Columnistas

María Elena Walsh, una discreta precursora del feminismo que hizo las mejores canciones infantiles de todos los tiempos

Por Carlos Polimeni (*)

El paso del tiempo la ha agigantado, al contrario de lo que suele suceder: diez años después de su muerte y a más de noventa de su nacimiento la figura de María Elena Walsh está rodeada de un reconocimiento unánime que la proyecta mucho más allá del universo de su ciclo de canciones para chicos de todas las edades, aquel en que es reina indiscutida.

Es qué a lo largo de más seis décadas de trayectoria, puede decirse que Walsh pisó fuerte en muchos otros terrenos de la cultura argentina: fue una figura de la poesía, mimada por grandes referentes desde muy joven, una comunicadora brillante en radio y televisión, escribió artículos periodísticos difíciles de olvidar, tuvo una intensa labor teatral, concibió canciones inoxidables para adultos y llevo adelante una ardua tarea en Sadaic.

María Elena, que había nacido en febrero de 1930 y murió en enero de 2011, es considerada también en el siglo XXI una figura referencial del feminismo, que ejerció con tenacidad y reflexión cuando la palabra casi no se usaba en público, en una labor por momentos solapada y adecuada a las circunstancias que la rodearon, muchas de ellas opresivas y discriminatorias.

Al final de su vida, cuando publicó su libro de memorias. “Fantasmas del Parque” haciendo públicos algunos temas de su vida privada, explicó que había sido discreta por el atraso de la sociedad argentina en temas de género: “Si no decime cuántos no verían con malos ojos que una mujer se niegue a la maternidad y diga: ‘Me revienta ser madre y tener hijos’. La verdad, muy pocos. Y ahí es donde se nota que en nuestro país no ha habido feminismo. O qué si lo ha habido, ha sido una versión tímida, blandengue”.

La editorial Penguin Random House publicará este año una recopilación de sus artículos para medios gráficos bajo el título “¿Qué es el feminismo?”, en una la continuidad de los homenajes que comenzaron en 2020 al cumplirse noventa de su nacimiento y que en gran parte fueron luego cancelados o postergados por el inicio de las medidas restrictivas a partir de la epidemia de Covid 19.

A lo largo y a lo ancho del país, hay numerosas guarderías, jardines de infantes, escuelas y jugueterías cuyos nombres remiten al imaginario de sus canciones para chicos, pobladas de personajes que hicieron historia -entre ellos la tortuga Manuelita, la vaca estudiosa, el brujito de Gulubú, la hormiga Titina, la pájara Pinta, La reina Batata, el Mono Liso, el osito Osías– pero no hay que olvidar a la hora de armar el rompecabezas de su figura su aporte a las canciones para adultos.

“Cómo la cigarra”, que desde la recuperación de la democracia se volvió un himno, “Canción de caminantes”, “Los ejecutivos”, “Barco quieto”, “El viento y el volcán”, “Orquesta de señoritas”, “Postal de guerra” “Canción de cuna para un gobernante” y “Oración a la justicia”, sumadas a “Canción para tomar el té” y “En el país de no me acuerdo” configuran un seleccionado de temas que la convierten en una de las grandes autoras y compositoras de la historia del oficio en la Argentina.

En “Oración a la justicia”, por ejemplo, escribió: Señora de ojos vendados /que estás en los tribunales/sin ver a los abogados/baja de tus pedestales. / Quítate la venda y mira/ cuánta mentira. / Actualiza la balanza/y arremete con la espada,/que sin tus buenos oficios/no somos nada (…) Ilumina al juez dormido,/apacigua toda guerra/y hazte reina para siempre/de nuestra tierra./ Señora de ojos vendados, /con la espada y la balanza/ a los justos humillados/ no les robes la esperanza./Dales la razón y llora/porque ya es hora.

La escritora Gabriela Massuh, que perteneció a su círculo más íntimo y publicó en 2017 un libro basado en sus charlas con ella, “Nací para ser breve: María Elena Walsh. El arte, la pasión, la historia, el amor”, destaca que sin habérselo propuesto de modo formal, Walsh llevó adelante como una tejedora minuciosa, una especie de plan de acción destinado a ayudar a mejorar a una sociedad vacía de ideas efectivas para progresar, proponiendo una caminata conjunta en cierto modo utópica.

Esa caminata, evaluó, “significaba echar raíces, encontrarnos como comunidad, buscar emparentarnos por más que fuéramos miembros de una gran familia disfuncional de padres desencontrados, próceres inventados, gobiernos que nos trataron como a párvulos de un jardín de infantes, funcionarios de pacotilla que nos vendieron el oro y el moro y así hasta hoy, pobres infantes desamparados de tanto engaño y desesperación, sentados en el cordón de la vereda sin saber bien qué hacer o adónde ir”.

«Nos formó a todos y todas”, apuntó Massuh en una nota con el diario Perfil. “Influyó en nuestro amor por el país, en nuestra forma de mirar los árboles, en nuestra celebración del verano con jazmines, en nuestra piedad, en nuestra razón solidaria, en la celebración de la gracia y en nuestra nostalgia del paisaje de infancia. No hay distinción de influencias en esto. Solo que muchas veces nos olvidamos de celebrarlo. Celebremos a María Elena para que nos ayude a volver a caminar”.

​ Walsh, sin quejarse de eso en público, estuvo enferma de cáncer durante los últimos treinta años de su vida, lo que la obligó a una forma de reclusión que fue acentuándose con el paso del tiempo, y a una suerte de blindaje que sólo lograban penetrar personas con las que tuviera relaciones de mucha confianza, ya que además siempre fue un poco tímida, distante y coqueta.

El periodista Horacio Verbitsky, que la conocía desde la infancia compartida en Ramos Mejía, y la admiraba de modo incondicional, contó que cuando en 1981 supo de la enfermedad se presentó en el departamento frente al Parque Las Heras en que ella vivía sin haber avisado con antelación –María Elena solía recibir a las 17:00, a la hora del té- y recibió como respuesta que la dueña de casa no quería ver a nadie.

Sin embargo, volvió de visita varias veces luego del trámite de protocolo de admisión, y pudo observar cómo “pese a la fragilidad extrema de ese combate por su vida”, aquella mujer que por entonces tenía poco más de medio siglo de edad y que viviría hasta los 80, no perdía “ni un pedacito de su dignidad y de su orgullo”, aunque jamás hablaba de sentimientos, fiel a las costumbres británicas en las que había sido educada por su padre inglés.

“En esos meses de five o’clock tea semanal sólo me crucé con la gran fotógrafa Sara Facio, con quien fue feliz por más de treinta años, y con Gabriela Massuh, la otra amiga admitida en aquella fortaleza asediada”, contó. “Me hacía poner discos de Bill Evans, me señalaba la escalera y me dirigía para que limpiara y ordenara su biblioteca, mientras hablábamos de los libros y de las películas y de las personas. Nada personal, porque MEW era sooooo british”.

El escritor Lepoldo Brizuela, que murió en 2019 contó qué en ese mismo año, cuando se enteró de que por la enfermedad estaba internada intentó visitarla en la clínica Bazterrica y terminó discutiendo con la fotógrafa Sara Facio, que le impidió ingresar a la habitación diciéndole: “Tenés que pensar que además de poeta es una mujer».

“Un mediodía, cuando ya estaba seguro de no molestar, golpeé su puerta del departamento de Bustamante y una amiga que la cuidaba me echó, con un parlamento aprendido… cuando de pronto escucho su voz. ‘No, no, ¡si es Brizuelita, que pase!’. Y ahí la encontré: parada en sus dos muletas, ¡y con rulos! Después de la quimioterapia parece que es así. Estás tan linda, le dije. Qué va, me dice, ‘¡parezco un marinero borracho!’

En una entrevista sobre su vida, la escritora indicó que le parecía muy importante que se supiera que siempre había vivido de los derechos de autor: “Tengo la grata sensación de que la gente me fue manteniendo”, remarcó. “Es la mejor manera de hacer una fortuna, pequeña o grande: no se explota a nadie, no se degrada a los demás, al contrario, cada cosa que uno hace es una fuente de trabajo para un montón de gente”.

“Siempre escribí entre los chicos y nunca para ellos”, contó a La Nación sobre su repertorio inoxidable de canciones infantiles que han sobrevivido más de cincuenta años “Era muy raro porque el producto careció siempre de autocompasión o nostalgia por la infancia perdida. Yo escribía entre los chicos en tiempo presente, cosa bastante extraña porque de grande casi no tuve contacto con chicos.

Para Brizuela el conjunto de libros, obras de teatro, personajes y canciones que imaginó en su labor de décadas pensando en los más chicos configura “la obra más importante de todos los tiempos en su género, comparable a la “Alicia en el país de las maravillas” de Lewis Carroll o a “Pinocho”, entre otras cosas porque “revolucionó la relación entre poesía e infancia”.

La historia del periodismo argentino en tiempos de represión suele recordar qué durante la dictadura militar, luego de haberse retirado de las actuaciones en vivo en repudio al régimen, publicó el 16 de agosto de 1979 en el suplemento cultural del diario Clarín un famoso artículo titulado “Desventuras en el País Jardín-de-Infantes”, amparada en parte en la autoridad que le daba su fama aunque con una fuerte crítica a una sociedad de memoria compleja.

“Hace tiempo que somos como niños y no podemos decir lo que pensamos o imaginamos. Cuando el censor desaparezca, ¡porque alguna vez sucumbirá demolido por una autopista!, estaremos decrépitos y sin saber ya qué decir. Habremos olvidado el cómo, el dónde y el cuándo y nos sentaremos en una plaza como la pareja de viejitos del dibujo de Quino que se preguntaban: «¿Nosotros qué éramos…?», ironizó en un texto canónico.

En su biografía “Como la cigarra” el periodista e investigador Sergio Pujol recuerda que cuando en la juventud todavía se movía en los círculos literarios de los que luego se eyectó, su mirada tenía ya un dejo irónico sobre el mundo adulto, una cierta distancia de las jerarquías elevadas, así como una enfática distancia de la política, y lo prueba con un párrafo sobre el intocable Jorge Luis Borges, incluído en el siempre revelador “Memorias en el parque”.

El párrafo dice así: “Borges citaba en la Richmond de Florida y una llegaba para renovar las pausas incómodas mientras él se ponía de pie, ofrecía una mano invertebrada, pedía al mozo la mesa rodante con tortas, parecía empeñado en alimentar a la juventud con dulces y letras. Borges monologaba, pero no recuerdo que asestar sentencias magistrales ni consejos, solo una retahíla de frases interrogativas; quizás suponía que compartir perplejidades era un deporte ideal para adolescentes”

Formada en las elites de cultura y parte de una clase media ilustrada caracterizada por su antiperonismoWalsh escribió, sin embargo uno de los mejores textos que puedan encontrarse sobre Eva Perón, un poema publicado en 1976 en “Canciones contra el mal de ojo”, en que con un idea muy clara de lo que hoy se llama sororidad la llama “hermana” y la define como “la única reina que tuvimos” aquella mujer “loca que arrebató el poder a los soldados”.

Cuando juntas las reas y las monjas y las violadas en los teleteatros y las que callan pero no consienten arrebatemos la liberación para no naufragar en espejitos ni bañarnos para los ejecutivos./ Cuando hagamos escándalo y justicia el tiempo habrá pasado en limpio tu prepotencia y tu martirio, hermana./ Tener agallas, como vos tuviste, fanática, leal, desenfrenada en el candor de la beneficencia pero la única que se dio el lujo de coronarse por los sumergidos./Agallas para hacer de nuevo el mundo./Tener agallas para gritar basta aunque nos amordacen con cañones.

El pulido manejo de la lengua, que era su fuerte, también se destacó cuando usó la misma tribuna para oponerse a un proyecto de instaurar la pena de muerte durante el gobierno de Carlos Menem, en 1991; «A lo largo de la historia, hombres doctos o brutales supieron con certeza qué delito merecía la pena capital. Siempre supieron que yo, no otro, era el culpable. Jamás dudaron de que el castigo era ejemplar. Cada vez que se alude a este escarmiento la Humanidad retrocede en cuatro patas».

“¡No nos dejemos arrebatar la eñe!”, escribió cuando sesudos académicos postular cierta vez un cambio en la lengua castellana. “Ya nos han birlado los signos de apertura de interrogación y admiración. Ya nos redujeron hasta el apócope (…) La supervivencia de esta letra nos atañe, sin distinción de sexos, credos ni programas de software. Luchemos para no añadir más leña a la hoguera donde se debate nuestro discriminado signo (…) La eñe también es gente”.

María Elena, que contaba con gracia que a veces los desconocidos le preguntaban si era hermana de Rodolfo Walsh, publicó su primer libro de poemas, “Otoño imperdonable” cuando tenía apenas 17 abriles, tras lo cual por idea del famoso poeta español Juan Ramón Jiménez (“Platero y yo”) se instaló un tiempo en Estados Unidos, en el inicio de una larga serie de viajes que se prolongaría durante sus años de relación de amor con Leda Valladares, con la que formó un reconocido dúo folklórico.

Cuando en 2008 concedió una entrevista al suplemento Radar de Página/12 para hablar de su libro “Fantasmas en el parque”, con una cita a la hora del té, claro, el periodista le preguntó porque recién a esa altura de su vida escribía un texto en que dejaba sentado un homenaje a la relación con la que era cronológicamente su tercera pareja mujer, la famosa fotógrafa Sara Faccio, a la que le formulaba una sentida declaración de amor.

La homosexualidad femenina, respondió, está rodeada aún de un gran tabú. “El amor entre hombres está más liberado, porque ellos son piolas y liberan todo en su favor, pero a las mujeres nos cuesta más, y cuando nos sancionan nos dan con todo. (..) Yo no veo mal mantener allí una cuota de secreto. No creo que haya que andar ventilando las cuestiones íntimas o hacer de la sexualidad una pancarta. Me gusta lo secreto, la cosa ambigua, porque también es una forma estética de mantener un estilo de vida y un estilo de escritura”.

(*) Periodista, escritor, guionista, docente, conductor de radio y de televisión argentino.

Show More

Noticias relacionadas

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *