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La revolución de los sub 30

Por el profesor Gastón Bivort (*)

Este domingo asistimos a un acontecimiento disruptivo en la historia política argentina cuando el candidato electo de un partido político con solo dos años de vida, ningún gobernador propio y apenas un puñado de diputados y senadores, asume la primera magistratura.

Muy pocos dimensionaron el fenómeno político que se venía gestando detrás de la figura de Javier Milei. A muchos adultos que comulgamos con los principios republicanos, nos era difícil  digerir su estética, gritos, enojos y excentricidades. Nos resultaba poco probable, antes de las PASO, que un personaje con semejantes características llegara al poder. Creíamos que Milei era un fenómeno pasajero, un outsider que iba a ser blanco fácil de las fuerzas políticas tradicionales. El periodismo, salvo algunas excepciones, se hacía eco de esta percepción, tildando a Milei de loco y desequilibrado, abonando la idea de que votarlo a él era “saltar al vacío”.

En ese marco, la tradicional coalición opositora (“Juntos por el cargo” según Milei) se entretenía en sus internas y se probaba el traje de futuro oficialismo. Ante uno de los peores gobiernos de la historia, creían imposible que el resultado de las elecciones les resultara esquivo. Por otra parte, el kirchnerismo (“Unión por la plata” según Milei) tenía fe de poder violar la mismísima ley de gravedad al impulsar como candidato al ministro de economía que elevó a la estratosfera la pobreza y la inflación.

Sin embargo, y ya con el diario de lunes, podemos afirmar que existía una fuerza subterránea que nos costaba o no queríamos percibir. Cuando todavía no la veíamos venir, los jóvenes, es decir nuestros hijos y en mi caso particular también mis alumnos, se trenzaban en discusiones con nosotros para decirnos que la salida era por ahí. Veían en los gritos de Milei apasionamiento y enojo con la “casta” que nos había empobrecido. Nos endilgaban, con razón, que nuestras malas decisiones nos habían traído hasta acá y que los políticos de siempre eran parte del problema. Comenzaban a abrazar con convicción las ideas de la libertad que predicaba Milei, reemplazando el relato falso de el Estado presente que te cuida por el real del Estado ausente que te roba. Veían en Milei a alguien nuevo que no se ponía el “casete” del político tradicional. Veían la novedad de alguien que hacía docencia y citaba economistas para explicar sus ideas, contrastando abruptamente con la mediocridad intelectual promedio del político convencional.

Mientras el oficialismo adoctrinaba en las escuelas creando un panteón de próceres “nacionales y populares”, muchos sub 30 comenzaban a interiorizarse sobre las ideas de Alberdi, Sarmiento, Pellegrini y tantos otros que, poco más de un siglo atrás, habían puesto a la Argentina a la vanguardia de las potencias mundiales.

Mientras el oficialismo creía estar comprando voluntades al regalar viajes de egresados, muchos jóvenes de extracción humilde comenzaban a pensar que no querían ser guíados como corderos. “He venido a despertar leones” vociferaba Milei y su discurso les resultaba creíble.

Mientras el oficialismo pretendía empatizar con los jóvenes hablando en lenguaje inclusivo, los sub 30 renegaban de tamaña hipocresía, entendiendo que la inclusión bien entendida supone una verdadera igualdad de oportunidades que la educación pública hoy ya no garantiza. Supone también, la posibilidad de alcanzar un trabajo bien remunerado que permita, aunque más no sea, alquilar un departamento.

Mientras el oficialismo y la oposición tradicional utilizaban un estilo de campaña que olía a naftalina y demandaba una fortuna, las ideas de Milei se convertían en trending topic en las redes sociales consumidas por los jóvenes.

Confieso que después de las PASO, y ante la chance cierta de que Milei alcanzara la presidencia, comencé a escucharlo con mayor atención y de  a poco comencé a entender lo que muchos jóvenes ya tenían claro. Desde los más humildes, trabajadores cuentapropistas de las aplicaciones de delivery, hasta los sectores más acomodados con estudios universitarios, creyeron en un hombre que les hablaba de la importancia de la libertad y del injusto sistema de la “casta”, donde unos vivos se enriquecían a costa de  todos. Un sistema que los iba a condenar a ser esclavos del perverso sistema clientelar a unos y a encontrar la salida en Ezeiza a otros.

El recelo y las precauciones de nosotros, “los viejos meados”, hacia el candidato de los sub 30, se mantuvo hasta las elecciones de octubre. Luego del impacto del resultado, que increíblemente  favoreció al ministro-candidato, las cosas comenzaron a ordenarse y la prioridad del cambio se impuso sobre las mezquindades. El pacto de Acassuso sirvió para acercar posiciones entre ambas generaciones y demostrar la grandeza de Patricia Bulrich, fuertemente vilipendiada por Milei en la campaña. También sirvió, evidentemente, para desenmascarar a políticos y periodistas defensores del statu quo que proponía Massa.

En las tres semanas de campaña previas al balotaje, Milei comenzó a moderar algunas cuestiones controvertidas de su discurso y a tender puentes entre todos los que queríamos un cambio verdadero. La soberbia puesta de manifiesto por Massa en el debate presidencial más la burda campaña del miedo en la que dilapidó millones, terminó de convencer a los indecisos.

La unión entre Milei y Bulrich generó que un ejército de fiscales, entre los cuales se destacaban claramente los sub 30, fueran a dar la batalla por la libertad y el cambio. Estaban convencidos de ello y no le temieron a los experimentados fiscales/punteros del oficialismo que intentaron amedrentarlos. Me tocó encargarme de una escuela donde tuve 11 fiscales entre los que predominaban chicos de entre 18 y 24 años.

La contundencia del resultado del 19 de noviembre, la seriedad con la que el presidente electo encaró la selección de sus futuros colaboradores y la irrupción de un hasta entonces desconocido pragmatismo que afloró en el momento justo, contribuyeron a alimentar la esperanza.

El próximo domingo comenzará a escribirse un nuevo capítulo de nuestra historia que ojalá esté a la altura de lo que el país necesita.

Por lo pronto, y no es poca cosa, recuperamos la capacidad de soñar; un gran mérito de la Revolución de los sub 30.

 

(*) Profesor de Historia, Magister en dirección de instituciones educativas, Universidad Austral, vecino de Pilar

 

 

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