Columnistas
Diciembre de 2001: cuando lo peor que te pasó no fue el “corralito”
Por Gastón Bivort (*)

Preguntale a cualquiera que pinte canas que estaba haciendo en diciembre de 2001, y te va a hablar de Cavallo, del corralito, de los patacones y del helicóptero. Pero si le preguntás a Dani, el histórico profe de Economía del Santa, te va a decir que la debacle financiera y el estallido social fueron nada al lado de lo suyo. Para Dani, el fin del mundo tuvo forma de pelota.
Resulta que todos los años, se armaba el clásico partido entre los profesores y los egresados. Un duelo a muerte. Los pibes más atrevidos, te amenazaban con cobrarse en la cancha cada aplazo. Los más tímidos, planeaban la venganza en secreto. Nosotros, los profes, les decíamos que eran unos tiernitos que no iban a poder con nuestra experiencia.
Hasta que llegó el día fatídico. El día en que Dani, sin saberlo, iba a colgar los botines para siempre, y en el que yo —su humilde servidor y compañero de zaga— me iba a convertir en el victimario involuntario de su retiro.
Faltaba nada para el silbatazo final. Ganábamos uno a cero, un resultado ajustado defendido con uñas y dientes. En un avance de los pibes, veo que la pelota queda boyando. Fiel a mi estilo, me arrojo al humo para rechazar con el alma y caigo pesadamente sobre una de las piernas de Dani.
El grito que pegó no dejó lugar a dudas: lo había roto. Yo reconozco que siempre jugué al límite, que siempre compensé mi alarmante rusticidad con garra, pero juro por mi vieja que nunca había roto a nadie. Y menos a un compañero de equipo, y mucho menos a un colega.
Ahí nomás terminó el partido y su carrera futbolística. Después los médicos darían el parte de guerra: fractura de tibia y peroné, ligamentos hechos percha y el talón astillado en mil pedazos. Una obra de arte del terrorismo deportivo.
Los alumnos y los profes se fueron yendo, y solo quedamos un puñado de sobrevivientes esperando una ambulancia que jamás llegó. A mí la culpa me carcomía las entrañas, me sentía un asesino. Viendo que ya anochecía y que Dani se estaba poniendo azul, decidimos cargarlo y llevarlo al hospital municipal. Error catastrófico. En el hospital no había ni placas para las radiografías. El tipo que nos atendió, que dudo seriamente que tuviera el título de médico, no tuvo mejor idea que intentar enderezarle la pierna a ojo y encajarle un yeso provisorio. El alarido de dolor rompió los vidrios, retumbó en los pasillos y llegó limpio hasta la plaza de Pilar.
Como vivía en Olivos, lo acomodamos en el asiento trasero de mi auto para llevarlo con la pierna estirada como un mástil. Los otros muchachos me seguían en el Fiat de Dani. En pleno viaje, sumamos otra desventura al inventario: nos enteramos que su departamento quedaba en un segundo piso por escalera, sin ascensor. Así que pasamos a manotear cuatro cosas y, como dice el tango, el hombre volvió vencido a la casita de los viejos. Ahí lo depositamos, quebrado en su pierna y en su orgullo.
Para colmo de males, Dani era enfermo terminal de Racing. Y ese año, el Racing de Mostaza Merlo, el del «paso a paso», estaba por salir campeón después de treinta y cinco años de malaria. Dani venía soñando con estar en Avellaneda, con abrazarse con la marea humana, pero se tuvo que conformar con ver la consagración por televisión con el pie apuntando al techo.
Mientras el país ardía en saqueos, caían los presidentes como moscas y la gente golpeaba las persianas de los bancos con cacerolas, a Dani lo operaban. Estuvo en reposo absoluto dos meses clavados. Los mismos dos meses que duraban las vacaciones escolares. Como diría el viejo Pepe Biondi: ¡Qué suerte para la desgracia!. Mientras tanto, yo, para atenuar mi complejo de culpa, le llevaba religiosamente los cheques con el sueldo a la casa de los padres.
En diciembre de 2001, la Argentina estalló en mil pedazos y millones de compatriotas vieron volar sus ahorros de toda la vida. Pero Dani, tipo previsor de la ciencia económica, no tenía un peso en el banco. A él le pasaron cosas muchísimo peores en ese diciembre aciago: se ligó una triple fractura de exportación, lo retiraron del fútbol, tuvo que volver a dormir bajo el techo de los viejos y se perdió la fiesta más grande de la historia de la Academia. Para coronar la mufa, se pasó todo el verano enyesado en una cama y le dieron el alta médica, justito, el primer día de clases del ciclo lectivo siguiente.
Así que no me vengan con Cavallo ni con el Fondo Monetario. A Dani lo arruinó un rústico y torpe profesor de historia que no supo distinguir la pelota de una rodilla.
Confieso que fui yo y no el corralito el que transformó ese diciembre de 2001 en el peor diciembre de su vida.
(*) Profesor de historia, vecino de Pilar y columnista de «El 1° de la mañana»



