Columnistas

Dieciséis mundiales y algunas estrellas

Por Gastón Bivort (*)

Dicen, con justa razón, que la vida no es más que esa incómoda distracción que ocurre entre un mundial de fútbol y el siguiente. En un país tan devoto, tan exagerado y tan deliciosamente desquiciado como el nuestro, donde el fútbol es siempre la cosa más importante de las menos importantes, la rutina se congela cada cuatro años. Es un momento sagrado donde paramos la pelota mientras otros tipos -vaya paradoja- la hacen correr sobre el césped.

Los mundiales ocurren cada cuatro años, exactamente como los 29 de febrero. Pero seamos sinceros: nadie tiene la menor idea en qué año cayó el último año bisiesto. En cambio, todos, absolutamente todos, recordamos con precisión quirúrgica el año, el país y la crisis existencial en la que estábamos sumergidos mientras se jugaba cada fiesta del fútbol. Hay gente que mide la vida en años; yo prefiero medir la existencia en mundiales.

Cuando termine este, voy a tener dieciséis mundiales encima. Viví quince de ellos entre el lejano 1966 y el glorioso 2022, y espero cumplir mis dulces dieciséis este domingo, si es que este corazón mío, ya un poco agujereado, resiste los embates de la emoción.

Como pasa con la infancia real, me acuerdo muy poco de mis dos primeros mundiales. Lo que sé de ellos ya no sé si lo viví, si lo vi en la tele o si me lo inoculó mi viejo en los almuerzos de los domingos. El desplante de Rattín en el 66, sentándose sin permiso en la alfombra roja de la Reina de Inglaterra, y el tremendo trauma de quedar afuera contra Perú para México 70 son apenas fogonazos borrosos en mi cabeza. En cambio, me acuerdo patente de haber visto la llegada del hombre a la luna tirado en el piso de la casa de mis abuelos. Tengo la teoría de que ese recuerdo quedó fijo porque la luna, vista desde mi ingenuidad infantil, se parecía demasiado a una pelota de fútbol.

Para el Mundial del 74 yo ya me creía un tipo grande: tenía casi diez años. Me acuerdo de mirar los partidos con mi viejo en la casa nueva de la calle Alsina. Nos poníamos frente a ese televisor de veinte pulgadas, blanco y negro, que descansaba en la repisa del comedor diario. El equipo arrancó ilusionando a todos y después se cayó a pedazos por completo; terminó siendo una metáfora perfecta y dolorosa de lo que le iba a pasar a la Argentina en los años setenta.

El 78 fue otra cosa, fue una fiesta ajena al horror que descubrimos más tarde. Los pibes como yo recién arrancábamos el secundario y estábamos en esa edad de la inocencia absoluta donde no leés entre líneas, donde no sospechás nada. Solo disfrutábamos de los triunfos del equipo del Flaco Menotti y de los goles del matador Kempes. Jamás me voy a olvidar del domingo de la final, el 25 de junio. Era el cumpleaños de mi viejo. Fuimos a comer afuera, a “La Tregua”, y después corrimos a sufrir frente a la pantalla: la primer estrella la ganamos en casa. Cuando terminó el partido, pasó lo impensado: el viejo, que era un tipo severo y de pocas concesiones, nos miró y nos dio permiso para faltar a la escuela al día siguiente. Ese fue nuestro verdadero campeonato.

Al mundial del 82 no le tengo ningún cariño. Es más, hasta el día de hoy sostengo, con un toque de amargura, que jamás debimos haber ido a España. Yo tenía diecisiete años y una empatía dolorosa con esos chicos que, con apenas un año más que yo, estaban dejando la vida y la juventud en las Malvinas. No me cabía en la cabeza -me parecía una frivolidad imperdonable- que al día siguiente de la rendición, la gente cambiara el foco de su atención con la misma ligereza con la que se hace zapping en la televisión. Ese mundial de España fue para el olvido.

Ahora, si me preguntan cuál fue el que más disfruté, les digo sin dudar que fue el del 86. Esa segunda estrella la viví codo a codo con el Tata. Él fue el que me avivó y me enseñó lo que valía Maradona, mucho antes de que el Diego les pintara la cara a los ingleses. Unos años después, el Tata se nos fue sin sospechar que iba a aparecer Leo, otro enano genial con la misma varita mágica en su pierna izquierda, que cuarenta años después volvería a humillar a los inventores del fútbol. Para ese año 86 el país respiraba libertad, yo andaba lidiando con los apuntes del profesorado y la turca ya formaba parte del paisaje de mis días.

El de 1990 fue otro mundial de antología. El de las notti magiche italianas, el del golazo de Caniggia a los brasileños tras el célebre y tramposo bidonazo a Branco, el de los penales milagrosos de Goyco y las gloriosas puteadas del Diego a los italianos que osaron chiflar nuestro himno. Fue un analgésico necesario en medio de tanta malaria colectiva. La hiper de 1989 había dejado a medio país en la lona, pero no quedaba otra que remarla: estaba por nacer nuestro primer hijo.

A partir de 1994, coincidiendo con la decadencia de Maradona y del país todo, los mundiales pasaron a ser heridas abiertas que nunca terminaron de cicatrizar. No solo le cortaron las piernas al Diego; nos las cortaron a millones de argentinos que fuimos perdiendo el entusiamo y la pasión. Por suerte, la increíble Scaloneta liderada por Leo, recuperó la mística y nos devolvió la esperanza. La estrella volvió a brillar por tercera vez en el mundial de Qatar. En este, mi mundial dieciséis, no he parado de emocionarme. Quizás porque estos muchachos juegan con el corazón en la mano o porque la edad me ha vuelto más sensible, esta selección no ha dejado de arrancarme lágrimas.

En el medio de todo este inventario de goles y tristezas, nos fue pasando la vida. Mis hijos, casi por un capricho del destino, nacieron o fueron concebidos con la misma precisión cronológica de los mundiales: cada cuatro años. A cada uno le tocó su propia copa: a Felipe, Italia 90; a Mateo, USA 94; y a Paloma, Francia 98. Mi madre ya va por su mundial número veintiuno -una hazaña tremenda si consideramos que no hubo fútbol entre 1938 y 1950 por culpa de la guerra- y mi padre, en cambio, apenas llegó a los quince. Los mismos que tengo yo hasta hoy.

No tengo la menor idea de cómo terminará la final de esta tarde, pero estoy seguro que, una vez más, el mundial nos dejará su marca imborrable, su pequeña cicatriz en la memoria. Para los que todavía tenemos la romántica locura de creer que la vida se cuenta en mundiales, solo me queda desearles que lo cumplan muy feliz y que junto a las velitas que cada uno ponga en su torta mundialista, puedan brillar cuatro estrellas.

 

(*) Profesor de historia, vecino de Pilar y columnista de «El 1° de la mañana»

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