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La grieta, un bálsamo para la política y un veneno para el electorado

Por Diego Dillenberger (*)

Pasó el furor de las elecciones de medio término y los encuestadores se pusieron a analizar qué ocurrió más allá de lo evidente: que el kirchnerismo perdió en toda la línea, por más que intentó disfrazar la derrota como un triunfo.

Los consultores pusieron el foco en un par de datos llamativos tras las elecciones 2021

Con menos de 72 por ciento, fue la elección de medio término con menor asistencia. La participación del electorado fue aún más baja en las PASO de septiembre, con menos de 68 por ciento. Una explicación inicial fue que los protocolos por la pandemia de COVID generaron algunas colas en los locales de votación y terminaron espantando a los votantes. Pero cuando el 14 de noviembre ya no regía ningún protocolo, los comicios tampoco generaron demasiado entusiasmo.

Otro dato llamativo es el inesperado éxito del liberalismo en la ciudad y en la provincia de Buenos Aires, con Javier Milei que superó el 17 por ciento y José Luis Espert, con 7,5, en Provincia. Cada uno ingresará a la Cámara de Diputados copando bancas que, por definición, deberían haber sido de Juntos o Juntos por el Cambio.

Otro dato significativo es que, excepto en la ciudad y en la provincia de Buenos Aires, donde los liberales “avanzaron”, la izquierda trotskista se ubicó como tercera fuerza a nivel nacional. Muchos de esos votantes antes sufragaban por el kirchnerismo.

Una conclusión a la que están llegando los consultores en relación con esos datos es que la sociedad se terminó cansando de “la grieta”.

El origen del término grieta

El término “grieta” lo impuso el periodista Jorge Lanata, y refleja la polarización que tradicionalmente ofrece la política como espectáculo, pero del que los votantes se hartaron: ven que el país fracasa, y la política no solo no ofrece ninguna solución, sino que se preocupa más por sus propios problemas que por los de los electores.

Un ejemplo patético de la semana pasada fue cómo, delante de una pobreza que la política hizo crecer a más de 40 por ciento, los intendentes peronistas del Conurbano se reunieron para ponerse de acuerdo en cómo cambiar las leyes y conseguir sus reelecciones.

Las repeticiones sin fin de sus mandatos quedaron prohibidas por una ley de la exgobernadora María Eugenia Vidal. Pero los “barones del Conurbano” no se juntaron para idear reformas que bajen la pobreza alarmante en sus distritos ni para resolver la inflación crónica que ya cumple dos décadas.

La semana anterior, el Presidente en su discurso en ese acto en la Plaza de Mayo para festejar esa derrota que pretendía por arte de magia convertir en triunfo dijo claramente: con Macri -a quien culpa del desastre argentino como si el expresidente hubiese gobernado durante 20 años- o con Milei no tenía “nada que hablar”.

Grieta por donde se mire en la política argentina: cuando el Presidente habla de la oposición, es solo para culparla de todos los males del mundo.

La grieta como bálsamo

“La grieta es un bálsamo para la política argentina”, explica el consultor Gustavo Córdoba, que midió en noviembre que tres de cada cuatro argentinos quieren que los políticos se pongan de acuerdo y trabajen juntos para resolver los problemas fundamentales del país.

“La grieta ayuda a los partidos a buscar potencia electoral. La grieta clarifica posiciones”, explica el consultor. Pero enseguida aclara: “la grieta sirve para ganar elecciones, pero después impide gobernar, porque suprime la generación del consenso y obliga a los gobiernos a mantener una comunicación agresiva electoralista, aun después de haber ganado: lo que impide llegar a esos acuerdos imprescindibles”.

Horacio Rodríguez Larreta, el jefe de gobierno de la ciudad de Buenos Aires que se anotó bien temprano como candidato presidencial de Juntos por el Cambio para 2023, parece haber recibido el mensaje. Sostiene desde hace tiempo para quien lo quiera escuchar que “con la grieta se pueden ganar elecciones, pero después no se puede gobernar”.

Su propuesta es superar la grieta y lograr un consenso de “70 por ciento del arco político” para hacer las reformas que precisa el país para dejar atrás su crisis crónica. Aunque para Gustavo Córdoba, el alcalde porteño todavía debe “demostrar que tiene un plan diferente del que trató de implementar Macri”.

Además, Rodríguez Larreta deberá previamente resolver las grietas internas de su propio espacio, entre “halcones y palomas”, que tiene unos cuantos anotados como candidatos presidenciales para 2023 de su partido, el PRO, y de sus aliados radicales.

Adicción a la grieta

¿Estarán sus rivales internos convencidos de que el próximo presidente, si pretende un resultado diferente, deberá superar la grieta?

Córdoba explica que las dos “góndolas” del supermercado electoral son adictas a la grieta. La oposición, sostiene, le debe mucho a una grieta que obró milagros, porque “se recuperó totalmente de su derrota y su fracaso en la gestión en apenas dos años”.

“Para la dirigencia política, la grieta es milagrosa, pero para la sociedad es un castigo, porque ve que los problemas no solo siguen ahí, sino que se van agravando”, explica.

¿Pero cómo explicar que la opción electoral que se ofreció más nítidamente como “solución superadora de la grieta” –Florencio Randazzo– casi no entra a la Cámara de Diputados, porque lo votó apenas el 3 por ciento del padrón total (4,5 por ciento de los votantes)?

“La gente termina eligiendo lo menos malo”, explica el encuestador de la consultora Zuban-Córdoba.

¿Y Javier Milei, que hizo una inesperada elección insultando al alcalde porteño por “socialdemócrata de m…” y amenazando con destruir a la “casta política”? ¿Acaso eso no es más grieta?

El politólogo Carlos Fara es otro de los consultores que se puso a estudiar la grieta en sus encuestas y focus group y no está de acuerdo: “los votantes libertarios, más los de Milei que los de Espert, son antikirchneristas, pero -a su modo- están hartos de la grieta entre los dos grandes grupos políticos”.

También señala que tanto el economista calvo como el melenudo tienen un voto máximo potencial de 35 por ciento del electorado nacional “y cuando se les pregunta a esos votantes por Cristina o Macri, dicen que ninguno de los dos”.

Fara, que en su momento asesoró a Randazzo, sostiene que se llegó “al momento de mayor hartazgo con la grieta”, a pesar de que entre el kirchnerismo y Juntos o Juntos por el Cambio sumaron algo más de 70 por ciento del electorado el 14 de noviembre. “La gente votó dentro de la grieta de las dos grandes coaliciones, a pesar de estar cansada de la grieta”. Milei y Espert, entonces, fueron más exitosos captando el cansancio con la grieta que Randazzo. “El bicoalicionismo sobrevive, pero está atado con alambre”, observa Fara.

La grieta no es un invento argentino

La “grieta”, sin embargo, no es como -supuestamente- el dulce de leche. Hoy la grieta en Estados Unidos entre republicanos trumpistas y demócratas parece insalvable. Un ejemplo en el que la política no ofrece grietas, sino diálogo y soluciones, es el de Alemania, que en los próximos días tendrá una nueva coalición de socialdemócratas, liberales y verdes bajo la conducción del socialdemócrata Olaf Scholz que reemplazará a Angela Merkel.

Cuando la semana pasada experimentó el país europeo una alarmante suba de casos de COVID, en medio de las febriles negociaciones para cerrar una coalición de gobierno no tuvieron problema en sentarse todos a dialogar y llegar a un consenso sobre qué debían hacer para enfrentar la cuarta ola de COVID en Alemania.

Salvo ínfimas pausas, Alemania no deja de crecer desde la Segunda Guerra Mundial con una de las tasas de desempleo más bajas del mundo y un nivel de prosperidad de su población que da envidia en todo el mundo. Partieron de una de las peores grietas: la del nazismo, que sembró muerte y destrucción por toda Europa.

¿Será un ejemplo para un futuro gobierno que surja de las elecciones de 2023?

 

(*) Licenciado en socioeconomía. Director periodístico de la revista Imagen. Dirige y conduce La Hora de Maquiavelo, programa de TV sobre comunicación política y empresaria 

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