
No era la primera vez que la veía, por supuesto. En realidad, yo ya había sido un intruso en su fiesta de quince años. Un colado profesional, como se estilaba en los años ochenta en un pueblo chico y predecible como Pilar.
En esa época la vida era más simple: no necesitabas que te enviaran la ubicación por una pantalla de celular; bastaba que alguien hiciera correr la bolilla, el chisme, el rumor clandestino, y allí aparecíamos todos, hambrientos de fiesta ajena, listos para devorarnos los sándwiches de miga que no nos correspondían.
Después me la volví a cruzar en algún otro quince o en esos «asaltos» que organizábamos en los livings de las casas. Pilar tenía sus códigos no escritos. Los sábados era rarísimo que se superpusieran dos jodas para los pibes de nuestra edad; había una especie de fixture invisible que ordenaba los fines de semana. Así que, tarde o temprano, estabas condenado a encontrarte con los mismos de siempre.
Pero la Turca era otra cosa. A mí me parecía una chica hermosa, pero de esas que habitaban un escalón al que uno no tenía permitido subir. Pertenecía a esa pequeña elite del uniforme bordó del colegio de Monjas, que en ese entonces era lo más cheto de la zona. Esas chicas jugaban en otra liga: solo miraban a los pibes del Verbo, el otro colegio tradicional del pueblo. Los noviazgos cruzados entre ambos colegios eran un clásico. Las malas lenguas aseguraban que la endogamia no se limitaba a los alumnos. Se decía, con un morbo delicioso, que las monjas y los curas compartían algo más que la fe, y que un túnel subterráneo y muy transitado cruzaba por debajo de la Panamericana para conectar ambos edificios. Para los ojos de un pibe, la teoría tenía una lógica impecable: los grandes secretos necesitan esconderse bajo tierra para esquivar el chisme de los vecinos.
Ante semejante escenario, ¿qué posibilidades tenía? Ninguna. Yo era un simple alumno del colegio Oficial de Pilar. Mi padre, un hombre de principios severos, repetía como un mantra que si la escuela no era pública, no era escuela. Así que yo estaba condenado a la periferia del deseo. El más feo del Verbo Divino, el más torpe, el que más se pareciera al «Petiso Orejudo», tenía infinitamente más chances con la Turca que yo.
Pero por suerte la vida a veces baraja de nuevo. Cuando terminás el secundario, el colegio a donde fuiste se vuelve parte del pasado, una simple anécdota archivada. En el 83 yo andaba medio de contramano: arrastrando los pies en el servicio militar y quemándome las pestañas para entrar a Derecho. No tenía tiempo para andar paveando. Pero un sábado de agosto de ese año, cuando yo no esperaba absolutamente nada, el destino me tiró un centro a la cabeza.
No me pregunten por qué, pero esa noche crucé a lo de los Chanteiro, los vecinos de enfrente. Toqué el timbre y me hicieron pasar al comedor con esa confianza de antes. En la mesa estaban Patricia, la hija de la casa, la Turca y su hermana mayor. Hacía un siglo que no me la cruzaba. Pero juro, por lo más sagrado, que en ese preciso segundo sentí algo acá adentro, una certeza fulminante que me sacudió el pecho: Es ella, flaco. No busques más.
Su pelo lacio y negro, coronado por un flequillo rebelde atravesado por un mechón blanco, me movió la estantería. Sus ojos pícaros, sus curvas peligrosas que yo intentaba adivinar debajo de su tapado de piel, y esos comentarios simpáticos y filosos con los que empezó a hablarme, me volaron la cabeza por completo.
Entonces, ocurrió la metamorfosis. Yo, que siempre había sido un tipo serio, tímido, casi un espectro retraído, me descubrí de pronto dueño de una verborragia y un humor que desconocía.
Entre risas y confesiones, las chicas me contaron su plan: esa noche irían a «Sirrosis», el boliche de moda en la calle Lorenzo López. Nos despedimos. Me quedé con ganas de más pero con un dato de oro: la Turca frecuentaba Sirrosis. El problema, mi gran tragedia griega, era que el sábado siguiente me tocaba hacer guardia en el cuartel. Tuve que quedarme «adentro», tachando los días con la desesperación de un preso. Yo estaba convencido que la Turca me había tirado onda. Nunca antes -pese a mis escasos y torpes antecedentes amorosos- había sentido este terremoto en el pecho.
El sábado 14 de agosto, tras cenar en silencio, les anuncié a mis viejos que me iba al boliche. Me miraron con extrañeza; no era de salir mucho. La verdad es que yo también estaba sorprendido de mi propia audacia. El boliche no era mi hábitat natural, odiaba esos lugares. Siempre fui un patadura insufrible para el baile, detestaba tener que hablar a los gritos para hacerme entender y, para colmo de males, regresar a casa apestando a cigarrillo ajeno me resultaba intolerable. Pero esa noche, la iba a buscar.
Mi único drama era que carecía por completo de una estrategia de seducción. No tenía «chamuyo». Pero ella, con una generosidad maravillosa, me resolvió la vida sin saberlo. O quizás sabiéndolo perfectamente, apiadándose de mi timidez patológica. Al verla, me acerqué y le pregunté cómo estaba. Ella entendió lo que quiso, o lo que le convino. Me dijo que «sí» con una sonrisa y me arrastró directamente a la pista de baile. Creyó que la estaba invitando a bailar. Yo no la contradije, faltaba más. El primer paso estaba dado.
Ahora quedaba lo más difícil: «tirármele», declararme, ejecutar el abordaje romántico. Pero para eso había que esperar el momento sagrado de la noche: los lentos.
Y entonces sonó Neil Diamond. Mientras la melodía de September Morn flotaba en el aire denso del boliche, nos pusimos de novios. Hoy, tantos años después, esas estrofas en inglés siguen resonando en mi memoria: Stay for just a while… stay and let me look at you…
Teníamos apenas dieciocho años, éramos unos pibes. Aquel noviazgo fue largo y luminoso: duró prácticamente todo el gobierno de Alfonsín.
Por aquellos años, don Ricardo repetía en las plazas que con la democracia se come, se cura y se educa. Tenía razón el viejo. Pero se quedó corto.
Con la democracia, también, se ama.
(*) Profesor de historia, vecino de Pilar y columnista de «El 1° de la mañana»



