Política

Sin rumbo: Adriana Cáceres, la dama que nadie quiere en su tablero electoral

Busca renovar su banca a como dé lugar, y deambula casi con desesperación en procura de un espacio que la cobije. Esto, aún cuando se considera a sí misma como una de las personas más importantes de la política local.

Su primer experiencia en un cargo electivo fue en 2017, cuando juró como diputada nacional en reemplazo de Guillermo Montenegro y después de una pequeña batalla judicial por la aplicación del cupo femenino. En 2021, apenas terminado su mandato en la Cámara nacional, se convirtió en concejal de Pilar, cargo que ostentará hasta diciembre próximo.

Antes, y desde que se recibió de politóloga, vivió del Estado, siempre bajo el ala del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, bastión casi sempiterno del PRO, y, obviamente, durante la presidencia de Mauricio Macri.

El caso es que apenas asumió en Pilar por Juntos, se separó de su compañero de campaña electoral, Sebastián Neuspiller, y abrió su monobloque desde donde se dedicó a tratar de convencer a los vecinos de su rol de opositora al gobierno de Federico De Achával.

En realidad, y en medio de la elaboración de uno que otro proyecto, lo que hizo fue hacer buenas migas con el oficialismo, al que ayudó en más de una oportunidad con algunos expedientes un tanto dudosos como las rendiciones de cuentas del Ejecutivo que no son lo que se dice, precisamente, un dechado de transparencia.

Esto, en el recinto, mientras afuera consolidaba una sólida amistad con la entonces presidente del cuerpo, la condenada judicial por malversación de fondos y ahora investigada por sus turbios manejos en el Ministerio de Transporte provincial junto a su pareja Jorge D’Onofrio, Claudia Pombo. A tal punto el vínculo entre ellas, que Cáceres fue la única en felicitarla en sesión pública (ya se sabía de aquella condena) cuando la dueña de un par de restaurantes en Málaga reasumió en el máximo cargo del Concejo.  Para no hablar de quienes aseguran que si alguien visitaba a Pombo en su casona de Ayres, se sorprendía al ver a Adriana invitando y sirviendo el café.

Más aún, fue la encargada de exigir disculpas públicas para con Claudia cuando trascendió la decisión judicial que la responsabilizó del desfalco al Registro del Automotor de San Martín. No sin simpatía y mucha amabilidad, sugirió al difusor de la noticia que si cumplía con la premisa impuesta «no te vas a arrepentir, podés pedir lo que quieras».

Para ese entonces, pocos sabían que Adriana financiaba a parientes y colaboradores con planes sociales, gestionados, tal vez, por la pareja hoy en desgracia.

Ahora, en su afán por seguir sentada en el Concejo, intentó utilizar a su colega Juan Martín Tito, que armaría una lista de corte vecinalista, olvidando que alguna vez lo acusó de amenazador y maltratador, pero le dijeron que no. Después probó suerte con la alianza LLA-PRO, y tampoco porque parece que le ofrecieron el fondo de la tabla. De nada le valió invocar su cualidad de PRO paladar negro y el padrinazgo de Cristian Ritondo, que ya tiene demasiados problemas con sus causas por enriquecimiento ilícito y el enojo de Mauricio por un acuerdo con las fuerzas del cielo que podría derivar en la desaparición de su partido.

A pocos días del cierre de listas, no parece haber ningún espacio que requiera su presencia; incluso hasta se niegan a una selfie con ella. Quizás su impostura como opositora, ya conocida en Pilar, opere como argumento principal por parte de quienes la rechazan.

Tal vez vaya siendo hora de blanquear su verdadera pertenencia, y reclamar un lugar en la lista que armará el intendente De Achával.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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