Columnistas

No arrancó

Por Gastón Bivort (*)

No, no estoy hablando de mi primer auto, aquel Fiat 128 blanco, destartalado, que solía dormir a la sombra de un sauce y que en los inviernos más crudos arrancaba solamente cuando le daba la gana. No. “No arrancó” fueron las palabras exactas, frías, casi burocráticas, que utilizó aquella enfermera para referirse a nuestro hijo Matu, que acababa de asomarse a este mundo.

Llegamos a la clínica con el tiempo justo, al borde del colapso nervioso. La Turca había roto bolsa y sufría unas contracciones feroces. No hubo necesidad de pañuelos blancos asomando por las ventanillas para pedir paso como en las películas. No, no llegamos a tanto.

Apenas pisamos el lugar, mi mujer fue conducida directo a la sala de partos. A mí, por supuesto, me obligaron a disfrazarme: un gorro ridículo y un camisolín verde que me quedaba espantoso. Estoy convencido que esa es la razón por la cual los bebés lloran apenas nacen.

El niño nació rápido, facilísimo, como si se deslizara por un tubo de seda. El doctor, con aire triunfal, anunció que era un varón y se lo entregó a la enfermera para que lo limpiara y lo pusiera presentable. Por eso, mi sorpresa fue mayúscula cuando la mujer regresó a la sala sin la criatura, esgrimiendo aquel lacónico “no arrancó” como única explicación. De inmediato, la sorpresa se transformó en una angustia de esas que se te instalan en el pecho y te quitan el aire.

Mientras la Turca descansaba y se reponía del esfuerzo, yo corrí hacia la Unidad de Terapia Intensiva en busca de respuestas de verdad, de explicaciones más certeras. La doctora de turno resultó ser una mujer por demás parca, de esas que dosifican las palabras . Solo atinó a decirme que Matu tenía severas dificultades respiratorias y que su estancia allí era por mera precaución. Sin embargo, se negó a ponerle un límite temporal a esa escena. No quiso decirme cuánto tiempo pasaría mi hijo sujeto a un respirador. A la tristeza genuina de la situación se le sumó entonces el peor de los fantasmas: la incertidumbre.

Pero estábamos en Luján. Y como soy un hombre propenso a buscar refugios celestiales cuando el suelo tiembla, no lo pensé demasiado y caminé directo a la Basílica. No recuerdo en toda mi vida haber experimentado un momento de conexión espiritual tan profundo. Dejé el destino de Matu en manos de la Virgen, en un acto de fe que era, en el fondo, una capitulación ante lo que no podía controlar. Han pasado ya más de treinta años , y cada vez que regreso a Luján y visito ese altar, el recuerdo emerge intacto, con la misma carga emocional de la primera vez.

Pasaron tres días eternos y a nuestro hijo no le daban el alta médica. Desesperados, derrotados, decidimos volver a Pilar por unas cuantas horas. No existe en el repertorio humano una sensación de vacío más desoladora que salir de tu casa con la ilusión encendida de un padre y regresar con los brazos vacíos, contemplando la cuna desierta.

Al día siguiente, muy temprano, regresamos. A esa altura del partido, la sospecha comenzó a rondarnos la cabeza. Al bebé se lo veía espléndido, rozagante, pero los médicos se empecinaban en retenerlo. La Turca, que es una mujer que desconfía hasta de su propia sombra, me mandó directo a la oficina de la obra social. Sospechábamos lo que tantas veces ocurre cuando la salud se convierte en mercado. Temíamos que la clínica estuviera postergando el alta deliberadamente, solo para seguir facturando a costa de nuestro desvelo.

Esa misma tarde, desesperados, llamamos al doctor Bodino. Bodino era un pediatra de la vieja escuela, un sabio de esos que ya no existen, capaces de darte un diagnóstico certero con el solo hecho de apoyar la oreja en la espalda del chico. Le relatamos el escenario y su intervención fue inmediata. Llamó a la clínica y exigió el traslado de Matu al Hospital de Niños.

El viaje de regreso a Pilar lo hicimos con el corazón en la boca, habitando ese espacio intermedio entre el temor y la esperanza.

Después de otra noche de insomnio, viajamos nuevamente a Luján. Era sábado. Un sábado luminoso, de esos días que parecen presagiar una tregua del destino. Sin embargo, nosotros viajábamos en un silencio sepulcral, desesperanzados, con el ánimo propio de aquellas personas a las que todo el tiempo les corren el arco.

Cuando ingresamos a la UTI, el médico a cargo nos recibió y, sin dar mayores rodeos ni explicaciones, soltó: “Tiene el alta, se lo pueden llevar”. No nos atrevimos a preguntar nada, por miedo a que el hombre lo pensara mejor y se arrepintiera. Juntamos rápido sus mamaderas y sus ropitas diminutas y lo acomodamos con un cuidado casi religioso en el moisés de viaje.

Guardo en mi memoria muy pocos momentos de una felicidad tan pura, tan redonda y perfecta como ese. Todavía hoy, mientras evoco este relato, puedo ver la escena exacta de nuestra llegada a casa. La cabeza elige aquellos recuerdos que conviene tener siempre a mano.

Ese mismo día, el viejo y entrañable doctor Bodino revisó exhaustivamente al bebé y lo encontró en perfectas condiciones, impecable. Su diagnóstico médico no hizo más que confirmar nuestras más oscuras sospechas: el alta se había dilatado más de la cuenta. O quizás, quién sabe, mi hijo Matu sí había arrancado apenas vio la luz.

Nunca sabremos a ciencia cierta si fue la denuncia formal ante la obra social o la respetable presión del doctor Bodino lo que terminó por torcerle el brazo a la clínica. O tal vez, quién sabe, ocurrió un milagro silencioso. Pero de lo que estoy absolutamente convencido, es de que la Virgen estuvo allí, haciendo llamadas celestiales, intercediendo y gestionando todo desde arriba.

Mirando hacia atrás, entiendo que Matu no podría haber elegido un mejor lugar en el mapa que Luján para «no arrancar».

 

(*) Profesor de historia, vecino de Pilar y columnista de «El 1° de la mañana»

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