
Hay dos historias de Casciari que reflejan con maestría su profunda preocupación por lo que él llama la “fragilidad de la paz”. En “A veces es Finlandia” describe la angustia que experimentó cuando creyó haber atropellado a su sobrina con el auto. En “Huéspedes y anfitriones” relata como zafó de un infarto gracias a unos providenciales salvadores que la vida le puso en el camino. En ambos casos, la misma temática: la velocidad infernal con que la paz cotidiana puede alterarse, puede convertirse en tragedia.
No era una mañana especial, era una mañana de noviembre como cualquier otra. La desgracia nunca se anuncia, solo llega.
Como todos los días a esa hora, me estaba terminando de cambiar para ir a dar clases, mientras los chicos apuraban el desayuno para ir a estudiar. Acababa de llegar Isabel, que como todos los jueves, venía a casa a planchar.
Isabel trabajaba en casa desde hacía muchos años. Antes, incluso, lo había hecho en lo de mi suegra. Como muchas mujeres del interior, había abandonado su provincia de muy chica en búsqueda de trabajo y un mejor pasar. Como tantas otras, le tocó ponerse la familia al hombro.
El esfuerzo y la honestidad la distinguían. Trabajaba sin descanso para que a sus hijos no les faltara nada. No negociaba la honestidad. Recuerdo una vez, cuando trajo a su hija de las orejas, para devolver una cadenita que se había llevado un día que vino a acompañarla. Se moría de vergüenza y no sabía como pedir disculpas.
Quería a nuestros hijos casi como a los suyos: ese día aciago, había llegado a casa con un regalito para mi hija que había cumplido quince años. Isabel, era parte de la familia.
Como todos los jueves, antes de empezar a trabajar, tomaba un café y charlaba un rato con la turca. Isabel no era una mujer muy grande, tenía unos sesenta y pico. Sin embargo la vida había sido muy dura con ella, por lo que parecía mayor. Tenía algunos problemas de salud y dificultades para caminar; no obstante, era difícil que faltara.
De pronto, empezó con una tos tenue que se fue acentuando, como si se estuviera ahogando. Fabiana le dio un vaso de agua y la acompañó afuera a sentarse en un banco para que tomara aire. Pero fue en vano, Isabel se desvaneció. Mientras la turca llamaba a la emergencia, con Mateo, intentamos reanimarla. Fue inútil. Isabel no reaccionaba y la ambulancia brillaba por su ausencia. Parece mentira que diez minutos atrás ella estaba por tomar su café y todos nos alistábamos para la rutina de un jueves cualquiera.
Desesperados, intentamos subirla al auto para llevarla al hospital, pero ya era tarde. Mi hijo le tomó el pulso y constató que había fallecido. Como futuro médico que era en ese entonces, jugó su primer partido contra la muerte: le tocó perder. Fue un infarto masivo, supimos después.
La partida de Isabel en casa, fue un hecho traumático, una situación que nos marcó. Nos produjo una tristeza enorme por el desenlace, una bronca gigante por la ambulancia municipal que nunca llegó y el dolor infinito de tener que explicarle a sus hijos que su madre, que había salido a ganarse el mango como todos los días, ya no iba a volver a casa.
La muerte de Isabel me demostró una vez más que la seguridad y la paz son emociones inestables, que pueden mutar. Que la desgracia -como un águila en la noche, dice Casciari en su cuento- puede robarnos todo en un segundo. Que la fragilidad de lo que parece habitual y cotidiano, puede llevarnos de la felicidad a la angustia sin previo aviso, de un momento a otro.
Por eso, consciente que entre la calma y la tormenta hay una delgada frontera, elijo abrazar y valorar cada momento del presente antes de que el destino decida pegar un volantazo.
No olvido que la desgracia está al acecho, agazapada, esperando el momento de quebrar la “fragilidad de la paz”.
(*) Profesor de historia, vecino de Pilar y columnista de «El 1° de la mañana»



