
El Presidente ha sido claro —y hasta provocador— en su diagnóstico: ganar la batalla cultural es más importante que cualquier decimal en la macroeconomía. No es una frase menor. Implica reconocer que los números, aun cuando ordenen el presente, no garantizan el futuro. Que el verdadero terreno donde se define la estabilidad de un país no está en el Excel del ministro de Economía, sino en la cabeza de sus ciudadanos.
Sin embargo, ahí mismo —en ese terreno que el propio Gobierno considera decisivo— es donde menos se está haciendo.
Porque si la batalla cultural es, en esencia, una disputa por el sentido común de una sociedad, entonces resulta incomprensible que no exista —al menos de manera pública y sistemática— un solo proyecto orientado a revisar, reformar o directamente desmantelar los programas educativos que, durante más de un siglo, moldearon generaciones enteras bajo una lógica Estado-céntrica.
La Argentina no llegó hasta acá por accidente. Durante décadas, la educación —desde la primaria hasta la universidad— ha inculcado una idea persistente: que el Estado es el actor principal, el garante último, el responsable final de prácticamente todo lo que ocurre en la vida social. No es un sesgo menor; es una cosmovisión completa. Una forma de entender el mundo que desplaza al individuo del centro de la escena y lo convierte, en el mejor de los casos, en un sujeto asistido.
Si se acepta ese diagnóstico —y el Gobierno parece aceptarlo—, entonces la ausencia de reformas estructurales en los contenidos educativos no es un detalle: es una contradicción.
No hay noticias de cambios profundos en los programas de estudio. No se conocen iniciativas destinadas a formar ciudadanos bajo la premisa de que el poder del Estado debe ser limitado, vigilado y, en principio, sospechado. Tampoco hay evidencia de una reorientación pedagógica que ponga en el centro la iniciativa privada, la responsabilidad individual o la noción —tan ajena a la cultura política argentina— de que la mejora de la propia condición depende, antes que nada, de una decisión personal sostenida en el tiempo. Y, sin embargo, esos son los cimientos de cualquier transformación cultural genuina.
Porque no hay motosierra que alcance si del otro lado persiste una sociedad que no ha sido preparada para vivir sin el andamiaje estatal. No hay ajuste que resista si los ciudadanos no han sido formados en la idea de que su destino no depende de una resolución administrativa, sino de su propia capacidad de enfrentar desafíos, asumir riesgos y crear valor. En ese vacío conceptual se esconde, quizás, el mayor riesgo del actual proceso.
Si la reducción del Estado no viene acompañada de una reconstrucción cultural que explique —y legitime— ese retiro, lo que puede emerger no es una sociedad más libre, sino una reacción defensiva. Una rebelión contra la intemperie. Un reclamo renovado —y probablemente más agresivo— por la vuelta del mismo Estado que se intenta achicar. No por convicción ideológica, sino por pura falta de herramientas.
Porque nadie defiende lo que no entiende. Y nadie puede sostener un modelo basado en la responsabilidad individual si nunca fue educado para ejercerla.
La paradoja es evidente: mientras el Gobierno concentra su energía en desarmar el aparato estatal, deja intacto el sistema que, año tras año, produce ciudadanos predispuestos a reclamar su existencia. Es como intentar vaciar el mar sin cerrar el grifo.
La batalla cultural, entonces, corre el riesgo de convertirse en una consigna sin correlato. En un eslogan eficaz pero vacío. O, peor aún, en una oportunidad histórica desperdiciada.
Porque pocas veces un gobierno tuvo —al mismo tiempo— el diagnóstico, la legitimidad y el contexto para cuestionar de raíz los supuestos que estructuran la vida pública argentina. Pero las oportunidades no son eternas.
Y si no se actúa sobre los cimientos —sobre la educación, sobre la formación de las ideas, sobre el modo en que una sociedad se piensa a sí misma—, todo lo demás será transitorio. Incluso el éxito económico.
La historia argentina ya ha demostrado que los números pueden mejorar. Lo que nunca cambia, si no se lo enfrenta directamente, es la matriz cultural que los termina arruinando.
Ahí es donde se juega todo. Y, por ahora, es ahí donde no se está jugando nada.
(*) Periodista de actualidad, economía y política. Editorialista. Abogado, profesor de Derecho Constitucional. Escritor



