Columnistas

Salvando el pellejo

Por Ricardo Ragendorfer (*)

El 5 de junio de 1989, mientras llegaba a un set de televisión, hubo un intento de secuestro sobre Guillermo Vilas. Gracias a una de las sutiles formas que toma el azar, logró zafar de la situación.

Ese match del Abierto de Francia se disputó el 30 de mayo de 1989 en el estadio Roland Garros. Las tribunas estaban llenas. París era una fiesta. Pero no para Guillermo Vilas, de 36 años, quien acababa de caer por 6-1, 6-3 y 6-4 ante el italiano Claudio Pistolesi, tres lustros menor.

Ni bien concluyó el encuentro, este saltó la red para estrecharle la mano, antes de que él se encaminara hacia los vestuarios, no sin arrojar en el trayecto su vincha hacia una tribuna. En los labios lucía una sonrisa triste.

Tal escena fue transmitida en diferido durante la noche de ese martes por Nuevediario, el noticiero más visto de la época.

Pero, de pronto, su conductor, Oscar Lasalle, apareció en la pantalla con una noticia de último momento: “Vilas anunció su retiro. Los argentinos nunca más volveremos a verlo como jugador profesional”.

Aquellas palabras bastaron para que un televidente dijera:

–Es ahora o nunca.

El tipo que cebaba mate junto a él, simplemente asintió con la cabeza.

¿Qué diablos tendrían entre manos?

Signos de época

Se podría decir que las secuelas tardías de una tragedia histórica concluida hacía más de cinco años apuntaban ahora sobre el tenista.

Pero vayamos por partes.

Dicen los especialistas que 1977 fue el mejor año de su carrera. Y por tal razón, llegó a ser, de modo involuntario, una de las caras deportivas de la última dictadura. Una simple coincidencia cronológica.

Al respecto, hay una ya olvidada escena ocurrida en el Lawn Tennis Club durante la tarde del 1 de mayo de 1977, justo después de que Vilas doblegara a Dick Stockton en la final de la Copa Davis.

Entre los espectadores resaltaba Jorge Rafael Videla.

Entonces, Vilas fue llevado en andas hasta el palco oficial. Videla se puso de pie y lo saludó, estirando los labios. Era su manera de sonreír.

Y el público cantaba: “Vea, vea, vea, señor presidente, somos los mejores de todo el continente”.

Más allá de esta circunstancia –diríase– forzada, Vilas, al igual que otros ídolos deportivos de la época, como Carlos Reutemann y Carlos Monzón, nunca se pronunció a favor o en contra del régimen, ni cuando ya había concluido.

Por eso resulta algo paradojal la trama que estaba a punto de envolverlo.

–Es ahora o nunca –repitió, con los dientes apretados, el televidente que, en esa tarde de 1989, acababa de oír la noticia sobre su retiro del tenis.

Su nombre: Leonardo Miguel Save. Se trataba de un antiguo esbirro al servicio del terrorismo de Estado que, ya por entonces, integraba la denominada “mano de obra desocupada”. Así la prensa llamaba a los represores que, una vez restaurada la democracia, habían quedado sin empleo fijo.

Su plan era secuestrar a Vilas para canjearlo a cambio de un rescate. En eso estaba con Baldomero Capuano (a) “Baldo”, un pistolero común que había conocido a través de su jefe, Aníbal Gordon, quien ya había fallecido.

También eran parte del asunto dos viejos camaradas de correrías: Alberto Martínez (a) “El Japonés” y Honorio Martínez Ruíz (a) “Pajarovich”.

Junto a ellos, durante los años de plomo integró una patota inorgánica de la SIDE con base en el Centro Clandestino “Automotores Orletti”.

Ahora, estos tres estaban prófugos de la justicia, en tanto que Baldo supo recuperar la libertad unos meses antes, tras una temporada en Villa Devoto por, justamente, un secuestro extorsivo. Esa era su especialidad.

También serían parte de tal emprendimiento otros dos “tumberos”: Juan Scapolatti (a) “Pipi”, y Eduardo Núñez (a) “El Bola”.

Baldo no demoró en iniciar los preparativos de la “opereta”. Y, dicho sea de paso, el tipo era muy minucioso en ello.

Se sabía que la vuelta de Vilas al país ocurriría el 4 de junio en un vuelo a Ezeiza. ¿Acaso era prudente interceptarlo en el trayecto?

Baldo no se inclinaba por esa idea. Era posible que el vehículo en el que viajaría el “paquete” –tal como en la jerga de los secuestradores se denomina a la víctima– estuviera rodeado por móviles de prensa y patrulleros.

Una alternativa posible era “embocarlo” en su residencia.

Ya al día siguiente, Baldo monitoreó ese lugar. Se trataba de una quinta con cancha de tenis que Vilas alquilaba en San Isidro, sobre la calle O’Higgins. Allí residía con su padre, don José Roque, y su entrenador, Ricardo Rivera.

Pero sobre la entrada había una garita policial.

De manera que ese lugar tampoco lo convencía.

La solución le llegó al enterarse por un anuncio del diario La Nación que, el 5 de junio, Vilas iría al programa Almorzando con Mirtha Legrand. Ese sería el “Día D”. Y Save estuvo de acuerdo.

La muerte viaja en un auto negro

Entonces empezó la hora regresiva. Un lapso en el que hubo que finiquitar todos los detalles a contrarreloj.

El primero, relevar la zona donde estaban los estudios del Canal 13, en la esquina de las calles Lima y Cochabamba, con entradas en ambas. Y no le costó determinar que los artistas y otros ilustres ingresaban por el portón de Lima o, en automóvil, por un playón también situado sobre esa calle.

Lo segundo, conseguir –o, mejor dicho, robar– dos vehículos con cuatro puertas y baúl (en el cual pudiera caber una persona). Y de eso se encargó Pipi, quien obtuvo un Peugeot 504 negro y un Falcon color oliva.

Por lo demás, tenían una casona en el barrio de San Telmo, con sótano y cochera, para usar de aguantadero.

Todo comenzaba a marchar sobre rieles. Continuó así el lunes. Era el día en cuestión.

Vilas debía ser interceptado al llegar a la emisora. Sabían que llegaría en un Mercedes Benz descapotable.

Con la debida anticipación, Baldo fue en busca del Japonés y Pajarovich a bordo del Peugeot. Ellos lo aguardaban en una calle de Barracas, mientras Pipi y El Bola se dirigían al sitio de emboscada.

Save, en tanto, quedó en el aguantadero, frente a una tele encendida, para así apreciar cómo Vilas no llegaba a la mesa de Mirtha.

Los minutos empezaron a correr para él con suma lentitud. Hasta que, de pronto, oyó la cortina musical del programa.

Y él, con cierto desconcierto, clavó los ojos en la pantalla.

En el siguiente instante, pasó del desconcierto al estupor, al ver cómo la diva recibía a su invitado estelar. Vilas lucía un elegante traje sin corbata.

Save no daba crédito a sus ojos.

Tras otros minutos que parecieron eternos, sonó del teléfono.

Del otro lado de la línea estaba el Japonés.

–¿Qué mierda pasó? –alcanzó a decir.

La respuesta tapó su propia voz.

– ¡Baldo nos dejó de garpe!

Entonces, se juramentaron “hacerlo boleta” ni bien apareciera.

Pero ya era tarde. Su alma ya estaba en el más allá.

En cambio, su cuerpo, cosido a tiros, aún se encontraba en la cabina del Peugeot.

Es que había tenido la mala suerte de resultarle sospechoso a la dotación de un patrullero. El resto fue de manual: “No acató la voz de alto, se originó un tiroteo y fue abatido”, resumió el movilero de Nuevediario, José de Zer, esa vez.

Guillermo Vilas había salvado su pellejo.

 

(*) Periodista de investigación y escritor, especializado en temas policiales

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