Municipios

Indignación popular por Thiago, el niño que murió porque el Estado ignoró las alarmas

Thiago Fleitas estaba condenado desde que nació, en un contexto de violencia extrema y consumo y abuso de drogas. Quienes debían amarlo y protegerlo, no lo hicieron, y quienes debían garantizar el cumplimiento de ese amor y esa protección, tampoco.

Tenía apenas dos años, y murió el 19 de marzo en el hospital Sanguinetti: Su cuerpecito presentaba las huellas de un martirio que hiela la sangre. La justicia, en tanto, procura determinar quién fue el autor del salvaje golpe en la zona abdominal que, a su vez, le provocó la hemorragia que determinó su trágico final.

Pero no es todo. Según la autopsia, el niño presentaba golpes en todo el cuerpo, como el rostro, quemaduras en genitales, y lesiones compatibles con abuso sexual, aunque no todos los signos serían recientes, por lo que se cree que los ataques venían desde hace varios meses.

Vivía en el barrio San Alejo, con su madre, Pamela Palacios, su padrastro, Arial Farías, hoy detenido, y otras dos hermanitas de corta edad: Todos son hijos todos de la primer pareja de Pamela, Elías, un violento que en el año 2018 incendió la casa donde ella -embarazada de Thiago- vivía con las chicas, que se salvaron de milagro, aunque perdieron todo. El también está preso.

Este episodio fue determinante desde lo institucional, ya que intervinieron los organismos municipales y comenzaron a brindar ayuda y contención a la mujer y a sus hijos. Hasta el cambio de gestión, cuando abruptamente cesaron las visitas de la asistente social y, por supuesto, el control estatal. Coincidentemente, Pamela conoció y comenzó su relación con Farías, con quien dicen, compartía el consumo de Poxiran.

Ahora bien, todos sabían de los malos tratos a lo que era sometido Thiago. Incluso su abuelo José, que el 3 de enero denunció a los padres en la Fiscalía Nº1 de Pilar. En esa presentación, el hombre les dijo que el bebé era golpeado, que hasta había fotos del maltrato que sufría «pero nadie hizo nada”.

Los vecinos también sabían, porque escuchaban los gritos, los golpes y el llanto, y llamaban a la policía, que tampoco hacía gran cosa.

Los únicos que no sabían lo que pasaba en la casa de Thiago eran los funcionarios que decidieron, so pretexto de cambio de gestión primero y  pandemia después, cerrar el CDI (Centro de Infancia) «Acuarela» del San Alejo, donde Pamela concurrió un par de veces en busca de ayuda para su situación para encontrarse con nada.

Apenas si dejaron en pie el centro del barrio Agustoni, donde una asistente social entrega 30 turnos por semana.

Es decir, fallaron los mecanismos de contención para con una mujer que no podía con su realidad y sus responsabilidades, y, en consecuencia, fallaron a la hora de responder por Thiago, cuya muerte provocó la reacción no sólo de familiares y vecinos sino de mucha otra gente de Pilar que quiere respuestas certeras y, sobre todo, no quiere que haya otros niños que atraviesen el mismo calvario que atravesó una criatura que, a su modo, pidió ayuda y la ignoraron.

 

 

 

 

 

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