Columnistas

Fabio Zerpa tenía razón

Por Gastón Bivort (*)

A diferencia de la mayoría de los chicos de su edad, que tenían el cerebro formateado para que entrara una pelota y nada más, Felipe -mi hijo mayor- salió con el software cambiado. Mientras los demás se embarraban las rodillas en una canchita, él se dedicaba a colonizar mundos perdidos con dinosaurios, a memorizar hechizos de Harry Potter o a perderse en el misterio insondable del espacio. Felipe tenía, ya de chiquito, una buena porción de su cerebro dedicada exclusivamente a cosas difíciles de entender para un simple mortal como yo.

Hace muchos años fuimos de vacaciones al pueblo cordobés de Villa General Belgrano, a ese lugar donde uno va a comer salchichas con chucrut y a fingir que entiende de arquitectura alpina. Apenas llegamos, empezamos a devanarnos los sesos pensando en donde llevar a Felipe para matar su aburrimiento. Recordamos que sobre la ruta, a unos 5 km del pueblo, habíamos visto un cartel que decía: “Misterio OVNI: quienes son, de donde y a que vienen”. Y aunque con la turca nunca creímos demasiado en los cuentos sobre platos voladores, allá fuimos, con la intención de estimular, una vez más, la curiosidad de nuestro primogénito.

Entramos al Museo del OVNI al caer la tarde. El cielo estaba raro, con esos nubarrones de tormenta que parece que se te va a caer el mundo encima. Pagamos la entrada y nos metimos en un salón lleno de vitrinas con cachivaches, libros y recortes llenos de polvo. En teoría, eran restos de naves espaciales y pruebas de que los marcianos nos visitan desde la época de las cavernas. Párrafo aparte: siempre se dijo que en esta zona se escondieron alemanes nazis después de la guerra. No eran extraterrestres, está claro, pero humanos del todo tampoco.

Nos recibieron los Hoffman, los dueños del circo. Según su particular teoría, los humanos no fueron creados en la tierra sino que vinieron de afuera. Su aspecto extraño, los ojos saltones como dos huevos duros de la mujer y la forma de hablar, lo confirmaban. Dimos una vuelta y Felipe se frenó ante un amuleto inca con forma de sapo y unos tubos raros en la cabeza. «Los indios no eran así», dictaminó mi hijo. El pequeño genio ya había decidido que el modelo de ese sapo fue un extraterrestre que bajó de un OVNI en el Cuzco.

Cuando ya estábamos por pegar la vuelta, la señora Hoffman se quedó mirando a Felipe en forma intimidante y nos soltó: “Él es un niño índigo”. Nosotros no teníamos la más pálida idea de qué significaba eso, pero nos quedamos petrificados. Inmediatamente, nos pidió que nos quedáramos a una charla que estaba por empezar. Y nosotros, por esa curiosidad morbosa de querer saber qué clase de superpoder tenía nuestro hijo, cometimos el grave error de quedarnos. Siempre, pero siempre, hay que saber retirarse a tiempo.

La charla fue un bodrio atómico. Éramos cuatro gatos locos escuchando hablar de chakras, auras y campos energéticos, todo mezclado con naves espaciales y pirámides. Era una charla sobre fenómenos paranormales que, paradójicamente, no era para normales. Afuera ya era noche cerrada y llovía con globitos: la turca siempre dijo que cuando llueve así es porque hay agua para rato. Yo empecé a impacientarme preguntándome qué carajo hacíamos ahí, mientras miraba de reojo a mi hijo para ver si le empezaban a brotar antenitas verdes.

Cuando terminó el suplicio y quisimos huir, la señora nos paró en seco. “Ustedes no se pueden ir, tengo que hablarles de su hijo índigo”. Y mientras lo decía, el marido -el señor Hoffman- cerró la puerta con llave. Ahí ya no era curiosidad, era miedo. Estábamos en una noche tormentosa en el medio de la nada, con dos locos que, a esa altura, me habían convencido de que eran parientes directos de E.T.

La señora empezó a decir que los chicos como Felipe tienen una inteligencia superior, un aura especial, y que son el próximo paso de la evolución. Ni la abuela lo hubiera elogiado tanto.

Cuando ya creíamos que iban a raptar a Felipe para exponerlo en su museo de cosas raras, la turca -que es mucho más rápida que los marcianos y que yo- empezó a cranear la fuga. Les susurró algo a nuestros hijos más pequeños: les prometió una recompensa si empezaban a portarse como salvajes.

Y funcionó. Por la potencia de los gritos, yo creo que la turca usó algún pellizco estratégico como combustible. Se ve que el llanto de un nene humano es el punto débil de la tecnología alienígena, porque la señora Hoffman se puso nerviosa y el marido abrió la puerta para que no le explotara el tímpano. Nosotros escapamos de ahí como si nos persiguiera la Gestapo espacial.

Huimos de ese encuentro cercano del tercer tipo -o con esos dos tipos- sintiéndonos unos sobrevivientes. Como dice la canción de Calamaro, Fabio Zerpa tenía razón: hay marcianos entre la gente. Marcianos desaprensivos y sin filtro que me confirmaron lo que yo ya sospechaba: que Felipe no había heredado mi inteligencia mediocre de un tipo que solo piensa en el fútbol y el asado. Por suerte para él, era un niño índigo.

 

(*) Profesor de historia, vecino de Pilar y columnista de «El 1° de la mañana»

 

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