
Apenas comenzamos el recorrido, la magia del camino de Santiago se fue develando. Con gente de todo el mundo, cada uno con su propia carga pero rumiando el mismo sentir, coincidimos en peregrinar por la ruta que el Apóstol Santiago había andado dos mil años atrás.
El saludo de rigor era ¡Buen camino!, que es como decir buenas tardes o buenos días pero con los pies hinchados. Esa contraseña nos hermanaba, nos hacía sentir parte de ese selecto grupo de cruzados que abrazaría al Apóstol en su tumba.
El recíproco deseo de “buen camino” no solo aliviaba las piernas, sino también el alma, que es a veces la que más se cansa. Caminar a Compostela suponía más un ejercicio espiritual que físico, una verdadera maratón del alma que invitaba a “parar la pelota” y repensarse.
Mi filósofo estoico de cabecera, el emperador romano Marco Aurelio, decía que para meditar no era necesario viajar: alcanzaba con retirarse al interior de uno mismo. Acá disiento con mi influencer emperador: los paisajes de Galicia con sus hórreos y casitas de piedra centenarias, le daban una mística especial a la aventura.
El segundo día de caminata fue realmente agotador. Habíamos partido por la mañana desde el pintoresco pueblo de Portomarín y teníamos como destino llegar por la tarde al poblado gallego de Palas de Rei, después de recorrer unos 25 km bordeando rutas, atravesando bosques y trepando cuestas. No previmos que en esta etapa los paradores eran escasos para un recorrido tan extenso, por lo que la recarga de alimentos no estuvo a la altura de lo que el gasto de energía requería. En criollo, nos cagamos de hambre.
Para peor, lo poco que comimos consistió en un pan con tomate, más duro que una piedra, que venció la resistencia de un arreglo bucal que tenía mi esposa. Después entendimos por qué hay tantos consultorios odontológicos en los pueblos de Galicia: el llamado “pan gallego” hace estragos. Es probable que exista allí un acuerdo, un tongo, una connivencia letal entre panaderos y dentistas.
Entenderán entonces que no llegamos de la mejor manera a Palas de Rei. Mi esposa se derrumbó en la cama del hotel y yo solo atiné a obrar de masajista aplicando una crema con cannabis que para sorpresa de ambos tuvo un efecto casi milagroso. Conclusión: no solo el palo santo merece ese nombre.
Ese día también me tocó oficiar de cocinero. El supermercado que tenía enfrente me proveyó del fiambre y de una especie de pan de viena, blandito, con los que hice mi especialidad: sandwichs. Fuí a lo seguro, nada de comprar empanada gallega. Temía que fuera como el pan y no quería arriesgarme a romper otro diente. Ya no había margen para más desventuras. Mañana sería otro día. Y vaya si lo fue.
Dejamos el hotel muy temprano rumbo a Melide, la capital del pulpo a la gallega. Como todo peregrino que se precie, pasamos a conocer la Iglesia e hicimos sellar nuestra credencial, esa especie de libreta que te piden para acreditar que no sos un chanta y que caminaste de verdad.
A la salida del pueblo, y siempre siguiendo las indicaciones de los típicos monolitos con conchas -no sean mal pensados- y flechas amarillas apuntando a Santiago, nos adentramos en un camino de tierra a cuya vera se levantaba un cementerio.
A mi me gusta parar un momento en esos lugares, pensar en la finitud, en que somos de barro y al barro volvemos. «Memento mori», se me cruzó por la cabeza. Al fin de cuentas, es el único lugar donde la gente no tiene prisa, donde entendés que al final del día todos terminamos igual sin importar cuántas millas acumulaste en la tarjeta.
De repente, mientras yo seguía enfrascado en mis pensamientos, se apareció un hombre. Era un señor mayor, con una edad indefinida que andaría por los 70 largos. Vestía en forma muy sencilla y calzaba unos mocasines gastados, casi deformados por el mal uso. Caminaba medio ladeado el hombre, evidenciando una pronunciada chuequera. Definitivamente, no configuraba el estereotipo del peregrino, con sus vistosas zapatillas de trekking y sus flamantes bastones.
El hombre salió a nuestro encuentro y nos preguntó: “¿No me acompañan a rezar el Rosario?”. Y vieron cómo es la cosa. Por no quedar mal con el de Arriba, y porque el viejo tenía una mirada de esas que no te dejaban decir que no, le dijimos que sí.
Yo pensé: «Bueno, un padrenuestro y seguimos». ¡Qué iluso! El viejo nos arrastró por cinco misterios completitos, con unas letanías que no figuran ni en los manuales del Vaticano. El tipo caminó tres kilómetros a la par nuestra sin quejarse de nada, dándonos una cátedra de esas que te acomodan el alma: nos habló de Dios, de la familia, de la importancia de amar al prójimo, de ser buena gente.
Al detenernos para despedirnos nos sacamos una foto, de esas que después quedan perdidas en la nube. Antes de seguir le pregunté: “Dígame, maestro, ¿cómo se llama usted?”. El hombre me clavó una mirada que me dejó mudo. Me dijo el nombre y, les juro, se nos heló la sangre.
Cuando quisimos reaccionar, el viejo se había esfumado. No estaba atrás de una tumba, no estaba doblando la esquina. Simplemente no estaba más. Se lo había tragado el paisaje. Con mi esposa nos quedamos mudos, mirándonos con esa cara de los que no saben si acaban de ver un milagro o si el pan duro o el cannabis de la crema del día anterior nos había provocado alucinaciones. Como esos tipos de la Biblia, los de Emaús, nos quedamos pensando. “¿No será que el mismísimo Jesús se puso mocasines gastados para sacarnos a pasear un rato y recordarnos nuestra misión en el mundo?”. “¿Habremos caminado con Él y no nos dimos cuenta?”.
Que nuestro providencial y fugaz acompañante se llamara Jesús pudo ser una casualidad.
Pero para mí, fue cosa de Dios.
A veces el de Arriba tiene un sentido del humor maravilloso para decirte las cosas.
(*) Profesor de historia, vecino de Pilar y columnista de «El 1° de la mañana»



