
Para nosotros, los de San Lorenzo, los años ochenta fueron un largo ejercicio de paciencia y desamparo. Nos habían dejado sin casa. Nos habían desterrado. Éramos los parias del fútbol argentino, unos nómades obligados a pedir asilo en canchas ajenas, incluso en los tablones de esos rivales que uno aprendió a detestar desde la cuna. En fin, éramos una especie de gitanos con camiseta azulgrana.
En esos tiempos, el fútbol era una ceremonia de domingo a la tarde. No había televisión que te salve . O te quedabas pegado a la radio, sufriendo en la pieza, o te armabas de coraje y te subías al tren, al colectivo, o a lo que fuera que te arrimara a ese estadio prestado. Las hinchadas contrarias, se hacían un picnic con nuestra desgracia. Nos cantaban con una crueldad que lastimaba, preguntándonos de qué barrio éramos, o recordándonos que en el lugar donde se levantaba el Gasómetro, ahora había góndolas y changuitos de supermercado. Dolió. Vaya si dolió. Pero ir a la cancha no era una elección; era el único remedio que encontrábamos para combatir esta enfermedad incurable. Y entonces ibas. Solo o acompañado, pero ibas.
Ese nomadismo me obligó a trazar un mapa de la Capital en la cabeza. Para ir a Vélez, el San Martín hasta Sáenz Peña y después renegar con el bondi hasta Liniers. Para Ferro, colectivo a Moreno y el Sarmiento hasta Caballito. Atlanta era un trámite: te bajabas en Chacarita y la cancha te esperaba ahí nomás. Pero el verdadero vía crucis fue cuando nos tocó ser locales en la Bombonera. Había que tomar el San Martín desde Pilar hasta Retiro, y ahí esperar el 152 que te llevaba hasta La Boca. Podías gastarte la vida entera, desde el mediodía hasta que la noche se ponía cerrada y fría. No se ha inventado todavía, en la psicología moderna, una depresión más negra que emprender semejante vuelta un domingo a la tarde después de perder un partido.
La cosa es que allá por febrero del 87, jugábamos contra Independiente y hacíamos de local justamente ahí, en el templo bostero, al lado del maloliente riachuelo. Ese día, les juro, cayó piedra sin llover.
Fui con Gustavo, mi primo preferido, casi un ídolo. Con Gus compartimos momentos inolvidables, como los veraneos en Miramar y la locura por jugar a “los botones”. Recuerdo también que fue mi primo quién me llevó por primera vez a un recital; gracias a él aprendí a saborear la poesía de Charly y Spinetta. Nos unía la sangre y los colores, que a veces son la misma cosa. Él venía de Florida; yo, de Pilar. Nos encontramos en los alrededores, entre el humo de los choripanes y los patrulleros, y nos metimos en la tribuna baja de socios. En esa época el fútbol era más generoso o más inconsciente: la gente compartía sectores, y uno podía caminar todo el borde del campo de juego mirando hacia la platea alta, donde convivían santos y diablos.
Empezamos perdiendo, como dictaba la lógica de esos años oscuros. El Rojo tenía un cuadrazo y lo tenía a él, al Bocha. Bochini, con esa parsimonia de los que juegan en otra dimensión, nos embocó promediando el primer tiempo. Sin embargo, el hincha de San Lorenzo tiene un pacto secreto con el milagro. Antes de que arrancara el segundo tiempo, le hice una seña a Gus y nos movimos hacia el arco donde atacaba el Ciclón, esperando la hazaña épica.
Y llegó nomás. En los últimos veinte minutos, San Lorenzo lo dio vuelta. Cuando Walter Perazzo infló la red para el dos a uno, estallamos. Nos fundimos en un abrazo rabioso con mi primo, gritando desde las tripas. Y ahí, justo en la cima de la felicidad, sentí un impacto seco en la cabeza. Un zumbido. Me quedé medio sordo, aturdido. Cuando me pasé la mano por la frente, los dedos se me tiñeron de un líquido espeso, caliente y oscuro. Algún plateista de Independiente, desquiciado por la derrota, había soltado un cascote hacia abajo. Ese día, en la Bombonera, cayó piedra sin que cayera una sola gota del cielo.
Menos mal que no estaba solo. Gus reaccionó rápido. Manoteó a un policía y me metieron de urgencia en la enfermería, ahí abajo, pegado a los vestuarios. Yo no podía creer dónde estaba; jamás hubiera imaginado conocer las entrañas de la Bombonera mirando desde una camilla. Un médico con cara de haberlo visto todo me revisó y empezó a coserme la frente con la paciencia de quien ata un matambre. Ocho puntos me dieron. Ocho puntos que hoy, casi cuarenta años después, ostento con el orgullo con el que un viejo soldado muestra sus heridas de guerra. Como una condecoración al mérito por haber ido al frente por los colores.
Cuando salí del consultorio, todavía un poco mareado, me crucé con los jugadores que volvían al vestuario. Habíamos ganado dos a uno. Sonreí. Sabía que me llevaba a casa una de esas historias que uno se guarda para contarle a los hijos. Afuera, Gus ya había movido cielo y tierra para pedirle al tío Pepe -en esa época conseguir un teléfono público era casi tan difícil como ganar un campeonato- que nos rescate de este barrio. Terminamos de certificar que mi cabeza seguía entera en el Hospital Argerich y allí mismo, esperamos al tío.
Pero mi minuto de fama, mi pase a la inmortalidad como hincha, fue cuando salí de la enfermería y me cruzó un movilero del diario Crónica. El tipo arrancó con el discurso de siempre, tirando una perorata bárbara en contra de los violentos del tablón y la inseguridad en los estadios. Al final, poniéndose dramático, me clavó el micrófono y me preguntó si después de semejante pedrada criminal pensaba volver alguna vez a una cancha de fútbol.
Yo lo miré con la venda en la frente y la camiseta ensangrentada, y le contesté con solemnidad: “Jamás. Nunca más en mi vida vuelvo a pisar una cancha”
Hoy, casi cuatro décadas después, estoy acá, con mi hijo, sentado al solcito en los escalones de la Popular del Nuevo Gasómetro, desafiando, una vez más, aquella vieja promesa.
(*) Profesor de historia, vecino de Pilar y columnista de «El 1° de la mañana»



