
Hay “crímenes” que no se juzgan en los tribunales, sino en la mesa del comedor de los domingos. En una época donde el mandato familiar pesaba como plomo sobre nuestras decisiones, y en una casa donde las leyes eran el único idioma aceptado, elegir una profesión distinta a la de abogado fue, casi, como cometer un delito.
Por eso, el día que me paré frente al tribunal familiar y declaré que mi felicidad no estaba en el código civil, sino en un aula de secundaria explicando la Revolución de mayo, el silencio fue absoluto. El veredicto de mis padres fue unánime: era culpable. Culpable de traición al legado y, sobre todo, culpable de querer ser profesor y no precisamente de derecho.
Pero yo no me sentía culpable. No tenía la culpa por no haber heredado el amor por los litigios o por querer entender el mundo buscando respuestas en el pasado y no en un juzgado. Tenía, en ese entonces, veinte años, y todo el futuro por delante para demostrar mi inocencia.
Recuerdo que al terminar el secundario eran muchas las inquietudes que sobrevolaban mi cabeza. Las letras, la historia, la política y el deporte daban vuelta a mi alrededor pero yo, cobarde y obediente como un caballo con anteojeras, me convencí que no había otra opción: tenía que abrazar la profesión de mis padres. “Serás lo que debas ser” -me dije a mi mismo. O sea, abogado.
Así que entré a la facultad de derecho de la UBA en 1983. ¡Qué año ese!. El mismo año que recuperamos la democracia, que hice el servicio militar y que me puse de novio con la turca.
Fue también, el último año en el que hubo que rendir un examen, antes de que el ingreso se volviera irrestricto. Lo pasé casi sin sufrir, contestando preguntas de historia y filosofía. De derecho, casi nada. ¡Qué ironía!.
Durante dos años caminé por los pasillos de ese templo grecorromano, frío y monumental, de la avenida Figueroa Alcorta. Era el lugar sagrado donde mis padres se habían conocido, donde se habían enamorado, donde habían diseñado el libreto de sus vidas y de la mía. Además, para ese entonces, yo ya trabajaba, sin hacerme demasiadas preguntas, en el estudio jurídico de la familia. Todo estaba fríamente calculado. No había espacio para el error.
Pero la procesión iba por dentro, siempre va por dentro. Cada mañana, subido al tren San Martín que me arrastraba desde Pilar hasta Palermo, o apretado en el colectivo 67, miraba por la ventana y rumiaba mi desgracia. Me estaba replanteando la vida entera. Una revolución silenciosa, lenta y feroz se gestaba en mi cabeza.
Al final, en 1985, pateé el tablero. Había aprobado tres aburridas materias -Derecho Romano, Introducción al Derecho y Economía Política – cuando decidí tirar la bomba atómica. Les dije que no quería saber nada con los tribunales, que cambiaba los Códigos por los libros de historia y los juzgados por los pizarrones.
Fue un momento espantoso. Una escena de una tensión que todavía hoy, tantos años después, me eriza la piel. Mis padres se enojaron. Se sintieron estafados. No los juzgo, de verdad que no. Ellos tenían la ilusión de que su hijo mayor continuara con el legado familiar, con el apellido en el bronce de la puerta del estudio. Cuando les confesé que iba a ser profesor, el contraataque fue brutal, despiadado: “Te vas a morir de hambre”, me dijeron. Esa frase quedó flotando en mi cabeza durante años, como una maldición gitana. Tampoco los juzgo por eso; ellos creían que la seguridad económica estaba en las paredes de su tradicional estudio frente a la plaza.
Hoy, que ya juego en el tiempo de descuento de la vida, miro hacia atrás y sonrío. Siento una enorme, una deliciosa satisfacción. Durante más de tres décadas me entregué en cuerpo y alma a la docencia, encontré en ella mi vocación. Me convertí en una mejor persona, ayudé a cientos de adolescentes a encender el cerebro y el espíritu, y a mi familia, hay que decirlo, nunca, jamás, le faltó nada. Aquí están mis pruebas, Su Señoría. Este es mi alegato de inocencia.
Pero lo mayor ironía del destino, la gran y extraordinaria paradoja, es que dos de mis hermanos menores sí obedecieron. Siguieron el mandato al pie de la letra, se quemaron las pestañas y se recibieron de abogados. ¿Y saben qué? Ninguno ejerce en la actualidad. Se cansaron, se aburrieron, mandaron todo al diablo y buscaron otros rumbos.
Al final, el oveja negra, el rebelde, el descarriado de la familia resultó ser un visionario. Hoy, del viejo estudio de mis padres, frente a la plaza de Pilar, queda solo el recuerdo. La otra puerta verde, la de Hipólito Yrigoyen 677, también se cerró para siempre.
(*) Profesor de historia, vecino de Pilar y columnista de «El 1° de la mañana»



