Columnistas

Educación, lo que quedó a la vista cuando bajó el agua

Por Gastón Bivort (*)

Durante todo 2020 y una buena porción de 2021, el gobierno decidió mantener cerradas todas las escuelas  del país. Al comenzar la pandemia y ante la incertidumbre sobre los alcances de la misma, fue quizás una medida acertada. Luego se convirtió en un dogma de fe que había que «militar»: aquellos que sosteníamos que había que buscar alternativas para que niños y adolescentes se vinculen presencialmente con sus docentes y sus pares, éramos tildados de asesinos.

La virtualidad escolar, que había comenzado como algo provisorio, se convirtió en la norma. Cuando se les consultaba a los funcionario acerca de cuando volverían las clases, estos respondían sin dudar: “clases hay”. Sin embargo ninguno decía que los alumnos de las escuelas públicas de las barriadas pobres solo tenían algún intercambio con sus docentes a través de mensajitos de whatsApp. Imposible lograr así aprendizaje alguno. En otras escuelas, mayoritariamente de gestión privada, con alumnos que tenían acceso a una computadora con conectividad, se utilizaron distintos tipos de plataformas que de todos modos nunca pudieron suplir efectivamente el aprendizaje cara a cara. Así y todo, se agigantó la brecha social que ya existía en materia educativa.

Los epidemiólogos que aconsejaron al gobierno mantener las escuelas cerradas, nunca se interesaron por entender la complejidad de una decisión que afectó la organización familiar y la salud mental y emocional de niños y adolescentes. Poco a poco comenzamos a observar la desmotivación del alumnado que se tradujo en cámaras apagadas, discontinuidad en el cumplimiento de las tareas propuestas y  creciente desconexión con el entorno escolar.

Pero recién a mediados de este año, cuando los grupos completos de alumnos volvieron a las aulas, comenzamos a dimensionar los efectos de esta catástrofe educativa, gestada por una decisión del gobierno que obedeció a causas sanitarias al principio, pero de la que se enamoró luego por razones políticas y sindicales. La opinión del impresentable Baradel tuvo siempre un peso decisivo en la continuidad de la medida.

Ese enamoramiento duró hasta que los padres comenzaron a organizarse para exigir la apertura total de las aulas, cosa que finalmente terminó ocurriendo. Antes, las escuelas debieron soportar insólitos y arbitrarios protocolos que la burocracia que supervisa hizo cumplir a rajatabla. Al abrirse las escuelas, y tal como ocurre cuando baja el agua luego de una inundación, el desastre educativo quedó a la vista.

Tal desastre es general pero no uniforme. Si analizamos los efectos en las escuelas públicas, sobre todo en las del conurbano bonaerense, encontraremos los mismos problemas, corregidos y aumentados, que ya existían antes de la pandemia. Hay muchas escuelas en donde actualmente no hay clases regularmente, ya sea por problemas de infraestructura, aunque haya habido un año y medio para resolverlos, y/o porque se han multiplicado las licencias y el  ausentismo docente. Pero el dato más grave de la realidad es que cerca de un millón y medio de alumnos abandonaron la escuela. Antes de la pandemia, el 50% de los alumnos no terminaban el secundario; el cierre de escuelas va a incrementar notablemente esta estadística con su correlato de analfabetismo y pobreza que hoy alcanza al 60% de los niños que viven en el conurbano. Hasta que no se regularice totalmente la concurrencia a clases no hay modo alguno de recuperar los aprendizajes perdidos. Por otro lado, urge adoptar un plan serio y coordinado, que reincorpore al sistema educativo a todos aquellos alumnos que lo abandonaron

En las escuelas de gestión privada se recuperó, en líneas generales, la habitualidad de la concurrencia diaria a clases. También, progresivamente, se fueron recuperando aquellos contenidos que la virtualidad no había permitido afianzar. Pero las secuelas más graves y notorias en este caso, tuvieron que ver con el impacto psicológico y emocional que sufrieron los niños y adolescentes al no contar con su ámbito natural de socialización que es la escuela.

Muchos especialistas en neurociencias o en psicología de niños y adolescentes, nos venían alertando desde el año pasado con lo que nos íbamos a encontrar cuando volviéramos a las aulas. Muchos docentes y directivos, entre los cuales me incluyo, nos reservábamos algunas dudas acerca de si el panorama iba a ser  tan desolador como nos lo pintaban. Debo decir que la realidad superó las predicciones.

Después de prácticamente un año y medio sin clases, muchos chicos perdieron la noción de lo que es ajustarse a una rutina o cumplir una norma. Otros bajaron muchísimo su umbral de tolerancia en la convivencia con sus pares. A algunos les costó recuperar su ritmo habitual de estudio o su capacidad de esforzarse. El daño ocasionado fue enorme.

En charlas con colegas de distintos colegios, surgen como  temas recurrentes las distintas patologías, muchas de ellas severas, que sufrieron y sufren muchos de nuestros niños y adolescentes como consecuencia del aislamiento: depresión, fobias, ataques de pánico y  trastornos alimentarios son moneda corriente entre los estudiantes. No fue gratuito, de allí que la fuerza que movilizó a los padres para reclamar la vuelta a la presencialidad radicara en la frase “Con los chicos no”.

Las soluciones que se encontraron para tal desastre educativo en la provincia de Buenos Aires son por ahora la implementación de un plan de recuperación de contenidos fuera del horario escolar (aunque sería bueno asegurar primero que los chicos tengan clases regularmente dentro de su horario escolar) y una decisión no escrita, pero que es vox populi, de que todos los alumnos vuelvan nuevamente a pasar automáticamente de año.

Mientras tanto, y ante tanto desvarío oficial, las instituciones educativas, directivos y docentes tenemos muchísimo por hacer para recuperar el valor de la escuela. Si algo quedó claro en estos tiempos es su carácter de irreemplazable. También quedó claro que la educación es bastante más que enseñar contenidos, es un soporte fundamental para ayudar a crecer en forma integral a nuestros niños y jóvenes y por añadidura a nuestra sociedad en su conjunto.

Solo la educación nos va a permitir soñar con una sociedad y un país distinto. Apostemos a la educación, ya probamos con la ignorancia y los resultados están a la vista.

(*) Profesor de Historia, Magister en dirección de instituciones educativas, Universidad Austral, vecino de Pilar

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