachineaJosé María Dagnino PastorePedro PouAlfonso Prat GayJuan SourrouilleFederico Sturzenegger y Adalbert Krieger Vasena, entre otros. ¿Es posible que ninguno de ellos haya hecho nada bien? Sencillamente es imposible.

Esa es la foto de la Argentina. Por ello, recordando aquella frase que en diversas versiones se le atribuye a Albert Einstein: “Si quieres resultados distintos, no hagas siempre lo mismo,” es hora de dejar de buscar la piedra filosofal y enfrentar la realidad.

“Todos los problemas son problemas de educación” nos decía Domingo F. Sarmiento. ¿Qué mejor definición para comprenderla? Al fin y al cabo, desde el crecimiento económico genuino hasta la equidad distributiva se encuentran directamente asociados a la educación.

Es imprescindible asegurar a todo niño una educación de excelencia más allá de su cuna. Pero para ello, es imprescindible enfrentar primero la desnutrición infantil, un niño desnutrido no puede aprender. Tengamos, aunque más no sea, la vergüenza de admitirlo y no perdamos un día más en comenzar la tarea.

Es imprescindible que haya clases. Puede parecer una obviedad, pero alguien puede dudar que si el próximo gobierno no representa al oficialismo retornarán los interminables paros docentes. Tengamos el coraje de admitir que los mismos atentan contra la educación de quienes menos tienen y, por ende, más apoyo necesitan. Esa es la realidad, cualquier otra interpretación es sólo una fantasía de nuestro imaginario para sentirnos algo mejor.

Es imprescindible que millones de personas que reciben planes sociales se eduquen, adquieran capital humano y se capaciten en oficios, para que puedan con orgullo llevar el pan a la mesa familiar y se rompa el círculo vicioso de la pobreza.

Es imprescindible tanto más, pero por algo hay que comenzar. Todos los problemas, son problemas de educación. El día que el ministro de Educación se convierta en la principal figura del gabinete, nuestra realidad comenzará a cambiar. No sucederá de un día para otro, pero si seguimos haciendo siempre lo mismo, no hay motivos para esperar resultados distintos.

 

(*) Ph.D. en Economía en la Universidad de Chicago, rector de la Universidad del CEMA,  miembro de la Academia Nacional de Educación, consejero académico de Libertad y Progreso

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