Columnistas

La moneda cayó del lado de la soledad

Por Gastón Bivort (*)

Mi hijo Pipe siempre fue un distinto. Un tipo brillante, un físico atrapado en el cuerpo de un chico sensible, con una cabeza científica que volaba a mil por hora y un apetito cultural que no podía saciar con la chatura asfixiante de Pilar. Así que Pipe, hizo lo que cualquier espíritu refinado y desesperado haría: metió su título bajo el brazo y huyó a Buenos Aires. Quería devorarse la capital, sus teatros, sus librerías, y, por supuesto, trabajar allí, ahorrándose el desgaste del infierno cotidiano del tránsito.

Antes de emprender la fuga, Pipe cometió el tierno y peligroso error de enamorarse. La chica se llamaba Luciana. Vivía en Villa Urquiza, ese barrio de casas bajas donde nació Spinetta y donde el tiempo parece transcurrir con una lentitud casi poética, rota solo por el rugido del subte que te lleva al centro en quince minutos. Luciana lo convenció de que no había mejor lugar en el mundo para empezar de nuevo.

Al principio, Pipe se acomodó solo en un monoambiente miserable, de esos donde cocinás y dormís en el mismo metro cuadrado. Pero la relación prosperó y pronto el noviazgo se consolidó. Los dos crecían profesionalmente, ganaban billetes y la convivencia se volvió un paso inevitable, casi un trámite del deseo. Alquilaron un departamento precioso y luminoso en la calle Bauness. Estaban felices. No tenían la menor idea de que ese lugar, bendecido por la luz de la tarde, se convertiría muy pronto en el escenario de un desamor.

No sé qué demonios pasó entre ellos. Nadie lo sabe del todo. Justo cuando las valijas estaban listas para la mudanza, algo se rompió irremediablemente. Fue como un día de sol radiante que, sin avisar, es demolido por una tormenta de granizo. Cuando nos enteramos del desastre, la turca y yo nos subimos al auto desesperados. Teníamos que ir a Villa Urquiza a contener a Pipe, a rescatarlo del naufragio. Pero Pipe, indómito, quería quedarse con el departamento. Luciana también. El nido de amor se había transformado, en menos de veinticuatro horas, en un brutal campo de batalla.

Subimos las escaleras con el corazón en la boca. Pipe y Luciana estaban ahí. También los padres de ella, que habían venido con el mismo instinto guerrero que nosotros. Ese día los conocimos. Fue debut y despedida. Aquellos que fueron nuestros consuegros mientras no los conocíamos habían pasado a ser nuestros ex consuegros al conocerlos. Una traviesa jugada del destino.

El padre de Luciana era un tipo beligerante, insoportable, que llevaba unos anteojos negros que me recordaban a los matones de la dictadura. El hombre no pensaba ceder un solo milímetro de territorio. Argumentaba, con prepotencia, que su hija se había criado en el barrio y que Villa Urquiza le pertenecía por derecho propio. Yo, que siempre he sido un cobarde irremediable, un pacifista pusilánime que le huye a los gritos, le susurraba a Pipe al oído: «Cedé, por favor, busquemos otro departamento, este tipo nos va a matar».

Pero Pipe es mi hijo y, por ende, es capaz de las mayores genialidades y de los mayores despropósitos. Siendo el tipo más racional y lógico del planeta, decidió entregar su destino a la bajeza del azar. Se tenía una fe desmedida. Como si estuviéramos en un partido de fútbol de potrero decidiendo quién saca del medio, Pipe metió la mano en el bolsillo, sacó una moneda y miró a Luciana. Ella, con la venia tensa y silenciosa de sus padres, aceptó el desafío.

Pipe, que sabía que tenía a los dioses de su lado, le dio ventaja. «Elegí», le dijo. Luciana, con los ojos llenos de una resignación que ya presentía la derrota, murmuró: «cara».

El silencio que siguió fue tenso, casi atroz. El aire se puso espeso, casi que se cortaba con un cuchillo. Pipe lanzó la moneda al aire. El metal brilló bajo los focos del living vacío. Al caer al piso, la maldita moneda rodó de canto, dando vueltas en círculos perfectos, estirando el suspenso de una manera insoportable. Finalmente, se desplomó. Fue ceca. Los dioses, o el demonio que protege a los físicos audaces, le habían dado la razón a Pipe.

Consumado el veredicto de la diosa fortuna, el drama se diluyó en la fría contabilidad del desamor. Pipe sacó unos bollos de dinero que tenía en el bolsillo y le pagó a Luciana la mitad exacta de los electrodomésticos que habían comprado juntos. Nos despedimos con una tristeza educada, sin insultos, sin reproches visibles, pero con el alma rota. Así es el amor cuando se apaga: un inventario de cosas a medias y despedidas incómodas.

Aquel departamento conoció después tiempos mucho más felices y luminosos -Pipe terminó viviendo allí con la mujer que hoy es su esposa-, pero la turca y yo nunca pudimos olvidar la tarde en que la moneda pidió la palabra.

Fue un momento absurdamente dramático, una escena que parecía robada de esa vieja y melancólica canción de Andrés Calamaro que repite, como un mantra, que ella no va a volver, que la pena empieza a crecer y que la moneda, irremediablemente, cayó del lado de la soledad.

 

(*) Profesor de historia, vecino de Pilar y columnista de «El 1° de la mañana»

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