
“A fines de agosto me voy”, disparó Paloma. Así, a quemarropa. Lo soltó con una frialdad espantosa, como quien te avisa que ha llegado el recibo de la luz o que mañana va a llover. No hubo ni un mes de preaviso, que es lo mínimo que uno exige cuando te van a echar del trabajo. Ni un grito de “¡agua va!” como el que lanzaban las viejas vecinas antes de inundar las veredas con sus baldes. Nada. Nada de nada.
Lo primero que rescató mi memoria fue el eco de Enrique Muiño y Luis Sandrini en aquella vieja pieza costumbrista de los años treinta, “Así es la vida”. Hay una frase allí que condensa el drama familiar de tres décadas: “Hay que achicar la mesa”. Un enunciado simple que, en realidad, nombra una de las heridas más universales y necesarias: el instante preciso en el que un hijo decide habitar su propio destino y dejar la casa de los padres.
Como analista del dolor propio, yo sabía que este momento llegaría. Negarlo hubiera sido un acto de necedad total. Los hijos —lo sabemos, aunque nos duela— no son propiedad privada de los padres. Nuestra única tarea, la más noble y a la vez la más desgarradora, es alojarlos para luego enseñarles a desplegar las alas. Uno pasa la vida intentando enseñarles a volar y, para colmo de males, los malagradecidos aprenden y vuelan. Ya lo habían hecho los varones. Pipe, el mayor, desafiando la distancia geográfica; Matu, construyendo su independencia no tan lejos de casa.
Pero ahora la que se va es la nena, como en la película de Sandrini. Paloma era el último bastión de una casa que supo albergar a cinco almas. Como en el juego de la oca, volvemos ahora al punto de partida. Es la ley de la vida, nos repetimos para consolarnos. Sin embargo, yo me pregunto con angustia: ¿En qué maldito momento se evaporó el tiempo? Si hasta ayer nomás esta chica lloraba porque no quería ir al colegio…
A los nueve meses ya caminaba. Una precoz absoluta, una beba prodigio que parecía apurada por escapar de mis brazos. Por esos días daban en el cine “La vida es bella”, esa obra maestra de Roberto Benigni que me hizo llorar como un chico. Quedé tan trastornado con la película que le robé la frase al protagonista. Cada mañana, durante toda su infancia, entraba a su cuarto y le decía: “Buongiorno, Principessa”. Ella era mi princesa y yo su súbdito más fiel.
Pero la princesa, que siempre fue una alumna brillante, odiaba el colegio con una pasión admirable. Se aburría, claro. Un amigo de la familia, José Luis, que hacía el trabajo sucio de llevarla al jardín de infantes, tenía que recurrir a la alta diplomacia y a malabarismos ridículos porque Paloma se atrincheraba debajo de la mesa del comedor. No había forma de moverla.
En la primaria asumí yo el calvario de transportarla. Rara vez iba feliz. Yo tenía que ofrecerle el oro y el moro, promesas extravagantes que sabía que no iba a cumplir. Y si lograba meterla al aula, no podía cantar victoria. Paloma era una actriz dramática descomunal, digna de un premio de la Academia. A media mañana inventaba unas dolencias formidables para que fuéramos a rescatarla: dolores de cabeza insoportables, cólicos fulminantes o, mi favorita, una tristeza profunda porque decía que su hermano mayor la maltrataba psicológicamente. Una manipuladora genial.
En el auto, rumbo a lo que ella consideraba una prisión de máxima seguridad, yo me devanaba los sesos pensando cómo cambiarle esa cara de funeral. Le ofrecía juguetes, golosinas, viajes a Disney, pero nada funcionaba. El chantaje material había fracasado. Entonces decidí apelar a la música. En esa época yo tenía un auto con pasacasetes —Wow!— y entonces compré decenas de casetes infantiles para escuchar en el camino. Pero Paloma, implacable como una crítica de arte refinada, les bajaba el pulgar a todos mientras yo cantaba como un idiota esperando un milagro.
Y el milagro ocurrió. De la manera más absurda e inesperada. Apareció una canción que, por alguna razón que desconozco, la hipnotizó. Le cambió el humor por completo. Se llamaba “Señora vaca”. No era una pieza de Mozart, se los aseguro, pero tenía un ritmo pegadizo que todavía yo, veinte años después, sigo tarareando en la ducha.
La escuchábamos en un bucle infinito, de ida y de vuelta. El hit del momento retumbaba en los parlantes: “…Y nos da la leche, el dulce de leche y la manteca que siempre le pongo al pan. También el queso que es tan sano y un yogur para mi hermano…”. Me aprendí la maldita letra mejor que las canciones de la hinchada del Ciclón.
Afortunadamente, Paloma creció sin traumas severos derivados de esa tortura musical cotidiana. Lo único que le quedó fue una adicción severa a la chocolatada: hoy, a los veintisiete años, se toma tres o cuatro tazas diarias religiosamente. Pero gracias a la Señora vaca, Paloma terminó la primaria, sobrevivió a la secundaria y hoy es una bióloga destacada.
De repente, un hecho disruptivo. Un chico. Un ex compañerito del colegio que un día, cuando eran unos niños, le declaró su amor. Paloma le dijo, para quitárselo de encima: “Volvé cuando seas más grande”. Pero el chico creció y creció, se puso guapo y volvió para recordarle la promesa. Y claro, ya se imaginan cómo terminó esta comedia romántica: Paloma aceptó y, haciendo honor a su nombre, desplegó las alas y se largó del nido.
Recuerdo un viejo texto de los libros escolares de mi infancia que se titulaba “Jorge debe a su madre”. Yo he escrito mi propia versión libre, que dedico a todos los padres que me leen. Se llama “Paloma debe a sus padres” (ustedes cambien el nombre).
– Por haberla criado, alimentado y educado: Nada.
– Por haber pasado noches en vela cuidándola cuando volaba de fiebre: Nada.
– Por haberle dado amor, ternura y protección en cantidad: Nada.
Total a pagar: Absolutamente nada.
PD: Haber soportado la canción de la «Señora vaca» durante años en el auto, también está bonificado.
(*) Profesor de historia, vecino de Pilar y columnista de «El 1° de la mañana»



