
Mi abuelo, el Tata, pertenecía a una estirpe en extinción: la de los hombres que se forjaron con la mística de los viejos westerns de Hollywood. Para él, aquellas tardes de sábado no eran un simple pasatiempo; eran un ritual sagrado, un tratado moral sobre el desierto, la justicia y los hombres íntegros. Cuando no iba de pesca, se atrincheraba en el sillón con la mirada clavada en el viejo Canal Once. Lala le cebaba mates amargos mientras él devoraba las funciones de Sábados de Súper Acción, aquel ciclo que terminó siendo de culto para una generación que todavía creía en héroes de una sola pieza.
Yo era un chico y me resistía a ese universo de llanuras y revólveres, incapaz de descifrar lo que el viejo buscaba en la pantalla. Sin embargo, algo de aquellas tardes se me quedó grabado a fuego en la memoria: la devoción casi religiosa que el Tata sentía por John Wayne.
Tardé media vida en comprender el misterio de esa fascinación. Wayne no era solo un actor, era el prototipo exacto del coraje seco, sin alardes. El tipo manejaba la pistola como si fuera la continuidad de su mano. Tenía esa estampa de hombre sin dobleces, con una sonrisa de soslayo bajo el ala del sombrero y una quietud magnética que precede a la tormenta. Wayne encarnaba la paz de los fuertes, pero cuidado: si cruzabas la línea, si te metías con los suyos o escupías sobre sus valores, la piedad se terminaba en el acto. Era mejor no haber nacido.
En el año 85, tras descubrir con cierto espanto que yo era un abogado fallido, un perfecto inútil para las leyes, el Tata se compadeció de mí y me ofreció un lugar en su farmacia. Mientras intentaba reinventarme como un improbable estudiante de historia y buscaba un empleo más estable, acepté el trabajo.
Cruzar esa puerta giratoria fue, para mí, ingresar al set de filmación de una verdad tardía. Allí descubrí que el verdadero John Wayne, el de carne y hueso, no vivía en Hollywood; atendía detrás de un mostrador de mármol.
El Tata llegaba a la farmacia con su gorrita ladeada y a veces —solo cuando el humor se lo permitía— con una sonrisa. Se desvivía por sus clientes. Los escuchaba con una paciencia infinita mientras ellos le desnudaban sus dolencias, sus achaques y sus penas más íntimas, esperando esa receta magistral que les devolviera la vida. El viejo no tenía un diploma universitario, era apenas Idóneo, pero el pueblo lo llamaba «Doctor» con una reverencia que ningún título académico puede comprar. En ese territorio regía su propia ley.
Muchas veces fui testigo de escenas verdaderamente conmovedoras. El Tata miraba a un cliente empobrecido, le entregaba el remedio y le decía que se lo llevara gratis, que ya lo pagaría cuando pudiese. Y la gente, que todavía tenía palabra, volvía semanas después, pagaba con timidez y le daba las gracias, aceitando una maravillosa cadena de lealtad que hoy en día parece de ciencia ficción.
Pero que nadie se equivoque con su piedad, el Tata no era ningún santo franciscano. Era un hombre de fronteras claras. Vi al viejo sacar a patadas y de las solapas a un par de vivos que pretendieron pasarle factura a su buena fe, o correr hasta la plaza a los chicos maleducados que usaban su querida puerta giratoria como si fuera un trompo. El viejo exigía respeto. «No permitiré que me hagan daño, que me insulten y que me pongan la mano encima. Yo no hago estas cosas a los demás y exijo lo mismo de ellos». Esa frase, la pronunció John Wayne interpretando a J.B. Books en El último pistolero. Pero en realidad, era el manifiesto invisible del Tata tallado a fuego en el mostrador de su farmacia.
El viejo, al igual que su ídolo de pantalla, era un tirador de primera. Tenía el pulso helado de los cazadores; lo había visto bajar perdices al vuelo con una precisión casi quirúrgica. Sabía disparar, y por eso mismo, respetaba el peligro. Tenía un arma para defensa personal, claro, pero compartía la filosofía de Books: un auténtico pistolero no es el que más rápido aprieta el gatillo, sino el que sabe cuándo guardarse el disparo. A veces se necesita más coraje para contener el dedo que para soltarlo.
En la farmacia había un revólver. Todos lo sabíamos. El Tata lo escondía en un rincón de la vieja caja registradora o en el fondo de la heladera, camuflado entre las vacunas y los antibióticos. Y como Wayne, estaba dispuesto a usarlo si la frontera de su dignidad era vulnerada.
El día que los chorros entraron a la farmacia, yo no estaba allí. Pero el Tata me lo relató después con un dramatismo digno de un guion de Hollywood. Como en las viejas películas del oeste, entraron dos bandidos armados y le exigieron la plata, dándole un culatazo espantoso en la frente. Sangrando, el Tata —nuestro vaquero pilarense— no se acobardó. Fingió que iba a sacar los billetes de la caja y, en su lugar, peló el revólver con una rapidez asombrosa. El desconcierto de los ladrones fue total. Ese anciano corajudo no les tenía miedo; los estaba desafiando a un duelo a muerte, tal como en el maldito final de El último pistolero.
Los delincuentes olieron el peligro real y huyeron despavoridos. El Tata ni siquiera tuvo que disparar. «No siempre cuenta la rapidez o la precisión. Lo que importa es la voluntad», dictaba la vieja película. El viejo la tenía de sobra.
En esa farmacia yo me sentía exactamente como Gillom, el muchacho huérfano de la película que Books tomó bajo su protección. El legendario pistolero, mi abuelo, se convirtió en mi mentor, mi héroe personal. Me transmitió su código de honor, su mirada lúcida sobre el respeto y la violencia. Me inoculó la idea de que uno nunca debe atacar primero, pero jamás debe dejarse pisotear. No me enseñó a tirar, no hacía falta. Ya había aprendido todo.
En un mundo lleno de cobardes y oportunistas el Tata se reconocía —y con razón— como uno de los últimos pistoleros justicieros.
Fue entonces, cuando por fin entendí, por qué amaba tanto a John Wayne.
(*) Profesor de historia, vecino de Pilar y columnista de «El 1° de la mañana»



