Columnistas

Los kirchneristas y la hipocresía de ciertas pasiones políticas especulativas

Por Carlos Berro Madero (*)

La pasión de algunos kirchneristas para arrojarnos a la cara con violencia su visión de una realidad que rechazan, proviene de su peculiar observación de los objetos que les rodean según el modo que los afecta.

La abanderada de esta postura es la otrora “emperatriz de la nada” Cristina Kirchner, que se deleita emitiendo amargas mini filípicas, ignorando la inutilidad y la falta de decoro de ciertas expresiones furibundas de su parte que han terminado dañándola irremisiblemente por su característica tempestuosa.

Lo que pretende, claramente, es atacar a investigadores y funcionarios públicos que han dejado en evidencia sus tropelías, confirmándola como la quintaesencia de un fraude ideológico fenomenal; y sus espumarajos buscan vengarse de quienes, lejos de haberla ofendido con sus investigaciones –como ella sostiene con ceño fruncido y mirada flamígera-, solo contribuyeron a poner negro sobre blanco la matriz de corrupción más desvergonzada de nuestra historia política reciente. Ese espíritu de venganza ha sucumbido a manos de su cinismo.

Dicen los que la rodearon en épocas de gloria política, que los pugilatos privados que celebraban con el finado Néstor, su esposo, eran cotidianos e insoportables para quienes debían presenciarlos sin poder hacer nada para detenerlos; pero como el dinero mal habido se repartía a manos llenas entre subordinados, éstos se encogían de hombros y miraban para otro lado.

El objetivo actual de Cristina es provocar un sentimiento popular de “igualdad” respecto de delitos cometidos eventualmente por sus adversarios en circunstancias semejantes a las suyas, sin comprender que la magnitud de los suyos y de su marido no tiene parangón alguno.

Decía Balmes que “el hombre emplea la hipocresía para engañarse a sí mismo, más que para engañar a los demás”; por lo que solo para eso sirven los discursos sofísticos de una aspirante al bronce de la historia, que deberá conformarse con los sinsabores de su prontuario policial.

Este asunto nos trae a colación otros períodos de la historia del general Perón, que en el ocaso de su vida descargaba artillería gruesa sobre los eventuales pecados de sus adversarios, mediante discursos incendiarios, como un intento de ocultar un elefante en medio de una manada de los mismos.

Hay cualidades comunes a todas las personas, aunque tomen un carácter particular en cada uno de ellos. En el caso de la condenada Fernández, ésta trata de reavivar el tono “imperial” de sus diatribas sin reconocer su peor defecto: una ineficiencia proverbial: la misma que la elevó, más que ninguna otra circunstancia, a la categoría de “ignorante discursiva”. A buen entendedor, pocas palabras.

 

(*) Escribano, escritor

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