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No fue el final deseado, pero no hay deuda que saldar

Terminó el Mundial, y aunque la Selección Argentina se quedó sin la copa, el balance final resulta absolutamente positivo, más allá de que ahora vendrán sesudos analistas que intentarán explicar un resultado que al final es lo de menos frente a lo que logró este plantel de cara a la gente común, a la que ni siquiera es hincha de algún club.

Porque los dirigidos por Scaloni lograron, en principio, lo que ningún político por más avezado, astuto o carismático pudo conseguir: cerraron la grieta que hace años domina la escena pública argentina. Podés pensar como quieras, pero la Selección no se discute, aún cuando no falten los afiebrados que pretendan leer en los muchachos alguna preferencia por uno u otro lado de esa grieta. A tal punto, que apenas terminado el partido con los españoles, en las redes se multiplicaron los mensajes de aliento y gratitud. A nadie se le ocurrió señalarlos como «pechos fríos» o como que «la camiseta les queda grande», o algunas de esas descalificaciones tan hirientes como equivocadas.

El reconocimiento fue unánime y emotivo, contrariamente a lo ocurrido en otros Mundiales cuando a la gente ni se le ocurría pagar un ticket para ver a la Selección jugando de local. Para no hablar de los más chicos, que ni siquiera conocían los nombres de esos jugadores, y mucho menos jodían a sus padres por una camiseta celeste y blanca, a rayas, y algún número estampado en la espalda. Salvo la de Maradona, claro está.

Le pese a quien le pese, esta Selección cumplió con creces, y no nos dejó con gusto a poco. Se jugó desde el primer minuto y se jugó hasta el último, aún con el marcador en contra. Demostró garra, disciplina y coraje, y una enorme capacidad de resiliencia; la adversidad no la amilanó y volvió a explicar porqué es la más ganadora de la historia futbolística argentina.

Por supuesto, esto no hubiera sido posible si desde la conducción de la AFA no se hubiese confiado desde el primer momento en un técnico como Scaloni, el máximo responsable y hacedor de este grupo, que llegó sin pergaminos ni experiencia, apenas como interino, para encargarse de una selección desangelada y desmantelada por obra y gracia de las conducciones anteriores, como la de Sampaoli. Incluso cuando ya se pensaba en entrenadores extranjeros como Guardiola.

Fue el presidente, Claudio Tapia, quien blindó a Scaloni de sus más feroces críticos -que hoy no se acuerdan de lo que decían en su momento del bisoño entrenador- y lo mantuvo en su puesto contra viento y marea. Tapia consiguió también el regreso de Messi, que decepcionado por lo actuado en el Mundial de Rusia, ya había anticipado su decisión de no jugar más para la Selección nacional. Entre el «Chiqui» y Scaloni lo convencieron de que todavía tenía mucho para dar en las canchas ataviado con la celeste y blanca, y las pruebas están a la vista. A casi los 40, demostró que viejos son los trapos y los caminos, y volvió a colocar a la representación argentina entre las tres mejores del mundo.

Ese tridente -Tapia, Scaloni y Messi- obtuvo cuatro consagraciones internacionales: dos copas América (2021 y 2024), en el medio el Mundial de Qatar (2022) y ahora el subcampeonato mundial, desde que el «Chiqui» asumió en la AFA en el 2017.

Nobleza obliga y más allá de las causas judiciales por las que deberá responder apenas vuelva al país, hay que reconocer que Tapia como mandamás de la AFA siempre apostó al largo plazo, sin dejarse ganar por las urgencias o las presiones mediáticas a las que inexorablemente se ven sometidas entidades como ésta. Lo curioso es que con su antecesor, el todopoderoso y temido Julio Humberto Grondona -que gobernó la AFA con mano de hierro durante 35 años-, los periodistas eran bastante más contemplativos, condescendientes y amables. Nunca se atrevieron a denunciar nada, aún cuando uno de sus hombres de confianza, Alejandro Burzaco -otrora CEO de Torneos y Competencias, propiedad del grupo Werthein y Clarín, consuetudinaria televisadora del fútbol nacional e internacional- fue a dar con sus huesos a una cárcel federal norteamericana en lo que se denominó el FIFAgate, un complejo entramado delictivo en el que coincidían coimas, contrataciones amañadas y toda clase de desmanejos que involucraban al propio Grondona aunque la muerte, piadosa, le evitó los contratiempos judiciales.

Este Burzaco, además, es hermano de Eugenio, quien supo desempeñarse como referente de Seguridad -paradojas de la vida- del ex presidente Macri. Más aún, Alejandro se fugó -o lo dejaron marcharse- de la Argentina durante este gobierno, con Patricia Bullrich como ministro del área. Finalmente fue capturado por Interpol en Italia y remitido a los Estados Unidos.

Y ya que mencionamos a Mauricio Macri, debemos apuntar la devoción del ex presidente por las SAD (Sociedades Anónimas Deportivas), lo que significa poner los clubes -asociaciones civiles sin fines de lucro, propiedad de sus socios- en manos de inversores privados. De concretarse esa iniciativa, el lavado de dinero sería una constante, como ya se vio en los clubes europeos. Parece que como éstos ya no alcanzan, necesitan a los sudamericanos, y más precisamente a los de la Argentina donde, ya se sabe, los controles no son demasiado estrictos.

Tapia siempre se negó a esta posibilidad, lo que le granjeó la antipatía de los defensores de las SAD como su por estas horas detractor más encarnizado: el empresario Guillermo Tofoni, el mismo que durante la cúspide de la corrupción grondoniana -del 2006 al 2015- fue el único encargado de organizar los amistosos de la Selección. Ahora, y aunque la justicia ya le negó sus demandas, recluta mercenarios periodísticos de La Nación y Clarín, y punteros de la Coalición Cívica, agitando una cuestión puramente comercial y personal. Antes, cuando la justicia del planeta iba detrás de la corrupción en el mundo del fútbol, ni Tofoni, ni los medios ni los periodistas, hicieron silencio.

Pero no se puede terminar esta nota sin apuntar otro de los logros -quizás el más caro a los sentimientos argentinos- de esta Selección: la «remalvinización» de la sociedad. Con esa sábana robada de un hotel de Atlanta que la tribuna arrojó al campo y los jugadores desplegaron después de Inglaterra, todos y cada uno volvimos a sentir que la patria va más allá de un campeonato de fútbol. Con ese gesto de compromiso que hizo que hasta los más chicos se interesaran por las islas, los jugadores sellaron definitivamente su relación de amor con su gente.

 

 

 

 

 

 

 

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