Economía

Informe: el 78% de los hogares gana menos que el promedio y el consumo no despega

Un relevamiento de la Fundación Encuentro revela que la mejora de los salarios no llega a la mayoría. Con ingresos por debajo de la media, casi 8 de cada 10 familias priorizan subsistir antes que gastar.

La desaceleración de la inflación y una paulatina recomposición de los salarios reales pintan un cuadro de estabilización que ilusiona a los analistas. Sin embargo, al cruzar la puerta del supermercado la realidad es otra, las ventas no despegan y el consumo masivo permanece congelado.

La explicación a esta aparente paradoja no radica en una falla de las estadísticas macroeconómicas, sino en la profunda brecha que separa a las proyecciones teóricas del bolsillo cotidiano. Un reciente relevamiento sobre distribución del ingreso elaborado por la Fundación Encuentro, a partir de estimaciones de la Consultora W, le pone números a este fenómeno. Durante el primer trimestre de 2026, el ingreso promedio de los hogares argentinos se ubicó en los 2.800.000 pesos mensuales netos. Una cifra que a primera vista sugiere cierto aire para las familias, pero que en la práctica no se ve materializado.

Ese monto promedio representa fielmente la realidad de un segmento muy reducido de la sociedad. Solo las familias pertenecientes a la clase alta y a la clase media alta logran superar ese umbral. Del otro lado del espectro, un abrumador 78 por ciento de los hogares argentinos —que abarca a la clase media baja y a la clase baja— percibe ingresos situados por debajo de esa marca. Más aún, un 21 por ciento del total de las familias del país ni siquiera alcanza a cubrir la canasta básica y se sitúa por debajo de la línea de pobreza estimada.

Recuperación  a dos velocidades

Esta marcada asimetría social resulta decisiva para comprender el estancamiento de las compras diarias. La teoría económica señala que los sectores de menores recursos poseen la mayor propensión marginal a consumir: cada peso que ingresa a sus presupuestos se destina casi de manera íntegra a cubrir necesidades básicas como alimentos, limpieza y servicios. Aunque sus salarios han comenzado a recuperarse de manera gradual, el punto de partida tras el impacto de la crisis era tan bajo que la mejora actual resulta insuficiente para restablecer los niveles de gasto previos. Las familias priorizan desendeudarse, saldar servicios fijos y administrar la subsistencia antes que volcarse al consumo masivo.

La dinámica es completamente distinta en el vértice de la pirámide social. Los segmentos de ingresos altos y medios altos, que sí logran superar el promedio nacional, no dependen de forma tan lineal del ciclo salarial directo para sostener sus pautas de vida. En estos estratos, el gasto ya exhibe claras señales de normalización y volúmenes de compra estables. Sin embargo, al representar únicamente al 22 por ciento de la población, su capacidad de tracción resulta incapaz de mover la aguja del mercado interno en su conjunto.

Mientras la macroeconomía consolida sus planillas con indicadores en verde, la microeconomía de la mayoría sigue atada a la prudencia. La ansiada reactivación de las góndolas no llegará por la simple vía de promedios estadísticos, sino cuando la mejora real alcance a ese 78 por ciento de los hogares que hoy todavía administra cada peso con precisión quirúrgica.

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