
De las lecturas que marcaron mi infancia, los “Cuentos de la selva” de Horacio Quiroga, estuvieron entre mis preferidos. “La tortuga gigante”,“Las medias de los flamencos”, “La guerra de los yacarés” y demás relatos, trasladaban mis fantasías a la selva misionera. Cuando yo era chico, el escritor uruguayo era el tipo que me abría la puerta de una dimensión desconocida.
Esa tierra roja de Misiones se me quedó pegada en la nuca como una obsesión, y cada vez que piso la provincia siento que en cualquier momento me va a saludar una tortuga gigante o que los flamencos me van a pedir las medias. Cuando conocí la casa que el escritor había levantado en el medio del monte, a la vera del Paraná, entendí todo: el entorno que Quiroga había elegido para vivir le dictaba sus historias.
Esta introducción viene a cuento de un nuevo llamado de la selva al que acudí presuroso el fin de semana pasado, acompañado de la turca y de mi hija Paloma. La que no escuchó el llamado fue Flybondi, esa aerolínea barata que funciona peor que un colectivo del conurbano a las tres de la mañana. Debe estar sorda, ya que nos canceló el vuelo dos días antes de la partida. Hubo que recurrir entonces a la nunca bien ponderada Aerolíneas argentinas, que siempre te hace la gauchada -sin precios de gauchada- de llevarte a cualquier punto del país. Una vez más se confirmó el viejo axioma de que lo barato sale caro.
Las otras veces que visité Misiones en auto, solo había recorrido la ruta 12. Lo que veía a mi derecha, camino a Iguazú, me resultaba fascinante. La espesura de la selva y las serranías circundantes generaban en mí un efecto casi hipnótico. Algún día -me decía- me voy a meter ahí dentro.
Y finalmente ocurrió. Hubo dos excusas perfectas para hacerlo: conocer los famosos saltos del Moconá, uno de los pendientes que veníamos postergando, y participar de una carrera de trail running en El Soberbio, a orillas del río Uruguay, en la frontera con Brasil. No solo iba a conocer esa región misionera que me despertaba tanta curiosidad, sino que también iba a transpirar en la selva. Bingo. Un plan soñado.
Llegamos al aeropuerto de Posadas y luego de una breve estadía en la capital provincial, alquilamos un auto para viajar hasta El Soberbio. Por fin iba a conocer esos lugares casi inhóspitos, sacados de los cuentos de Quiroga, con los que había fantaseado desde niño.
El camino a El Soberbio me pareció, valga la redundancia y la falta de creatividad, soberbio. Una verdadera montaña rusa de asfalto y verde. Fueron 230 km de subidas, bajadas, curvas, contracurvas y selva. Siempre selva. Disfruté mucho del paisaje mientras me amigaba con la caja automática del coche.
Llegamos a El Soberbio a la hora de la siesta. Es la hora, según la mitología guaraní, que el Pombero, un extraño hombrecito feo, petiso y peludo, sale a hacer de las suyas. Quizás por eso, en la calle no había quedado ni el loro.
Luego de dejar el equipaje en la cabaña, fuimos a almorzar. Un párrafo aparte para las comidas: por sus precios, llegué a la conclusión de que Misiones se independizó o en Buenos Aires nos están afanando mal.
Priorizamos comer lo típico: el mbejú, la chipá, la mandioca frita y hasta la sopa paraguaya (la sopa que no es una sopa), fueron parte de nuestra dieta. ¿Y el pescado de río? Se los debo. Al lado del Uruguay no pudimos dar con un solo lugar que nos ofreciera surubí. Tan raro como si faltara cordero en un restaurante patagónico.
Luego de comer, hicimos un reconocimiento de la hermosa costanera del pueblo cuyo río oficia de frontera. Durante ese breve paseo, la turca, que tiene un radar especial para detectar donde gastar plata, vio un cartel que ofrecía yerba, té, aceite de citronella y otros productos de la zona.
Así conocimos la historia de Guadalupe, una joven que un día decidió dejar la comodidad de su San Pedro natal (la ciudad de Mónica y César) para encontrar su lugar en el mundo en la selva misionera. Hoy vive con austeridad, recogiendo de su chacra lo que le provee la naturaleza (paltas, palmitos y frutas tropicales) y ofreciendo a los pocos turistas que se acercan, algunos productos de agricultores de la zona. Guadalupe encontró su propio ritmo mientras disfruta de su platea preferencial con vista al río. Cambió la ensaimada por chipá. Una genia.
El día sábado tomamos, la ruta 2, la llamada ruta de la selva, y nos fuimos hasta los saltos del Moconá. Esta atracción natural, la poco promocionada hermana menor de las cataratas, es tan fascinante como su hermana mayor. La gran diferencia es que en Iguazú la ducha te cae de frente pero en Moconá te viene del costado. Casi 3 km de ducha que cae desde el nivel superior del río a un nivel inferior por donde navegamos. Hace años, una falla geológica dividió transversalmente al río Uruguay, como si se hubiera partido al medio. Realmente impresionante.
Pero el plato fuerte era la carrera: «Esencia Salvaje» la llamaron. Nada de glamour patagónico, pura garra guaraní. La carrera se convirtió ese domingo en el gran acontecimiento de un pueblo donde casi nunca pasa nada. Yo me anoté en los 24k y la turca con Paloma en los 8k. Sí, leyeron bien: la turca. La mujer que juró sobre la Biblia que nunca iba a correr, ahí estaba, a los 60 años, lista para su debut y despedida.
La carrera fue un infierno de barro y lluvia. Trepadas interminables, bajadas a zanjones haciendo culipatin y subidas agarrados de una soga. Hubo que caminar por arroyos pedregosos y resbaladizos y subir cascadas gateando. Había que ir con cuidado si querías dejar la selva y volver entero a la civilización. Como dicen por acá, “Misiones no es para amarillentos”.
Luego de casi cuatro horas llegué a la meta. Tenía los gemelos como piedras pero estaba feliz por haber superado una prueba que desafió mis límites. Había priorizado salvar mi integridad física y por suerte lo logré, incluso trepando con las manos para salir de un zanjón arcilloso del que solo se podía escapar con la ayuda de una soga. El buena onda del corredor que me precedió la dejó arriba; es de los que no te tiran una soga cuando la necesitás. No sé si hizo podio, pero el fair play no lo ganó seguro.
Mi alegría final no radicó en terminar cuarto -éramos cuatro en la categoría- sino en pertenecer a ese selecto cuarteto de sesentones que como Tarzán, nos convertimos en providenciales reyes de la selva.
Chapó para Nancy, mi amiga y compañera del running team de Pilar, quién luego de dejar atrás una lesión que la tenía a maltraer, coronó su esfuerzo con un merecidísimo podio.
Pero sé que a ustedes no les interesa demasiado conocer mi performance ni la de Nancy. Quieren saber como le fue a la turca, los entiendo. La carrera de la turca fue un éxito. Hizo sus 8 k corricaminando. Jamás pensó en abandonar. Fueron juntas con Paloma escoltadas por Carlos, su nuevo amigo misionero que era el encargado de cerrar los 8 k de Esencia salvaje. Carlos se convirtió en el fotógrafo personal de Paloma y la turca. Les hizo un verdadero book posando en lugares de ensueño.
Al llegar a la meta, la turca recibió orgullosa su medalla finisher y tuvo la foto de rigor. Todos los recuerdos de su aventura ya son virales en las redes, para sorpresa de los incrédulos. Es más, salió sexta en su categoría. Tres sesentonas que hubieran defeccionado y la turca habría tenido un trofeo en la repisa. Hubiera sido el corolario perfecto para esta historia.
Volvimos a Posadas con el alma llena de selva, pero con una duda existencial. En todo el viaje no vimos ni un bicho. Ni un monito, ni un tucán, nada. ¿Dónde habían quedado las tortugas, los flamencos y los yacarés de los cuentos de Quiroga?. En mi barrio, en Villa Rosa, he visto más animales que en la biósfera de Yabotí.
Me quedé con la certeza de que hoy a Horacio Quiroga le costaría un poco más escribir sus cuentos. Le faltaría inspiración.
En cambio, mirando desde la ventana de mi casa, quizás yo me atrevería a escribir. Las liebres, los zorros, los búhos, los lagartos overos y hasta el puma que dicen haber avistado hace poco, serían los protagonistas de mis cuentos.
(*) Profesor de historia, vecino de Pilar y columnista de «El 1° de la mañana»



